El periodista y la muerte Pedro Vallín
La respuesta a esta pregunta, para mí, llegó cuando leí el libro de mi amigo Moha Gerehou (activista antirracista, periodista y escritor): ¿Qué hace un negro como tú en un sitio como este? En él relataba el constante señalamiento, incluso desde la infancia, al que son sometidas en nuestra sociedad las personas racializadas, con independencia de dónde hayan nacido; en su caso, casualmente, en Huesca.
Las personas blancas jamás hemos sentido ese señalamiento por el color de nuestra piel. No hemos tenido la necesidad de “darnos cuenta de que somos blancos” para explicar situaciones de desigualdad o discriminación que hayamos podido sufrir. Se nos ha podido discriminar o señalar por ser pobres, por ser lesbianas o por ser de Valladolid, pero nunca por ser blancos.
El racismo, esa patología social que padecen ciertos sectores de la población —y que, seamos honestos, no responde a una ideología concreta, aunque en las derechas sea fundacional—, afecta a quienes no son capaces de aceptar una realidad evidente: la diversidad de fenotipos es tan consustancial a las sociedades humanas como la nieve lo es a Alaska. ¿Tendría sentido estar en contra de la nieve viviendo en Alaska?
Hace apenas unos días, la opinión pública fue testigo de la detención del exdiputado autonómico de Podemos Serigne Mbayé, junto con otras cinco personas pertenecientes al Movimiento Antirracista de Madrid, en circunstancias todavía poco claras y que están siendo investigadas por la Delegación del Gobierno. Independientemente de los motivos reales de la detención, es muy probable que los detenidos se enfrenten a acusaciones de resistencia y atentado a agentes de la autoridad, con supuestas “lesiones” que deberán ser oportunamente indemnizadas.
Tanto Serigne como el resto de las personas detenidas han denunciado que la detención fue absolutamente injustificada y que responde a patrones de racismo institucional. Este concepto fue definido por el filósofo francés Jacques Rancière como “racismo frío”: una construcción intelectual y, ante todo, una creación de los Estados. Estados que son cada vez menos capaces —y, en muchos casos, menos dispuestos— a contrarrestar los efectos destructores de la libre circulación de capitales sobre las comunidades que tienen a su cargo. Ante esa incapacidad, concentran su poder en aquello que sí pueden controlar: la circulación de personas.
En puridad, el racismo institucional no implica la inexistencia de regulación para evitarlo. No significa que existan normas que contemplen un trato discriminatorio en función del color de la piel, ni supone un régimen de segregación racial institucionalizado. De hecho, en el ámbito de la actuación de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, la Ley Orgánica 2/1986, de 13 de marzo, regula los principios básicos de actuación en su relación con la comunidad. Su artículo 5 establece que los agentes deben impedir cualquier práctica abusiva, arbitraria o discriminatoria que entrañe violencia física o moral. Un ejemplo claro de que, en materia normativa, el papel lo aguanta todo.
El problema del racismo institucional, y del señalamiento sistemático de las personas —racializadas o no— que lo denuncian, no es la falta de normas. Existen desde convenios internacionales de derechos humanos hasta leyes internas que prohíben conductas racistas. El verdadero problema es la ausencia de consecuencias efectivas para quienes las transgreden, especialmente cuando lo hacen desde una posición de poder público.
Serigne y el resto de activistas fueron puestos en libertad directamente desde comisaría, un hecho no demasiado habitual en estos casos. Los agentes decidieron no ponerlos a disposición judicial al día siguiente, retrasando así el control jurisdiccional sobre su actuación y la legalidad de la detención. Veremos en qué acaba todo esto, pero, sin duda, el caso servirá para reabrir el eterno debate acerca de la sobreprotección acrítica del concepto de autoridad en nuestro sistema penal y sobre el racismo institucional que subyace en las identificaciones policiales por perfil racial. (Spoiler: tampoco esta vez cerraremos esa grieta de nuestra democracia).
El caso de Serigne Mbayé servirá para reabrir el debate acerca de la sobreprotección acrítica del concepto de autoridad en nuestro sistema penal
Es un hecho a estas alturas –creo que ya ni genera debate– que las personas racializadas sufren más control policial y, estadísticamente, más identificaciones discrecionales cuando transitan por nuestras calles y barrios que el resto de población que responde a un patrón, digamos, caucásico, por ejemplo. Y ello, pese a que hace ya décadas que la ONU estableció que la utilización de perfiles raciales por parte de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en la materialización de sus funciones de parada y registro es una práctica claramente discriminatoria. O que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) haya tenido la oportunidad de revisar diversos casos sobre esta materia, sin que se haya producido una condena hasta la sentencia Wa Baile contra Suiza.
Pero no hace falta irse a "desiertos remotos ni a montañas lejanas" para toparnos con esas prácticas de carácter ilegal por parte de los cuerpos policiales. Yo mismo las he presenciado en múltiples ocasiones. Prácticamente todas las semanas tengo que ir a los juzgados de la madrileña plaza de Castilla, y muchos de esos días me suelo topar con un grupo de tres o cuatro agentes de la Policía Nacional, a veces uniformados y a veces de paisano, que se encuentran justo a la salida de la parada de metro que da a dicha plaza. Y que el 100 % de las veces están rodeando y comprobando la documentación de una persona cuyo tono de piel no responde al patrón "ideal" o pretendidamente habitual español. Eso es imposible o será casualidad, dirán desde las instituciones. O será que la "magia" de la estadística ha transformado esa casualidad improbable en un hecho normalizado, convirtiendo poco a poco, como decía el poeta vasco Juan Larrea, lo imposible en inevitable.
Es una pena que, cada vez más a menudo, tengamos que estar pendientes de darnos cuenta de si somos blancos, negros o trigueños, y no atendamos a si somos humanos. Cuando la ciencia ha demostrado ya hace mucho que esa es la única raza a la que pertenecemos.
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Eduardo Gómez es abogado de Red Jurídica.
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