La historia en crisis

El 23F, el golpe militar con el que Juan Carlos I pasó de heredero de Franco a rey de la Transición

El golpista Antonio Tejero Molina, el 23-F, en el Congreso de los Diputados.

El 23 de febrero de 1981, el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados durante la sesión de investidura y secuestró a los allí presentes durante algo más de 17 horas para intentar forzar la instauración de un Gobierno militar. Sin embargo, el golpe fue un fracaso y apenas tuvo simpatizantes que se movilizaran a su favor entre los altos cargos del Ejército.

¿Qué pasó?

Fueron muchos los últimos envites del franquismo y los sucesos que pusieron en jaque a la Transición, pero el definitivo se desató la tarde del 23 de febrero de 1981, cuando el teniente coronel Antonio Tejero intentó poner en marcha un golpe de Estado militar para desbaratar la recién nacida democracia.

El Congreso de los Diputados celebraba la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como nuevo presidente del Gobierno, tras la reciente dimisión de Adolfo Suárez. Era la segunda ronda de votaciones para optar al cargo, pero no había transcurrido ni siquiera media hora cuando Tejero irrumpió en la Cámara junto a un enorme grupo de guardias civiles. Más tarde, se ha determinado que lo acompañaban unas 200 personas.

Desde Valencia se suma el teniente capitán Jaime Milans del Bosch, quien ordena el estado de excepción y asume todos los poderes. Los tanques empiezan a circular por la ciudad a partir de las nueve de la noche. Fue la única ciudad que apoyó el levantamiento, mientras que en la capital y en el resto del país la situación era de normalidad absoluta. No obstante, tras las palabras del rey Juan Carlos I, transmitidas en TVE, Milans del Bosch decide finalmente retirarse. Más de 17 horas después de su incursión en el Congreso, a las 11.45 horas del día siguiente, Tejero da por finalizado el secuestro y termina el fallido levantamiento.

¿Cómo se desarrolló la crisis?

Manuel Núñez Encabo fue el último diputado aquel día en escuchar su nombre para pedir el voto antes de que Tejero irrumpiera en la sala al grito de: "¡Quieto todo el mundo!". Lo que siguió es la historia de un "golpe mal planeado, pésimamente organizado, con una notable precipitación y falta de coordinación y sin unos objetivos previamente definidos", como lo define un estudio de la UNED sobre el 23F.

El objetivo principal era forzar la formación de un Gobierno presidido por el general Alfonso Armada, que había sido secretario de la Casa Real durante breve periodo, pero la forma de ejecutarlo fue algo caótica. Mientras que Tejero optaba por una estrategia moderna, la de secuestrar al Gobierno y buscar un consenso forzado, Milans del Bosch daba un golpe a la antigua, mediante una demostración de poder militar y la proclamación de un bando que pretendía ser secundado por otras capitanías en el país. Su táctica recordaba más bien al levantamiento militar que dio origen a la Guerra Civil —guerra en la que ambos, Tejero y Milans del Bosch, habían tenido papeles de relevancia—, pero no era compatible con el momento que vivía España en 1981, de consolidación de la Transición democrática.

En ese contexto, quienes han estudiado el golpe, afirman que el "elefante blanco" —como se conoce popularmente al autor intelectual del golpe— era el mismo Armada, aunque no se sabe con certeza si pudo haber alguien más tras el levantamiento. Armada entró al Congreso en varias ocasiones para intentar negociar con Tejero. En una de esas conversaciones, se propuso a sí mismo como futuro presidente del Gobierno, pero el teniente coronel lo rechazó. Se negaba a reconocer como presidente a nadie que no fuera Milans del Bosch. De hecho, afirmaba que "la II, III, IV y V Región Militar" ya habían anunciado su conformidad con este plan.

Durante el secuestro, algunos pequeños grupos de personas se reunieron alrededor del Congreso para protestar, pero fueron manifestaciones "anecdóticas". El Gobierno provisional conformado por secretarios y subsecretarios de Estado —aquellos que no estaban en el Congreso durante la sesión de investidura— y presidido por Francisco Laína, había ordenado que la vida siguiera con normalidad y no se convocaran manifestaciones ni huelgas generales, como proponían UGT y CCOO. En cualquier caso, no hacía falta la movilización social: el levantamiento se desarticuló por sí mismo.

Si bien el seguimiento del golpe por parte de otros altos mandos militares había sido, cuanto menos, muy reducido, el discurso del rey Juan Carlos I cerca de la una de la madrugada terminó por rematar los aires golpistas: "La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum". Sobre las seis de la mañana ya del día 24 de febrero, Milans del Bosch se retracta y retira el estado de excepción impuesto sobre Valencia. Sobre las diez, Armada vuelve a entrar al Congreso para negociar con Tejero y esta vez sí consiguen llegar a un acuerdo. Los golpistas dejarían libres a los diputados a cambio de que los militares de rangos inferiores y hasta el de teniente no fueran juzgados por el levantamiento.

La respuesta civil no se hizo esperar: el 27 de febrero tuvo lugar la mayor manifestación de la historia de España hasta esa fecha. Un millón y medio de personas se congregaron en Madrid, en la glorieta de Embajadores al grito de "Viva la libertad", "Viva la democracia" y "Viva el rey".

¿Cómo se informó de ello?

A falta de las tecnologías de las que disfrutan las comunicaciones en la actualidad, la prensa de la época tuvo que esperar al día siguiente para publicar la noticia del golpe de Estado. Por eso, al 23 de febrero también se lo conoce como "la noche de los transistores". La radio fue un medio fundamental para la información sobre lo que ocurría en el Congreso de los Diputados.

"No sabíamos qué iba a pasar, pero estábamos convencidos de que teníamos que seguir emitiendo". Así relata Mariano Revilla, técnico de sonido de la Cadena Ser presente en el Congreso durante el 23F, los primeros momentos tras la ráfaga de disparos que obligó a los diputados a esconderse bajo sus escaños. En una entrevista de la cadena en 2011, el técnico relató cómo movieron los equipos de sala para intentar despistar a los asaltantes y seguir recibiendo sonido. Gracias a esta maniobra, los redactores de la sede de la emisora pudieron escuchar lo que ocurría en tiempo real, aunque no pudieron transmitir en directo la grabación para evitar que las fuerzas de seguridad les cortaran la línea.

La Guardia Civil se centró en la ocupación de la televisión y la radio públicas. Sobre las siete menos cuarto de la tarde, llegaron a la sede de Televisión Española en Prado del Rey y se los conminó a seguir la programación habitual, en el caso de la televisión, y a emitir únicamente música militar, en Radio Nacional de España. Las marchas fueron sustituidas por música ambiente al cabo de pocos minutos. En cualquier caso, a medida que avanzaban las horas, el fracaso del golpe se hacía más patente. Una de las señales fue la marcha del grupo de guardias civiles que había ocupado Televisión Española poco antes de las nueve y media de la noche.

Fue entonces, a las 21.30 horas —y no habiendo emitido el informativo de las 21 horas— cuando Iñaki Gabilondo, entonces director de informativos de TVE, informó de lo ocurrido en el Congreso. A las 22 horas, se emitió un resumen de los acontecimientos y, pasada la una de la madrugada, se retransmitió la comparecencia del rey Juan Carlos I, en la que llamaba a mantener "la serenidad y la calma".

Los periódicos, por su parte, pasaron la noche preparando ediciones especiales para el día siguiente. Las más contundentes: la de El país y Diario 16. El primero abrió con el titular "Golpe de Estado. El País, con la Constitución" y un editorial —"¡Viva la Constitución!"— que no dejaba margen de duda sobre su posición. Por su parte, Diario 16 publicó una edición especial de madrugada en la que abría con un rotundo "Fracasa el golpe de Estado" y otro editorial a favor de la Constitución.

A estas primeras reacciones les siguieron exhaustivos análisis y piezas informativas que relataron, primero, el desarrollo de los acontecimientos durante la noche y, más tarde, las consecuencias que aquello tendría para la Transición. No obstante, fue una noche de gran incertidumbre y miedo para la mayoría de la población española, que ya se imaginaba un retorno dictatorial después de haber probado apenas las mieles de la democracia.

Quizá por esta incertidumbre se fueron fraguando entre la ciudadanía varias teorías de la conspiración. Algunas dicen que el levantamiento se había gestado desde Estados Unidos y era una orden de la CIA, aunque la más sonada apuntaba a que Juan Carlos I fue el verdadero instigador del golpe, que no habría sido más que una estrategia institucional para reforzar la Transición y el papel del monarca en ella. Entre otras fuentes, el libro La gran desmemoria, publicado en 2014, afirma que el Golpe "sale de Zarzuela y sigue en Zarzuela desde julio del 80 hasta la segunda semana de febrero de 1981". En cualquier caso, nada de todo ello está probado.

Estas teorías las recogió el periodista Jordi Évole en un falso documental que desvelaba la supuesta verdad oculta sobre el 23F, al estilo del que se hizo en Francia para "demostrar" que el ser humano jamás había pisado la luna. Para ello, se inventó la Operación Palace, que habría empezado con una reunión de todos los principales actores políticos del momento: desde el rey hasta Adolfo Suárez, pasando por miembros de los partidos socialista, comunista, vasco y de Alianza Popular, además del entonces director de operaciones del CESID (actual CNI).

¿Qué consecuencias tuvo?

Un año después, 33 personas —14 militares, 18 guardias civiles y un exdirigente del sindicato vertical— fueron juzgadas por su implicación en el 23F, en un Consejo militar que se conoce como el juicio de Campamento. La sentencia, dictada el 3 de junio de 1982, condenó a Milans del Bosch y a Tejero a 30 años de cárcel por delito probado de rebelión militar, mientras que a los demás procesados les cayeron penas de entre uno y 12 años de prisión o de pérdida temporal del empleo. Tres personas fueron absueltas. En abril de 1983, el Tribunal Supremo condenó a Armada a otros 30 años de cárcel, también por delito probado de rebelión militar.

No obstante, sus penas fueron desigualmente cumplidas. Armada, que había sido secretario general de la Casa del Rey durante dos años y tutor directo de Juan Carlos I desde 1954, y que ostentaba el cargo de segundo jefe del Estado Mayor del Ejército durante el 23F, recibió un indulto del Gobierno en 1988. Vive en libertad desde entonces. Milans del Bosch salió de prisión en 1990, después de intentar, infructuosamente, que lo readmitieran en el Ejército. Por su parte, Tejero pasó 15 años en la cárcel, hasta 1996.

Un estudio de la UNED sobre el golpe de Estado, afirma que "la derrota tuvo la virtud de consolidar formalmente el sistema de la Transición, aunque al precio de realizar un giro conservador aceptado por todos los partidos". Destaca, sobre todo, la moderación "a veces excesiva" del PSOE —como la califica el historiador Manuel Redero—, por la que Felipe Gónzalez "debe abandonar sus proyectos más ideológicos en aras de la modernización del Ejército y del Estado", según el catedrático de la UNED Abdón Mateos.

Por otro lado, la la UCD y el PSOE impulsaron en 1982 la LOAPA, un proyecto de Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico, que servía para "contentar a los militares", según el entonces diputado de CiU, Carles Gasòliba. El Constitucional echó por tierra la mitad de los artículos de la LOAPA antes de que fuera aprobada, lo que terminó por impulsar la configuración del Estado de autonomías actual. De hecho, según el politólogo Fernando Vallespín, el 23F sirvió para "agilizar" ese proceso autonómico.

¿Qué aprendimos?

Por encima de todas las consecuencias que se le achacan al 23F destaca la consolidación final de la democracia que llevaba un lustro implantándose en España. Así lo demuestran la manifestación masiva del 27 de febrero por la libertad y la democracia o las encendidas portadas de El País y Diario 16 defendiendo la Constitución.

También en El País, pocas semanas después del 23F, Francisco Umbral se burló de la vulnerabilidad de la democracia recién construida, que tenía que apoyarse en la intervención del monarca para frenar un golpe de Estado: "Aquí hemos pasado de la reticencia intelectual o menestral ante la exótica figura de un Rey, después de medio siglo sin tal, a la entrega absoluta en sus brazos. Él nos ha salvado, él ha salvado la democracia, él se ha salvado a sí mismo. Ya tenemos un padre, un César, esa cosa freudiana que los españoles buscamos siempre para que piense por nosotros. (...) Antes pasábamos de democracia porque no nos casaba bien con la Corona, y ahora pasamos porque ya está la Corona para hacer democracia".

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