Las drogas nunca se han ido, en TintaLibre de abril

Las drogas nunca se han ido. Están de vuelta, de otro modo, pero de vuelta. Si en la España de los años 80 el paisaje de yonquis y adictos de varia condición presentaba un aspecto desolador en las grandes urbes, ahora mismo batimos récords en el consumo (autorizado) de ansiolíticos y los datos hablan de más de 300.000 personas que consumen cocaína diariamente.

El titular, ‘las putas drogas y los muertos’ –porque a veces es mejor llamara a las cosas por su nombre–, y la ilustración de Perico Pastor no se andan con titubeos, el problema es serio, sigue siendo serio.

Para recordar otras épocas, porque hay una oleada de libros, películas, documentales, que no cesa de mirar por el espejo retrovisor, tres piezas sirven de memoria y, en cierto modo, de guía al lector, dado que el trasunto ha sido muchas veces malinterpretado o ha corrido sobre él un gran velo de desinformación. 

Manuel Jabois conoce bien el paisaje de las rías gallegas porque ha nacido y crecido en ellas, y su lectura de Romería, la película de Carla Simón, es también un recorrido por la devastación, tan ingenua como desgarradora, de aquella juventud que deambulaba primero feliz con el descubrimiento de la heroína y, un tiempo más tarde, como zombis. Jabois trae a su texto una premonitoria frase del añorado Antonio Vega: “Descubrir la heroína fue algo acojonante. No teníamos precedentes, no se veían yonquis tirados por la calle. Estábamos seguros de haber encontrado la solución para paliar todo lo desagradable de la existencia. Pasaron años antes de comprender que aquello tenía trampa”. Poco se puede añadir a esta confesión.

La perspectiva de un experto en la materia como Germán Labrador Méndez y su lectura de la “democracia en vena” apuntala una cronología de la batalla librada entre 1981 hasta hoy mismo. Ahí quedan testimonios vivos que todavía no han prescrito como las excelentes incursiones en la pantalla de Carlos Saura con Deprisa, deprisa o de Eloy de la Iglesia, con El Pico.

Otra visión convergente en su afán cronológico es la de David López Canales en ‘Aquellos chutes y estos lodos’ basándose en parte en las campañas que todavía recordamos de la FAD. “Desde finales de los años 80 hasta mediados de los noventa”, escribe el autor, “hay un pico desmedido de mortalidad juvenil, concentrado entre los nacidos entre 1955 y 1970, explicable solo desde un conjunto de factores culturales combinados. Entre ellos destacan el impacto del sida, accidentes, suicidios, enfermedades sobrevenidas y pauta de consumo endovenoso de heroína”.

El humor, pero también cierta amargura por los monstruos y complejos infantiles, están presentes en la reunión de cuatro escritoras punteras de la actual narrativa sobre algunos fetiches y recuerdos (felices pero traumáticos) en ‘La niñez corrompida’. Marta Sanz nos cuenta sus cuitas con la tarjeta de crédito y el dinero de plástico, Raquel Peláez habla sin pelos en la lengua de sus primeras chanclas de marca y su calvario con la depilación en los vestuarios del gimnasio, Elvira Navarro incursiona en el táper (tupperware) como un chivato de la lucha de clases y la jornada laboral, y con más ritmo en las caderas, Andrea Genovart, habla de cómo se las gastaba en el cole el grupo de cheerleaders que con el radiocasete por testigo intentaba coreografiar a las Spice Girls

No queda ahí la cosa. David Muñoz, la mitad de Estopa, nos trae un bonito presente en ‘El hijo del obrero, a la universidad’, su reivindicación de una memoria muy paterna ahora que ha vuelto a las aulas de la facultad de Historia de la Universidad de Barcelona. 

Otro regalo musical es la interesante, y pocas veces contada, historia de la escritura de las partituras musicales como mapa de sonidos que el afamado joven compositor Joan Magrané desentraña en este número. 

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De justicia es también detenerse por un momento en la investigación en marcha que el catedrático de la Universidad de Lérida Rafael M. Mérida Jiménez ofrece de la literatura Trans en español, desde Valeria Vegas y Alana S. Portero a casos como el de la senadora socialista Carla Antonelli o personajes reivindicados en la actualidad como ‘La Veneno’. Muchos libros, autoeditados o aparecidos en circuitos marginales a los que se debe una atención que normalmente no se tiene en cuenta de esa dura travesía por el lado salvaje con todas sus consecuencias.

Despide el número una foto de Lorca recién descubierta acompañada del texto de Aroa Moreno. Federico, sonriente como siempre, saluda desde la camioneta que lleva a la compañía de teatro La Barraca por las polvorientas carreteras de España, en una de cuyas cunetas fue fusilado poco tiempo después. 

Es TintaLibre. Es abril. Buena lectura. 

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