En torno al "ausente"
Para servidor –entonces hispanista en ciernes sin saberlo–, todo empezó con un curso universitario en el Trinity College de Dublín sobre la “Generación del 98”: España tumbada sobre el diván del psicoanalista; Unamuno, Ganivet, Baroja…; España desmoronada, España desesperada, España acomplejada, desvalida. No conocía el idioma, creía que, para la licenciatura, me iba a poder dedicar exclusivamente a la cultura francesa. Pero había que cumplir con las exigencias vigentes y cargar también, a un nivel secundario, con otro idioma romance, desde cero si hiciera falta, como era mi caso. Disyuntiva: italiano o español. Ganó la segunda opción, por los vínculos históricos existentes entre Irlanda y España. Y allí me tienen ustedes, con 17 años, tratando de entender de qué diablos iba aquella generación, cuyos textos me resultaban indescifrables. Me entero, eso sí, de que se trataba de la traumática pérdida en 1898 de lo poco que quedaba de un vasto imperio, de la humillación de una derrota vergonzosa ante la aplastante superioridad naval de Estados Unidos. Y del acuciante problema de qué hacer en consecuencia, si es que algo se podía hacer.
Todo ello lo he ido recordando últimamente con intensidad debido a la lectura del magnífico, conmovedor, dolorido, fascinante y, a mi juicio, imprescindible libro de Paco Cerdà, Presentes (2024). Ello cuando, casi setenta años después de mi inicio en el hispanismo, y medio siglo de la muerte del genocida dictador gallego que acabó con la democracia republicana, otra vez arrecia el fascismo aquí y fuera.
El libro de Cerdà se estructura en torno al macabro tránsito medieval, en noviembre de 1939, desde Alicante a El Escorial, de los restos mortales de José Antonio Primo de Rivera, el Glorioso Ausente. A hombros de falangistas. Recorrido de 467 kilómetros orquestado, sobre todo, por Dionisio Ridruejo (que luego entonaría —así como Pedro Laín Entralgo— su mea culpa). Aquellos once incansables días y noches le han inspirado al escritor valenciano una extraordinaria galería de personas —unas muy conocidas, como Miguel de Molina, Georges Bernanos (Les grands cimetières sous la lune), Miguel Hernánez o Antonio Machado, otras menos o en absoluto—, muchas de ellas víctimas de la brutal represión franquista de la posguerra, responsable de que hoy yazcan todavía alrededor del país, en fosas comunes, los despojos de unas 115.000 víctimas republicanas. Cerdà, siendo oriundo de Valencia, no puede olvidar, en primer lugar, el paredón de Paterna, “paredón de España”. Refiriéndose al ensañamiento inquisitorial practicado por el franquismo contra los libros de rojos, judíos, masones y demás ralea, el escritor me ha asombrado con la palabra bibliocausto, que jamás he visto antes, que me parece genial y que a partir de ahora me va a ser muy útil. Obviamente calcada sobre “holocausto”, ¿es de su invento? Desde luego hace pensar en seguida en la depuración infligida a los libros de caballería de don Quijote por el cura y el barbero. Pero también en la destrucción de la fabulosa biblioteca árabe de Granada, repleta de tratados eruditos, con la alegación de que se trataba de eliminar coranes.
Llevo años soñando con la epifanía de la República Federal Ibérica. Podría ser una maravilla, pero sé que no la voy a ver, y que a lo mejor no la verá nunca nadie. Qué pena
La lectura de Presentes me ha hecho repasar mis apuntes sobre el histórico acto fundacional de la Falange en el madrileño Teatro de la Comedia el 29 de octubre de 1933. Efemérides que, según un titular al día siguiente del periódico de Mussolini Il Popolo d’Italia, constituía “el primer mitin (comizio) de propaganda del movimiento fascista español”. Hoy, la fachada del coliseo está huérfana de la placa que conmemoraba aquel momento, colocada por el Ayuntamiento en 1971 y luego quitada por la democracia.
Primo de Rivera se expresó, en dicho acto, de la siguiente manera:
"Nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día y el Estado que cree sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible [...] Esto es lo que pensamos nosotros del Estado futuro, que hemos de afanarnos en edificar [...] Venimos a luchar por que un Estado totalitario alcance con sus bienes lo mismo a los poderosos que a los humildes... "
No dejó de aludir a los puños y pistolas necesarios para hacer frente a los del otro bando. Luego hablaron Julio Ruiz de Alda y Alfonso García Valdecasas. Este insistió:
"Se ha dicho que esto es un acto fascista, y yo digo que en siendo españolísimo que lo llamen lo que quieran. Que con lo fascista, que es una experiencia extranjera, podremos tener todas las afinidades y todas las coincidencias que en un futuro resulten; pero que nosotros, españoles, no queremos vivir de fórmulas extranjeras..."
Las “afinidades” saltaban ya a los ojos, por mucho que algunos las quisieran minimizar. Se trataba sin lugar a dudas de una variante del corporativismo mussoliniano. “Aspirante a Duce italiano”: así define Cerdà al Primo de Rivera de entonces. Pero los fascistas españoles, eso sí, tenían un antecedente único en los Reyes Católicos, con la mitología y el fake news asociados, sobre todo la “Reconquista” (invento del siglo XIX) a la cabeza. ¿Es verdad que fue el socialista Fernando de los Ríos quien, contemplando con un alumno suyo el hermoso friso exterior de la capilla real de Granada, donde la F del rey genera un haz de flechas y la Y de Ysabel un yugo, aventuró la opinión de que en su combinación podría encontrar un futuro partido español fascista su símbolo más apropiado? Quién sabe. Lo que sí es seguro es que Falange Española empezó llamándose Fascismo Español, y que los colaboradores del Jefe, una vez decidido por este el necesario cambio, solo tardaron unos minutos, encerrados con el diccionario, en dar con el genial sustituto que, claro, tenía que empezar también con “F”. Y allí les esperaba un milagro: Falange. Todo con la enorme ventaja añadida de las connotaciones católicas de la palabra “fe”.
Tuve la suerte de conocer, en mis tiempos iniciales con la Editorial Planeta, a Ernesto Giménez Caballero, que también aparece en las páginas de Cerdà. Gecé, autor de Genio de España (1932), libro de cabecera de Primo de Rivera, no tenía dudas. “Mira —me dijo más o menos un día, hablando del imperialismo—, los débiles no sirven para nada, son un lastre y un desastre. El mundo es para los fuertes, cuyo deber es quitarles a los inferiores sus tierras, sus riquezas, que no saben manejar, y sacarles el mayor provecho posible. La Naturaleza no quiere hombres débiles. El hombre nace para ser fuerte, valiente, emprendedor, capaz de afrontar todos los riesgos”.
Gecé nunca negó seguir siendo fascista, y yo agradecía su sinceridad entre tanta mentira y ofuscación.
He leído con fruición la treintena de páginas de fuentes con las cuales termina Cerdà Presentes, con abundante información sobre cada una. Su investigación ha sido de una minuciosidad y tenacidad impresionantes.
Para rematar estas divagaciones, no puedo dejar de mencionar Portugal. Según uno de sus más cercanos colaboradores, Primo de Rivera incluía, dentro de su concepto de Imperio, la incorporación o reincorporación de Portugal a España, con lo cual el nuevo Estado dominaría tanto el Atlántico (Lisboa) como el Mediterráneo (Barcelona). Pero nunca lo dijo públicamente porque había un pequeño problema: el régimen fascista de Salazar, ya instalado en tierras lusas. Hoy, el país vecino apenas existe para los españoles, que parecen haberse olvidado de su enorme Imperio americano y africano. Con la excepción de los de la raya fluvial, podría estar en la luna. Para comprobarlo solo hace falta ver los boletines meteorológicos televisivos, donde aparece como un parche gris allí al oeste, sin indicación climática alguna. Llevo años soñando con la epifanía de la República Federal Ibérica. Podría ser una maravilla, pero sé que no la voy a ver, y que a lo mejor no la verá nunca nadie. Qué pena.
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Ian Gibson es hispanista, especialista en historia contemporánea española, biógrafo de García Lorca, Dalí, Buñuel y Machado. Su último título publicado es 'Un carmen en Granada', libro de memorias editado por Tusquets.