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El plan de Bruselas para que los jóvenes ingleses sueñen con la UE que no quieren ni laboristas ni 'tories'

Manifestación en contra del Brexit en Londres.

“Get Brexit done”. Con ese mensaje tan simple y directo, solo tres palabras de no más de dos sílabas, un hombre con pelo despeinado, rubio, excéntrico y admirador de Winston Churchill y de William Shakespeare, se presentaba a las elecciones de 2019 en Reino Unido para ser reelegido primer ministro. Por entonces, Boris Johnson no era solo el gran exponente del Partido Conservador más populista y radical, sino también el hombre que había conseguido, tras esas elecciones, una de las mayorías tories más aplastantes de la historia. Cuatro años después de esos comicios y con tres primeros ministros diferentes dentro de la misma legislatura, el Brexit se ha logrado completar, ya sin el dimitido Johnson, pero a costa de ser una trituradora política.

Pero la salida de Reino Unido de la UE no solo ha afectado a los políticos. Uno de los colectivos más perjudicados han sido los jóvenes, que de un año para el otro, vieron como todas las ventajas de pertenecer a la unión se diluían como un azucarillo. Programas como el Erasmus, probablemente el más exitoso de todos los implementados por la UE en lo relativo a los jóvenes, se terminaron con la salida definitiva de Reino Unido, al mismo tiempo que también lo hacían todos los beneficios de libre circulación para estudiar o trabajar por largos periodos de tiempo en las islas.

Mientras que antes un joven europeo podía establecerse en Reino Unido durante largos periodos de tiempo con suma facilidad y viceversa, sin necesidad de ningún visado ni de abonar ningún tipo de coste de gestión, con el Brexit las trabas burocráticas han ralentizado los procesos y han dificultado enormemente la movilidad entre ambos lugares. “Muchos profesores, por ejemplo, notan que la tasa de estudiantes europeos en las universidades británicas ha descendido muchísimo. Ahora quien quiere estudiar aquí tiene que pagar unas tasas universitarias por el visado y eso está afectando a la demanda, ya sea por la cuestión monetaria o por otros motivos”, relata Helena Catalán, joven española que actualmente está estudiando en Oxford. “La integración no solo era algo político, sino que también buscaba promover un intercambio de conocimiento entre Reino Unido y Europa que ahora se ha perdido”, zanja.

El problema es, de este modo, bidireccional: los jóvenes europeos y británicos pierden oportunidades para formarse, pero también sus universidades se quedan sin un talento que, de otra forma, podrían atraer. Para tratar de mejorar esta situación tan perjudicial, el pasado mes de abril la Comisión Europea propuso un nuevo plan de movilidad pensado especialmente para los jóvenes. El órgano que preside Ursula von der Leyen planteaba a Reino Unido dar facilidades a aquellas personas que tuvieran edades comprendidas entre los 18 y los 30 para poder moverse entre la UE y las islas

El plan de movilidad de la Comisión no significaba, ni mucho menos, recuperar el modelo anterior a la salida de Reino Unido de la organización, pero sí daba pasos hacia delante para eliminar las engorrosas trabas burocráticas. Así, la UE proponía que los jóvenes se pudieran mover libremente a ambos lados del Canal de la Mancha durante periodos de cuatro años, sin necesidad de establecer criterios previos

Íñigo Bailón, un joven que también está estudiando en las islas y que es responsable de un think tank universitario relacionado con la Unión Europea, cree que la propuesta es una gran oportunidad para dejar atrás los problemas del Brexit y favorecer las relaciones entre las dos partes. “La diferencia entre Reino Unido y otros países con los que se puedan establecer este tipo de iniciativas es que los británicos ya estaban en la UE, se acostumbraron a que podían ir, por ejemplo, a trabajar a Francia si querían, y todo eso lo perdieron, ahora, con esta propuesta podrían recuperarlo”, afirma.

¿Algo más que un acuerdo de movilidad?

Sin embargo, para muchos, este plan de movilidad tiene una derivada que va más allá de la mera eliminación de trabas burocráticas para los jóvenes a la hora de vivir, trabajar o estudiar. “Creo que este tipo de iniciativas pueden abonar el campo para futuros acontecimientos políticos entre la UE y Reino Unido, quizás a varias décadas vista. De esta forma, los 27 también intentan mejorar su imagen en las islas y así combatir la ola de desinformación que esparcieron los tabloides británicos durante el referéndum y en los años previos. Así, lo que puede conseguir la UE es crear una opinión pública británica más proeuropea en el futuro”, explica Jorge Tuñón, catedrático Jean Monnet, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid y experto en asuntos europeos.

Precisamente, si nos retrotraemos a 2016, los jóvenes fueron los votantes que tenían una imagen más positiva de la UE. En el referéndum se produjo una gran brecha intergeneracional, con unos jóvenes muy proeuropeos y unos mayores que acabaron decantando la votación hacia el leave. “La lógica que sigue la UE es clara: si nos colocamos en unas décadas y mantenemos esa base de votante joven que irá cumpliendo años y sustituyendo al más euroescéptico y luego, con estas iniciativas, alimentamos a aquellos nuevos votantes que quizás aún no hayan nacido, se conseguirá crear una sociedad mucho más proclive a la UE si se produce en un futuro un nuevo referéndum”, señala el profesor.

Pese a esa buena perspectiva de futuro, ni Tuñón, ni Bailón ni Catalán creen que el reingreso de Reino Unido en la Unión Europea esté cercano, e incluso tienen muchas dudas sobre si este se podrá producir en algún momento. Pese a eso, todos tienen claro que con este tipo de medidas se abre la oportunidad para tener un mayor acercamiento en el futuro que puede ir desde una mayor colaboración en materia de seguridad favorecida por la amenaza rusa, hasta un tratamiento privilegiado como socio comercial más ambicioso que el acordado tras el Brexit

La fuerte negativa de Reino Unido

Aun así, y a pesar de los mutuos beneficios del programa, la UE se ha encontrado con un auténtico muro para poder llevarlo a cabo: el gobierno torie de Rishi Sunak. Los conservadores solo necesitaron un par de días para negarse rotundamente a adoptar un acuerdo así con la UE: “No vamos a implementar algo así, la libertad de movimiento con la UE se acabó y no hay planes para reintroducirla”, declaró con contundencia uno de los portavoces de Downing Street.

El Brexit sigue siendo, aun a día de hoy, un tema que parece tabú para la sociedad británica y, una vez cerrado el último fleco con la firma del marco de Windsor para el estatus de Irlanda del Norte, los conservadores no están dispuestos a reabrir el cajón de los truenos. Una circunstancia que se acrecienta por la presencia de unas elecciones a pocos meses vista, donde ya asumen que serán vapuleados por los laboristas, pero en las que quieren reducir daños contentando al ala más ultra de sus votantes, precisamente la más euroescéptica.

Pero quizás, la negativa más sorprendente vino del Partido Laborista, el cual se alineó completamente con Downing Street en el rechazo a la propuesta. Un no que llama aún la atención cuando el alcalde de Londres, Sadiq Khan, recientemente reelegido para un histórico tercer mandato en los comicios locales y parte del sector más progresista y europeísta del laborismo, se mostraba hace unos meses favorable a un acuerdo muy similar al propuesto por la Comisión: “Tengo claro que apoyaré un programa de movilidad juvenil, que nos beneficiaría económica, cultural y socialmente. Aunque el Reino Unido ya no sea parte de la UE, Londres es, y siempre será, una ciudad europea”, decía Khan.

Y si una voz tan importante dentro de la formación se había mostrado así de favorable a la movilidad, ¿por qué los de Keir Starmer han sido tan tajantes? La respuesta no es fácil y tiene varias aristas, la mayoría muy relacionadas con las próximas elecciones. La primera tiene que ver, paradójicamente, con el miedo. Pese a que los sondeos les dan una ventaja sideral en los próximos comicios (al nivel o incluso mayor que la de Tony Blair en 1997, la cual fue el preludio del mayor periodo de hegemonía de la izquierda en Westminster), los laboristas se están limitando a guardar un perfil bajo en la oposición y a no cometer errores. En un país como Reino Unido donde los diputados son elegidos por mayoría y no de forma proporcional, los laboristas están llevando a cabo una estrategia de riesgo cero destinada a captar a los votantes más de centro y centroderecha. Por ese motivo, piensan que meterse en un tema tan polémico como el Brexit puede ser arriesgado y dar munición a los conservadores para atacarles en la campaña.

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Por otra parte, está el factor edad. El votante británico mayoritario es de un perfil muy envejecido y este, a diferencia del joven, es mucho más euroescéptico. Por ese motivo, los laboristas creen que si muestran cercanía a la UE, eso les podría hacer perder votos entre esta cohorte de población.

A todo ello se suma la inmigración, un tema que fue clave durante el referéndum del Brexit y que ahora vuelve a estar de actualidad con la polémica estrategia de Stop de boats (paremos los botes) de Sunak. En ella se incluye, por ejemplo, el criticado protocolo para enviar a migrantes a Ruanda mediante vuelos desde Reino Unido. En esta materia, los laboristas vuelven a ir con pies de plomo, tanto que Starmer ni siquiera se ha atrevido a asegurar que derogará el plan de Ruanda en cuanto llegue al gobierno ni dentro de sus 100 primeros días en Downing Street. Muchos ingleses siguen relacionando a la UE con la migración y por ello, una vez más, los laboristas guardan distancia.

Con este contexto, la pregunta está en si la estrategia poco ambiciosa y de perfil bajo de los laboristas continuará tras su previsible victoria electoral o si, sin embargo, decidirán realizar un cambio de políticas que incluya romper el tabú del Brexit para incrementar la colaboración entre el viejo continente y Reino Unido.

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