El rincón de los lectores

Salidas, criterios, estrategias

El filósofo Iván Illich.

Javier Lorenzo Candel

Después del último período de crisis, todavía está por ver hacia dónde caminan las nuevas sociedades, qué cicatriz va a dejar el tiempo que hemos vivido y el que, probablemente, quede por vivir, en esta nueva realidad nacida de la historia reciente. Entretanto, la literatura y la filosofía ya vienen denunciando o interpretando situaciones que, nacidas de los procesos de búsqueda de soluciones, llegan a nuestros días para encontrar salidas, establecer criterios y proponer estrategias.

Esto, que no es nada nuevo y que se repite a cada debilidad social, ayuda a pararse a pensar en las reacciones de otros individuos que vivieron experiencias parecidas y trataron de, no solo contarlas, sino proponer caminos alternativos al curso de sus vidas. La literatura y la filosofía nos van dejando pequeñas migajas de pan en el camino, migajas que nos ayuden a encontrar senderos de vuelta y que, por su condición de guía, animen a no perdernos, a identificar los lugares, a llegar a destino habiendo aprendido el lugar de las pozas y de los barrancos.

 

Una de estas migajas me ha llevado buena parte de las lecturas de verano. Todo arranca con un libro que intenta rescatar la figura de Iván Illich y ponerla al día en Otra modernidad es posible, del mexicano Humberto Beck (Malpaso, 2017), revisarla para fortalecerla y mostrar un panorama de actualidad ante un pensador que escribe buena parte del grueso de sus teorías en los años setenta. Pero lo interesante del libro no es solo la revisión de estas teorías, la tripleta teórica sobre la que asienta su filosofía, y que no es otra que la educación como un proceso de preparación de las nuevas sociedades hacia el consumo y el fomento de la marginación más feroz, la medicina y sus núcleo duro de cuerpo de élite destinado a fomentar el monopolio en la enfermedad, y el automóvil y la creación de la sociedad de la prisa y las largas distancias, aislando la posibilidad del paso a escala humana. Lo interesante es que Bleck amplifica el recorrido de Illich y lo sitúa en pleno siglo XXI, lugar en el que todo lo planteado por el ideólogo tiende a precisarse y hacerse realidad. Más de cuarenta años de distancia para darnos cuenta que los augurios de Illich están haciéndose cada vez más visibles, más representativos de nuestro siglo, más imparables.

Y una relectura, La convivencialidad, que aunque en su momento no generó en mí un excesivo entusiasmo, sí he podido decantar esas sensaciones para fortalecer criterios. Una de las sentencias que aparecen en el estudio de Illich dice algo así como que “nacemos con el lenguaje, crecemos con el Derecho y morimos con el mito”. Sentencia sobre la que se descuelga un razonamiento de pérdidas que la sociedad no convivencial, la que usted y yo estamos viviendo, aplica al mundo con la maza imparable de lo que denomina megamáquina y que no es otra cosa que los procesos del liberalismo económico que en nuestros días han llegado para quedarse. A finales de los años setenta, Iván Illich ya aportó al mundo la teoría de una sociedad ciega ante el individuo, con herramientas que alienan más que facilitan su flujo de desarrollo, con un olvido voluntario por el mantenimiento de la naturaleza y la generación de sociedades insatisfechas a fuerza de necesitar cada vez más productos de consumo inmediato. Dentro de la lectura de Illich uno se da cuenta de que perdemos la capacidad que nos otorga el lenguaje, abandonamos los criterios sociales objetivos que plantea el Derecho y, quizá lo más grave, olvidamos cualquier posibilidad de mitificar. Lo que queda, como un recurso al que agarrarse, es la existencia plenipotenciaria de un ser humano autónomo y creador, dos características que, todavía, no se han perdido del todo.

Por tanto, las soluciones que se dejan ver en las teorías que Illich defiende, no pasan por la acción directa de los partidos políticos, porque ellos estarían envueltos en las mismas razones poderosas que los hacen engranaje de un mecanismo de poder que degenera, entre otras cosas, en la promoción de lo que llama “el éxito social a través de un nivel más alto de consumo individual, lo que significa un nivel más alto de consumo industrial”.

Un paso más atrás, el hito de Horkheimer (o de Adorno) y su Crítica de la razón instrumental (1947), donde aparece, en el prólogo de la edición de 1967, una sentencia que también es alimento para una teoría presente. Refiriéndose al proceso de libertad alcanzado por las sociedades, duda de si éste “no vendrá a revelarse como la automatización, tanto de la sociedad como de la conducta humana”, núcleo fundamental de desarrollo de su libro en su búsqueda de una sociedad verdaderamente humana, una sociedad que lucha contra “el aparato creciente de la manipulación de las masas” ofreciendo su fantasía, con dos conceptos que definen la de su tiempo: el miedo y la desilusión.

No seré yo quien diga que las teorías de Illich y Holkheimer, en concreto aquellas que se ocupan de las soluciones ante las crisis, puedan ser trasportables a nuestras sociedades, pero sí que es conveniente, en esta época en que todavía no sabemos el aspecto que tendrán las cicatrices tras los últimos años de heridas, tener en cuenta algunas nociones fundamentales para interpretar ciertos movimientos que nos ponen muy cerca de las salidas, los criterios y las estrategias.

Lo sé, unas cuantas migajas no hace camino de vuelta y, definitivamente, pueden ser alimento para las aves. Seguiremos buscando.

*Javier Lorenzo Candel es poeta. Javier Lorenzo Candel

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