“El verdadero desafío es ver un minuto seguido sin que te dé una embolia cerebral”. Un lenguaraz usuario de Youtube no se complica la vida a la hora de dejar clara su opinión sobre Autodefensa (Filmin) en los comentarios del tráiler de la serie. Esta ficción de Berta Prieto, Belén Barenys y Miguel Ángel Blanca se llevó premios en festivales tan importantes como el Séries Mania de Lille, pero también fue blanco de la furia desmedida de una multitud de espectadores insatisfechos con su tono, sus formas, sus protagonistas y, en definitiva, la suciedad y decadencia inmanentes al retrato generacional que la obra propone. El éxito de la serie, por paradójico que pueda parecer, lo retrata mejor ese odio recibido que cualquier galardón.
No soy muy dado a los absolutos, siempre he hallado un hogar en los grises y en los quizás y en los matices, pero ya hace tiempo que se me hace difícil no creer de forma categórica en dos realidades: socialmente vivimos (otra vez) en la era del odio, culturalmente vivimos (por primera vez) en la era de las series. La intersección donde colindan ambas afirmaciones ayuda a entender la segunda de ellas, y a eso dedicaremos este artículo bienintencionado y sin trazas de pontificación.
Václav Havel, quien fue el primer presidente de la República Checa tras el derrumbe de la Unión Soviética, escribe en Sobre la política y el odio (Ediciones Rialp, 2021) que “para aquel que odia, el odio es más importante que el objeto, y puede, por lo tanto, cambiar de objeto con bastante frecuencia”. Si la voluntad de odiar es granítica y el objeto odiado es líquido, una plataforma con un vasto catálogo de series –Netflix, HBO Max, Disney+, eso da igual– es poco menos que el Edén para un individuo propenso al exabrupto y los estallidos de ira. La creciente producción de series en las últimas dos décadas ha conllevado, como es lógico, una ampliación más que notable de los temas tratados por éstas. No hay asunto de debate contemporáneo que no tenga su serie, o dicho de otra manera: hay una serie para cada odio.
Los ejemplos son infinitos. Los anillos de poder (Prime Video) fue machacada por la aparición en su segunda temporada de un elfo –más o menos–obeso, una gordofobia absurda que ya había sufrido en esa misma serie la actriz Sophia Nomvete. En su caso, además, el hecho de ser de raza negra también la había convertido en la diana perfecta para fans (racistas) del universo de Tolkien que pueden aceptar la existencia de un Balrog, pero no de una reina enana que no sea blanca. “Eres demasiado gorda y negra, no perteneces a esta serie” es el mensaje que Nomvete asegura haber recibido continuamente tras el estreno de la producción de Prime Video.
Otra actriz que tuvo que lidiar con una cantidad ingente de odio es Bella Ramsey, protagonista junto a Pedro Pascal de The Last of Us (HBO Max). Para muchos seguidores del videojuego en el que se basa la serie, Ramsey no era lo suficientemente “guapa” para interpretar al personaje de Ellie. Más allá de que dicho personaje sea menor de edad en la primera entrega del videojuego y la primera temporada de la serie, convirtiendo su sexualización en un asunto estomagante, esta avalancha de críticas al físico de Ramsey es una muestra palmaria de machismo y presión estética. Cabe añadir que ahora mismo la única industria del entretenimiento capaz de hacer sombra a las series es la de los videojuegos. La simbiosis entre ambas, de hecho, está viviendo un momento dulce: Fallout (Prime Video), Arcane (Netflix) o la futura God of War (Prime Video) son prueba de ello. La unión de ambos mundos genera la tormenta perfecta, tanto para la enorme audiencia potencial de las series basadas en videojuegos como para el odio que éstas puedan llegar recibir, sobre todo por parte del ruidoso sector incel –que existe, aunque ni por asomo hay que etiquetar como tal a todo el mundo que disfrute de los videojuegos– del mundo del gaming. El caso de Bella Ramsey es la prueba fehaciente de ello.
Pero más allá de señalar estos ejemplos de gordofobia, racismo y misoginia, si los sacamos a la palestra es para entender los motivos por los cuales sus perpetradores han elegido precisamente las series como el terreno idóneo para verter su veneno. En los últimos tiempos ningún otro producto cultural, ya sean libros, películas, álbumes de música u obras de teatro, ha sido objeto de campañas de odio tan masivas y persistentes como las que han sufrido ciertas series. Eso no significa que esos campos artísticos no sean también blanco del odio, claro. En 2022, la actriz afroamericana Halle Balley recibió una cantidad indecente de mensajes ofensivos tras ser elegida protagonista de la adaptación cinematográfica de La Sirenita. Mucho me temo que quedará en anécdota –y disculpen lo frívolo de la expresión tratando un asunto tan delicado– con la campaña que sufrirá el actor de origen ghanés Paapa Essiedu cuando se estrene la serie de Harry Potter (HBO Max) en 2027, donde tomará el relevo de Alan Rickman como Severus Snape. Alegando una traición a la obra original de J. K. Rowling, donde se describe a Snape como un hombre de “piel cetrina y nariz ganchuda”, muchos usuarios de redes sociales vieron la oportunidad perfecta para dar rienda suelta a su racismo y antiwokismo lleno de rabia. Un debate pertinente como puede –debe– ser la cantidad de cambios que hace o no hace una obra audiovisual respecto la obra literaria que adapta se convirtió rápidamente en un campo de batalla donde lo de menos, por supuesto, eran la serie y los libros.
¿Por qué tanto odio?
Pero seguimos sin responder a la gran pregunta: ¿por qué tanto odio en las series? El discurso del odio, por naturaleza, busca el altavoz más potente, aquel que le permita llegar a un público más masivo para, en la medida de lo posible, infectar a la sociedad entera. Excepto honrosas excepciones, a las salas de cine les cuesta un mundo llenar todas sus sesiones. El sector del libro vive en una crisis permanente, al menos según sus propias declaraciones. Las plataformas de series, sin embargo, no dejan de ganar usuarios. La industria tiene sus problemas, y muy graves, incluso empieza a dar signos de cierto agotamiento, pero es una realidad que sus números han vivido un crecimiento brutal en la última década. Netflix tenía cien millones de suscriptores en 2017, y antes de terminar 2021 ya había llegado a los doscientos. Los cincuenta millones de suscriptores de Disney+ en 2021 se convirtieron en ciento cincuenta a finales de 2024. HBO Max: cincuenta millones de suscriptores en 2020, 100 millones en 2022. Las cifras hablan por sí solas. Este aumento innegable de usuarios ha situado a las series en el centro de la conversación y, en consecuencia, de la guerra cultural.
En toda guerra cultural el odio tiene un papel crucial, más aún cuando los discursos populistas e incendiarios de la ultraderecha no dejan de crecer en todo el mundo. Allí donde arde el fuego del odio, hay lucha política; y el campo de batalla cultural donde se da tal lucha política indicará, precisamente, cuáles son las artes más importantes de cada época. A tenor de las campañas de odio recientes y los espacios que han ocupado, artes otrora preponderantes como la literatura y el cine han dejado paso a las series.
Volvamos a The Last of Us. En febrero de 2024 se estrenó el maravilloso tercer episodio de la primera temporada de la serie, que narra la historia de amor homosexual entre los personajes de Bill y Frank. Las redes sociales se inundaron de mensajes celebrando la belleza de ese romance, pero también de proclamas homofóbicas. Tanto fue así que el actor Nick Offerman, Bill en la serie, llamó públicamente “imbéciles” a todo aquellos que criticaron encolerizados el capítulo por el simple hecho de mostrar que el amor entre dos personas del mismo sexo puede existir. No parece casualidad que un mes más tarde, en marzo de 2024, la organización Public Religion Research Institute publicara un estudio que, tras entrevistar a más de 20.000 estadounidenses, concluyó que por primera vez en décadas el apoyo a los derechos de la comunidad LGTBQ+ en el país estaba menguando. El odio a las series es termómetro de tensiones sociales y de combates morales.
Pero no solo vivimos en la era de las series por la ubicuidad en ellas de un odio reaccionario, tóxico y malintencionado. El odio cuenta también con otro rostro. En el ensayo Odi (Editorial Descontrol, 2025), Şeyda Kurt afirma que el odio también puede ser una forma de autodefensa: “Odio, precisamente, porque defiendo la vida, mis ideales”. El odio, cree Kurt, permite escapar de la indiferencia, permite no dejar que el mundo simplemente se consuma. Esta faceta del odio como herramienta de resistencia la hemos podido ver recientemente con la temporada final de Stranger Things (Netflix). El actor Noah Schnapp, uno de los protagonistas de la serie, publicó durante el genocidio israelí en Gaza una foto en sus redes sociales donde aparecía junto a una pegatina con el lema “El sionismo es sexy”. El revuelo mediático que generó su posicionamiento fue y sigue siendo hoy en día enorme, provocando incluso que asociaciones afines a la causa palestina hayan pedido boicotear la serie. Si escribes el nombre del actor en X das con multitud de publicaciones atacándole y asegurando que su carrera interpretativa está muerta por su falta de talento y, sobre todo, por el rechazo que generan sus ideas sionistas. La ira contra Schnapp –si es excesiva o no se podría debatir– fue, más allá del ataque personal al intérprete, un acto de denuncia contra el genocidio. La serie más vista de la historia de la plataforma de series con más suscriptores del mundo fue un altavoz perfecto para la causa palestina, que usó la fama de Schnapp como Will Byers en Stranger Things para contar al mundo la terrible situación en Gaza.
El odio recibido también lo puede usar uno a su favor, del mismo modo que un maestro karateka te dirá que uses la inercia y el empuje del rival para multiplicar la fuerza con la que lo lanzas al tatami. Pocos creadores audiovisuales hay en España más odiados que Eduardo Casanova. Con cada nueva obra suya, los mensajes contra él se multiplican en redes, donde es tachado de farsante y de vivir de ayudas públicas. Eso mismo pasó en diciembre de 2025 cuando Movistar Plus+ estrenó su serie Silencio, tres capítulos de veinte minutos en los que Casanova habla sobre el sida a través de una familia de vampiras que no pueden beber la sangre de humanos infectados por el VIH (y la peste negra en otra línea temporal). El destrozo fue de época. Lo cierto es que la serie, creo, no es nada buena. Es poco más que una cáscara: mucha estética, poco mensaje. O, de existir tal mensaje, no se entiende. El problema, como siempre, es cuando las críticas a la obra se convirtieron en un linchamiento a Casanova por motivos muy alejados a la serie. Pura política. Sin embargo, creo que Casanova sabía perfectamente que eso sucedería, y lo usó a su favor. Pocos días después del estreno de Silencio, el creador anunció que era portador del VIH y que en 2026 estrenará un documental sobre su experiencia con la enfermedad con tal de desarmar prejuicios y tabús. En cierto modo, la serie fue el agitador perfecto para que la revelación de Casanova tuviera tanta repercusión como ha tenido; una serie falta de mensaje ha sido la antesala perfecta de un mensaje mucho más importante que se quería hacer llegar al público. El odio vertido en la serie, que situó al creador en el centro de la conversación cultural durante días, fue usado de inmediato como trampolín para sensibilizar sobre el VIH a la sociedad entera. Una jugada maestra que no hace mejor Silencio, pero que sí demuestra otra vez el poder social, político y comunicativo de las series en nuestros días.
Las series son mucho más que el odio derramado en ellas, por supuesto, pero es precisamente ese odio el que mejor nos cuenta su éxito masivo y universal. Es en las series donde encontramos hoy en día el epicentro cultural de los debates sociales y políticos, tanto por el mensaje que estas series buscan transmitir como por la conversación que los espectadores generan alrededor de ellas. A lo mejor todo empezó con esos finales de Juego de Tronos y Perdidos, donde el mundo entero pareció unirse para odiar fraternalmente las fatales decisiones de los guionistas. O a lo mejor es que simplemente las series se han convertido en un arma de destrucción masiva dentro de este eterno esfuerzo de los polarizadores por dominar la escena política. Sean cuales sean los orígenes, desarrollos y futuros de este odio, mi conclusión es la misma: jamás debemos olvidar que las series son también un lugar donde aprender, crecer y, en la menos grandilocuente de sus acepciones, ser. Como espectadores, en definitiva, debemos elegir si usamos las series para potenciar los odios de nuestra era o si las convertimos en un bastión contra su corrosión.
*Marc Cerrudo es crítico de series en ‘Serielizados’.
“El verdadero desafío es ver un minuto seguido sin que te dé una embolia cerebral”. Un lenguaraz usuario de Youtube no se complica la vida a la hora de dejar clara su opinión sobre Autodefensa (Filmin) en los comentarios del tráiler de la serie. Esta ficción de Berta Prieto, Belén Barenys y Miguel Ángel Blanca se llevó premios en festivales tan importantes como el Séries Mania de Lille, pero también fue blanco de la furia desmedida de una multitud de espectadores insatisfechos con su tono, sus formas, sus protagonistas y, en definitiva, la suciedad y decadencia inmanentes al retrato generacional que la obra propone. El éxito de la serie, por paradójico que pueda parecer, lo retrata mejor ese odio recibido que cualquier galardón.