Cuando el cambio climático deja de ser “cool” para convertirse en una certeza social

Hace unos días, tomando un café con Javier, un buen amigo acostumbrado a analizar la actualidad con una mezcla de ironía y lucidez, me lanzó una reflexión que se me quedó rondando durante días. “El cambio climático ha dejado de ser cool para convertirse en cold”, me dijo, jugando con las palabras y haciendo referencia al aparente frenazo —cuando no retroceso— que parecen vivir algunas políticas ambientales en Europa.

La frase tenía algo de provocación inteligente. Basta observar el contexto político europeo de los últimos meses: revisión de algunos objetivos del Pacto Verde Europeo, protestas agrarias convertidas en símbolo contra determinadas regulaciones ambientales o discursos que presentan la transición ecológica como una amenaza económica.

Por momentos, parece que la sostenibilidad ha dejado de ocupar el espacio central que tuvo hace apenas unos años. Pero aquella conversación me dejó una duda: ¿estamos realmente ante un cambio social profundo o más bien ante una percepción amplificada por el ruido político y mediático? ¿La ciudadanía ha dejado de preocuparse por el cambio climático?

Los datos dicen otra cosa.

El reciente informe Horizontes de H/Advisors ofrece una radiografía muy precisa del estado emocional de la sociedad española. El estudio retrata un país atravesado por la incertidumbre: más de ocho de cada diez españoles consideran que el mundo es hoy más inestable que hace una década y casi tres cuartas partes lo perciben más inseguro.

Y, precisamente en ese contexto de incertidumbre, el cambio climático emerge como una preocupación extraordinariamente consolidada. Según el informe, constituye ya la tercera gran inquietud global para los españoles, con un 41,1%, solo por detrás de los conflictos bélicos y las crisis económicas. Además, supera ampliamente a otras cuestiones muy presentes en el debate político y mediático, como los flujos migratorios, que apenas alcanzan un 20,2%.

España, además, es uno de los países europeos más vulnerables al aumento de temperaturas, la desertificación y el estrés hídrico

Ese dato desmonta uno de los grandes relatos que han ido creciendo en Europa durante los últimos años: la idea de que la ciudadanía habría dejado atrás la preocupación climática. No parece ser así. Más bien sucede lo contrario. La cuestión ambiental se integra cada vez más dentro de una percepción general de vulnerabilidad e inseguridad.

Y hay otro elemento clave: la sociedad ya no percibe el cambio climático como algo abstracto o lejano. Lo vive.

El Observatorio Ciudadano de ENGIE España sobre percepción del cambio climático confirma precisamente ese cambio cultural. Siete de cada diez españoles aseguran estar muy o bastante preocupados por el cambio climático y una mayoría considera que afecta ya directamente a su vida cotidiana.

España, además, es uno de los países europeos más vulnerables al aumento de temperaturas, la desertificación y el estrés hídrico. Y la ciudadanía lo percibe claramente. El estudio de ENGIE señala que casi nueve de cada diez personas consideran que han aumentado los incendios forestales y más del 80% observa una mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos.

Durante años, el debate ambiental estuvo atrapado entre el negacionismo y una cierta abstracción técnica. Parecía un asunto reservado a científicos o activistas. Hoy ya no. El cambio climático aparece en las olas de calor, en las restricciones de agua, en la factura energética, en los incendios o en la preocupación creciente por el futuro.

Y precisamente por eso ocurre algo especialmente relevante: la ciudadanía no solo muestra preocupación, sino que identifica cada vez con más claridad cuáles son las respuestas necesarias.

El estudio de ENGIE refleja que una mayoría social apuesta por acelerar o mantener el desarrollo de las energías renovables y avanzar en la transición energética. Incluso en un contexto de incertidumbre económica, la sociedad no interpreta la sostenibilidad como un obstáculo para el bienestar, sino como una parte esencial de la solución.

Ese es probablemente uno de los grandes cambios silenciosos de nuestro tiempo.

La transición energética ya no se percibe únicamente como una política ambiental. Se entiende también como una política de seguridad, estabilidad y modernización. La crisis energética derivada de la guerra de Ucrania dejó una lección evidente: depender de combustibles fósiles importados significa depender de contextos geopolíticos inestables.

Las energías renovables representan, por el contrario, una oportunidad de soberanía energética, resiliencia económica y reducción de vulnerabilidades futuras.

Pero existe también una dimensión emocional que conviene entender. En un momento donde muchas personas sienten que han perdido capacidad de control sobre aspectos esenciales de su vida —la vivienda, el coste de la vida o la incertidumbre tecnológica—, la transición ecológica aparece como uno de los pocos proyectos colectivos capaces de ofrecer dirección y horizonte.

Porque las sociedades necesitan relatos de futuro.

El gran riesgo de nuestro tiempo no es únicamente la polarización política; es la resignación. La idea de que ya nada puede cambiarse y de que todo empeorará inevitablemente.

Sin embargo, los datos muestran algo distinto. La ciudadanía está preocupada, sí. Incluso cansada en muchos aspectos. Pero no es indiferente.

Quizá uno de los errores de estos años haya sido explicar la transición ecológica desde parámetros demasiado técnicos o burocráticos. Hemos hablado mucho de emisiones, objetivos y regulaciones, pero menos de seguridad cotidiana, bienestar y calidad de vida.

La transición ecológica aparece como uno de los pocos proyectos colectivos capaces de ofrecer dirección y horizonte

Y las personas no viven en gráficos de CO₂. Viven en barrios, pagan facturas, sufren olas de calor y se preocupan por el futuro de sus hijos.

La clave probablemente pase ahora por conectar mejor la transición ecológica con las preocupaciones reales de la ciudadanía. Hablar de energías renovables es hablar también de estabilidad económica y autonomía estratégica. Hablar de adaptación climática es hablar de prevención de riesgos, salud pública y protección frente a fenómenos extremos.

Tal vez Javier tuviera parte de razón y el cambio climático haya dejado de ser “cool” en determinados espacios políticos o mediáticos europeos. Pero los estudios indican algo mucho más profundo: para la ciudadanía, el cambio climático ya no es una moda ni una tendencia cultural. Es una preocupación estructural ligada a la seguridad y al futuro.

Y quizá ahí esté el verdadero desafío de los próximos años.

Porque el problema ya no parece ser convencer a la sociedad de que existe un riesgo. El reto pasa ahora por conseguir que políticos, empresarios, instituciones, medios de comunicación, entidades ciudadanas y divulgadores seamos capaces de enlazar ese sentir social con acciones reales, compromisos concretos y nuevas formas de dialogar, aprender y comunicarnos.

Solo así lograremos que aquello que sentimos como amenaza y aquello que identificamos como camino avancen, por fin, en la misma dirección.

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Miguel Aguado Arnáez es divulgador ambiental, director de la consultora B LEAF y docente de la Universidad Europea.

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