Antes de

Alfred antes de Hitchcock, el niño asustadizo que transformó sus miedos en arte

Al menos han trascendido dos anécdotas de la infancia de Alfred Joseph Hitchcock que expertos biógrafos de la talla de Donald Spoto sitúan como el chispazo que encendió la mecha de su cine de terror y suspense. Una de ellas la relata el propio Spoto en su libro Alfred Hitchcock: la cara oculta del genio (TyB Editores, 1985) en palabras del propio Hitchcock: “Recuerdo cuando tenía cinco o seis años. Era un domingo por la noche, el único momento de la semana en que mis padres no tenían que trabajar. Me metieron en la cama y se fueron a dar un paseo al Hyde Park. Estaban seguros de que yo iba a dormir hasta su regreso. Pero me desperté, llamé y nadie respondió. Nada excepto la noche a todo mi alrededor. Temblando, me levanté, vagué por toda la vacía y tenebrosa casa y, finalmente, llegado a la cocina, encontré un trozo de carne fría y me puse a comerla mientras me secaba las lágrimas”. La otra anécdota la explica a este medio Abraham Menéndez, autor de Alfred Hitchcock: el enemigo de las rubias (Lunwerg, 2021): “Su padre, un católico muy estricto, planeó para él una noche en prisión cuando el pequeño Alfred tenía solo cinco años”. Así aprenderá lo que le pasa a quien comete pecados, pensó.

“¿El miedo? Ha influenciado en mi vida y en mi carrera”, aseguraba Hitchcock. De todos modos, el propio Donald Spoto avisa de que alguna de esas anécdotas que explicó el cineasta en sus múltiples charlas y entrevistas con la prensa –especialmente, la del calabozo y la policía– podrían, perfectamente, tener una relación más o menos vaga con la verdad. Dicho de otra forma, la gran imaginación del director, unida a su conocimiento de qué era lo que querían oír los periodistas, pudieron llevarle a magnificar alguna de las experiencias que relataba. “Son anécdotas” –así las define Spoto– “imposibles de negar e imposibles de corroborar”. Lo que está claro es que el niño Alfred Hitchcock era miedoso. “Y todo ese miedo que pasó cuando era pequeño nos lo devolvió, como en una especie de venganza, en sus películas”, observa Menéndez, que habla, también, de la poca tolerancia a la policía que tuvo siempre ‘Hitch’, como le solía llamar alguna gente en su adolescencia. El episodio a los cinco años y la sombría figura del abuelo-policía –como lo define Spoto–, pero también el tradicional odio que los cockneys, la clase trabajadora del East End de la ciudad de Londres a la que pertenecía su familia, tenían a los guardias contribuyeron a que Alfred desarrollara esa aversión a la policía y ese pánico a la falsa culpabilidad.

Hitchcock nació en 1899 en Leytonstone (Londres, Reino Unido). El director definía a la suya como “una familia verdulera y católica”. Se refiere a que el comercio con el que su familia se ganó el pan desde que los abuelos paternos apostaran por ello fue una tienda de verdura, y que la educación que su progenitor procuró para sus hijos se fundamentaba en los valores cristianos. Y en esas se crió Alfred, un niño solitario y observador, en palabras de Spoto, sin amigos ni compañeros de juegos. “Me sentaba discretamente en un rincón”, reconocía, ya de adulto, Hitchcock, “sin decir nada. Miraba y observaba mucho”. Sin embargo, ya por aquel entonces, su imaginación le echó unos cuantos cables: “Jugaba conmigo mismo, inventándome mis propios juegos”. Eso cuando todavía no tenía edad para atiborrarse de cine porque cuando ese tiempo llegó, tal y como explica Abraham Menéndez, los fines de semana del futuro cineasta se convirtieron en un peregrinaje constante a las salas de proyecciones.

Confesiones vespertinas, rótulos y el cayo que lo lanzó

Si el padre de Alfred, William, actuó, hasta su prematura muerte a los 52 años, como una figura de autoridad con respecto a su hijo; su madre, Emma Jane, fue muy protectora con él incluso ya bien entrada la adolescencia del chico. “Cada noche”, cuenta Spoto, “a su regreso a casa, Alfred tenía que situarse de pie a los pies de la cama de su madre y contestar a las precisas preguntas acerca de lo que había hecho durante el día”. Aquello se convirtió en una tradición, que el biógrafo considera incluso algo abrumadora. El caso es que el Hitchcock fue creciendo y tras cursar algunos estudios de ingeniería, pronto empezó a interesarse por el cine y colarse, en el mejor de los sentidos, en rodajes de películas cinematográficas. “Empezó como rotulista, pero era una esponja y tenía una gran imaginación”, desliza Menéndez. “Aunque no había realizado estudios concretos de dirección de cine, una actividad que, en un principio, no tenía prevista; el cayo que fue domando desde que comenzó a trabajar para productoras como la Famous Players-Lasky le proveyó de los conocimientos necesarios para lanzarse a la dirección”, resuelve.

Desde su irrupción en el mundillo, Alfred encadenó distintos puestos en multitud de rodajes, entre ellos, el de ayudante de dirección, pero no sería hasta 1925 que estrenaría su primer filme como director, The pleasure garden (El jardín de la alegría, en español). No obstante, tal y como declaró él mismo y corroboran los expertos, el primer largometraje realmente hitchcockiano fue The Lodger: A Story of the London Fog (El inquilino).

Después llegarían sus grandes Psycho (Psicosis), The Birds (Los pájaros) o Rear Window (La ventana indiscreta). Llegaría también el gran personaje televisivo en el que se convirtió Hitchcock y el reconocimiento de toda la profesión, pero también las excentricidades y la sombra de la misoginia, que lo acompañó hasta su muerte. Llegarían los premios y, sobre todo, llegarían las grandes dosis de violencia, suspense y terror en sus películas. Pero ese miedo venía de lejos. Hubo un miedo –el que marcó la infancia de Hitchcock– que precedió a al miedo en mayúsculas, el que marcó las vidas de los espectadores de Hollywood.

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