Trump despilfarra el poder estadounidense Jesús A. Núñez Villaverde
El pasado fin de semana, la sociedad española volvió a sufrir —no siempre con la misma intensidad— dos nuevos crímenes machistas. Una mujer de 42 años fue asesinada a tiros por su expareja en Zaragoza. Con ella, son ya 14 las mujeres asesinadas en lo que va de 2026. El mismo día, en Alicante, un padre ahorcó a su hija de tan solo tres años. Son ya tres menores víctimas de esta violencia en el mismo periodo.
No es un dato menor que ambos agresores decidieran quitarse la vida después de cometer los crímenes, y no antes. En ese gesto final subyace una lógica profundamente arraigada: la de “poner las cosas en su sitio” y evitar, al mismo tiempo, las consecuencias de sus actos. No se trata de arrebatos sino de decisiones.
Asistimos a un repunte de feminicidios e infanticidios en el contexto de la violencia de género, acompañado además de una mayor brutalidad en su ejecución. Y, aunque resulte incómodo decirlo, era esperable. Numerosas voces expertas advierten de un efecto de refuerzo: algunos agresores encuentran legitimación en los crímenes previos, en la constatación de que otros han llevado a cabo aquello que ellos fantaseaban. Contar las víctimas es imprescindible para dimensionar la tragedia, pero también nos obliga a reflexionar sobre los efectos que esa visibilidad puede generar.
Sin embargo, lo verdaderamente peligroso es que el machismo no se alimenta únicamente de dinámicas individuales. Su verdadera fortaleza es colectiva. Se sostiene, se financia y se reproduce con eficacia. Como una planta bien enraizada, apenas necesita cuidados para seguir creciendo: el sustrato —un sistema heteropatriarcal profundamente imbricado en lo económico y lo cultural— ya está ahí.
Se habla, con razón, de la machosfera y preocupan los discursos misóginos que circulan entre la juventud, envueltos en una estética de rebeldía o de supuesto despertar crítico. Inquieta también ver cómo algunas jóvenes abrazan la femiesfera y sus narrativas de retorno a lo doméstico, a roles tradicionales y a modelos profundamente desiguales. Todo ello es grave. Pero no es lo esencial.
Sin embargo, lo verdaderamente peligroso es que el machismo no se alimenta únicamente de dinámicas individuales. Su verdadera fortaleza es colectiva
El problema no es solo el “cómo”, sino el “para qué”. Las campañas de descrédito del feminismo —y, por tanto, de la igualdad como valor democrático— no son fenómenos aislados. Se articulan desde estrategias culturales, mediáticas y también políticas que están no sólo planificadas sino muy bien financiadas. Determinados sectores de la derecha extrema y la extrema derecha impulsan, mediante la desinformación y el odio, el desmontaje de los mecanismos que garantizan los derechos fundamentales de las mujeres.
Y conviene entender que el objetivo no es solo la igualdad de género aunque el feminismo sea el principal enemigo a batir. Existe una intensificación de la promoción del odio hacia personas migrantes, especialmente si son musulmanas; hacia quienes pertenecen a minorías religiosas; hacia las personas racializadas; hacia el colectivo LGTBI; hacia quienes viven en la pobreza; hacia las personas con discapacidad o las personas mayores.
Y quizá el odio es el fin en sí mismo y no un efecto colateral de nada. El odio resulta funcional para quienes necesitan la confrontación y la deshumanización como base de su proyecto y por lo tanto es una herramienta política fundamental en los regímenes fascistas. Por eso, el feminismo se convierte en objetivo prioritario: porque ha demostrado ser un movimiento sólido, transversal y profundamente igualitario, capaz de integrar múltiples luchas contra la opresión.
En apenas unos años, hemos pasado de un machismo que operaba de forma soterrada a otro que se exhibe sin complejos. Por eso, ya no es extraño que más del doble de los cofrades con “derecho” a voto de una pequeña hermandad en Sagunto decidan que las mujeres y niñas que profesan su misma devoción deban dedicarse a otras cosas, y que lo decidan a puerta cerrada, entre aplausos e incluso alguno de ellos con cierto tono chulesco y desafiante en la explicación pública de ese posicionamiento.
Por eso, no toda la sociedad reacciona con horror ante cada nuevo asesinato. Crece también el número de quienes miran hacia otro lado, relativizan o incluso difunden consignas como “todas mienten”, contribuyendo a erosionar la credibilidad de las víctimas y a sostener el sistema que las vulnera.
El mensaje es claro, aunque no siempre explícito: las mujeres deben volver a su sitio.
Al que ellos decidan.
Atrás. Y abajo.
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Vanessa Casado Caballero es Jurista, Experta en Derechos Humanos y Género e Igualdad de Oportunidades
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