El barrio es nuestro es un blog colectivo alimentado por la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM). El nombre alude al viejo grito de guerra del movimiento vecinal que sirve para reivindicar el protagonismo de la vecindad en los asuntos que la afectan, a menudo frente a aquellos que solo ven en el territorio un lugar de negocio y amenazan su expulsión.
Preciados, 22 de junio de 1976
La tarde del 22 de junio de 1976 forma parte indispensable de la memoria democrática de España y, muy especialmente, de Madrid. Aquella tarde, inmortalizada por el fotoperiodista César Lucas con la célebre “foto del puñito”, más de 50.000 vecinas y vecinos de los barrios y pueblos de Madrid abarrotaron la calle Preciados para protestar contra la carestía de la vida, reclamar barrios dignos y exigir la legalización de las asociaciones vecinales y de la entonces Federación Provincial de Asociaciones de Vecinos (hoy FRAVM).
Aquella movilización consiguió llenar el centro de Madrid en la primera gran manifestación “autorizada” tras la muerte del dictador. Fue el broche de oro de la conocida como Semana Ciudadana, una multitud de acciones con las que la Federación Provincial, todavía en fase de legalización y junto a un centenar de colectivos sociales, respondió a los conocidos como sucesos de Aranjuez: una brutal carga de la Guardia Civil a orillas del Tajo durante una romería vecinal en la que cientos de personas, muchas de ellas familias con niños y niñas, se habían reunido para celebrar juntas el día de San Isidro.
La calle Preciados apareció aquella tarde completamente desbordada. Desde el balcón de la pensión que algunos dirigentes vecinales de la época alquilaron para leer el manifiesto podía contemplarse una imagen inédita: miles de personas llegadas desde los barrios y pueblos de Madrid ocupando el corazón de la ciudad con la convicción serena de quien sabe que está participando en algo que cambiará su vida. Las imágenes filmadas por Tino Calabuig conservan todavía hoy la capacidad de erizar la piel. En los rostros de aquella multitud se mezclaban la alegría, la esperanza y la certeza de que algo había cambiado para siempre.
Fue la tarde en la que la democracia que venía gestándose en los barrios desde finales de los años sesenta consiguió, por fin, brotar en el centro de Madrid.
Miles de vecinas y vecinos pudieron sentir entonces por primera vez en su propia piel que aquello por lo que luchaban no solo era compartido por otros tantos miles, sino que el derecho a reivindicar la dignidad de sus barrios empezaba a formar parte natural de sus vidas. Por primera vez, un derecho democrático fundamental como el derecho de manifestación comenzaba a incorporarse a la vida de la gente normal.
Fue, sin duda, una movilización que permitió eclosionar años de lucha vecinal. La lucha de un movimiento social, el movimiento vecinal, que ha sido el gran olvidado del relato de la Transición democrática; un olvido propiciado no solo por quienes construyeron un relato desde las élites, sino incluso por quienes creyeron que la democracia estaba conquistada por el simple hecho de que los partidos políticos pudieran participar en las instituciones.
La movilización permitió eclosionar años de lucha vecinal. La lucha de un movimiento que ha sido el gran olvidado del relato de la Transición democrática
Sin embargo, el movimiento vecinal fue, sin duda, la gran escuela democrática de nuestro país: la escuela de la gente de a pie, de los peatones de la historia de los que nos hablaba Vázquez Montalbán. Porque el movimiento vecinal ha sabido siempre, como recuerda Jordi Borja, “que la democracia no puede tener solo una aspiración formal, sino que debe ser, sobre todo, material; que las decisiones de los responsables políticos han de responder a las necesidades de la ciudadanía y que la ciudadanía debe participar en ellas”.
Y aquella escuela democrática fue capaz de construir buena parte del mejor Madrid que conocemos. Así llegó la remodelación de barrios en una ciudad donde, en 1975, más de 100.000 personas vivían todavía bajo el barro; así acabaron nuestras Madres contra la Droga con la heroína; así nacieron miles de dotaciones públicas conquistadas mediante los Planes de Barrio, los Planes 18.000 y tantos otros acuerdos que hicieron más habitables nuestros barrios y pueblos. Así rehabilitamos viviendas, plazas y parques; defendimos equipamientos, combatimos desahucios, creamos espacios vecinales y huertos urbanos, levantamos redes de solidaridad durante la pandemia y abrimos caminos entre la nieve de Filomena a fuerza de trabajo comunitario. Siempre con una misma idea de fondo: el bien común.
Porque aquellas victorias no transformaron únicamente el paisaje urbano. Transformaron también la relación de la ciudadanía con la política. Demostraron que la democracia podía servir para mejorar la vida cotidiana de la mayoría y que los barrios no eran un problema que gestionar, sino una fuerza capaz de construir ciudades, convivencia y futuro.
Por eso recordar el espíritu de aquel 22 de junio en Preciados no es un ejercicio de nostalgia, sino la reivindicación de una herramienta indispensable: el movimiento vecinal. La misma herramienta que permitió conquistar barrios dignos, servicios públicos, espacios de convivencia y derechos para la mayoría.
Recordar el espíritu de aquel 22 de junio en Preciados no es un ejercicio de nostalgia, sino la reivindicación de una herramienta indispensable: el movimiento vecinal
Una herramienta clave para seguir formando la escuela de la democracia, para defender nuestros barrios y pueblos, nuestra manera de vivir y lo mejor de Madrid; para acabar con la especulación que destruye el derecho a la vivienda y con la expulsión de nuestros barrios, para reivindicar la convivencia entre diferentes y, sobre todo, para reivindicar la política, una política limpia, capaz de responder a las necesidades de la ciudadanía.
Porque si los barrios ayudaron a conquistar la democracia cuando esta todavía no existía, hoy son imprescindibles para defenderla. Entonces la lucha era por las libertades democráticas, por salir del barro al barrio; hoy lo es por garantizar el derecho a la vivienda, los servicios públicos, la convivencia y el derecho a permanecer. Porque la democracia no se sostiene solo en las instituciones, sino también en las calles donde vivimos, en los vínculos que construimos y en la certeza de que los barrios pertenecen a quienes los habitan.
Quizá por eso las imágenes de aquella tarde siguen interpelándonos medio siglo después. No solo porque nos hablan de lo que fuimos, sino porque recuerdan lo que podemos ser. La calle abarrotada, el manifiesto leído desde aquel balcón y las miles de miradas llenas de ilusión que inundaron Preciados aquel 22 de junio de 1976 nos recuerdan que la democracia nunca fue una conquista definitiva, sino una tarea colectiva. Una tarea que, ayer como hoy, empieza en los barrios.
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Jorge Nacarino es presidente de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM).
Sobre este blog
El barrio es nuestro es un blog colectivo alimentado por la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM). El nombre alude al viejo grito de guerra del movimiento vecinal que sirve para reivindicar el protagonismo de la vecindad en los asuntos que la afectan, a menudo frente a aquellos que solo ven en el territorio un lugar de negocio y amenazan su expulsión.