Fernanda Orazi reescribe ‘Niebla’, de Unamuno, y reivindica el teatro como “generador de existencia”
Hay un telón rojo, un diván, una puerta, un olivo, unos cuantos focos y unos zapatos colocados en el suelo, iluminados en medio de la penumbra. Augusto se sitúa junto a ellos, observa el espacio como si fuera la primera vez que lo ocupa, y se los calza. Todo comienza con ese gesto y Augusto pronuncia entonces palabras que escribieron para él. "¡Qué lástima!", dice, "es una desgracia esto de tener que servirse de las cosas, tener que usarlas, el uso estropea y destruye toda belleza". Cuando termina su frase, el escenario se ilumina y los demás, que le han observado desde el principio, aplauden. Augusto se pregunta cuál será su siguiente paso y decide esperar a que pase un perro y tomar, dice, la dirección que él tome. Pero Augusto no sigue a un perro, sino a una joven, y repite hasta tres veces esa escena, confuso, sin saber cómo ha llegado hasta la puerta que ha cruzado esa garrida moza llamada Eugenia. Los demás estallan en carcajadas, como si fueran las risas enlatadas de una comedia de situación de la tele y Augusto, a quien nunca le ha pasado nada porque es un personaje recién creado, recién nacido, se da cuenta de que la vida es niebla y de que en ese viaje que acaba de iniciar amará la trama más que el desenlace, como cantaba Jorge Drexler y como, tal vez, suscribiría Miguel de Unamuno si asistiera a esta puesta en escena de su célebre nivola, publicada en 1914.
Fernanda Orazi dirige Niebla, una propuesta escénica que no es ni una versión ni una adaptación de la “rechifla amarga” de Unamuno, sino una reescritura y una destilación de aquella historia sobre un ente de ficción llamado Augusto Pérez que querrá ser y existir y que se rebelará contra su autor, que no le dejará suicidarse porque todos sabemos, pero él no, que los personajes de novela no deciden su propio destino. Niebla se estrena este viernes en Nave 10 Matadero (Madrid) con el mismo equipo con el que Orazi llevó a escena su versión de Electra, de Sófocles, galardonada con dos Premios Max a Mejor Espectáculo Revelación y Mejor Adaptación: Juan Paños en la piel de Augusto, Javier Ballesteros en la de Orfeo, Leticia Etala como Eugenia, Carmen Angulo como Rosario y Pablo Montes, nueva incorporación al equipo, dando vida a Víctor, el mejor amigo de Augusto. Con escenografía y vestuario de Cecilia Molano, diseño de luces de David Picazo y espacio sonoro de Javier Ntaca, Niebla es una coproducción de Nave 10 Matadero, Buxman Producciones y Pílades Teatro.
“Yo había terminado de escribir La Persistencia, una obra para Ángela Boix que estrenamos en 2024 en el Teatro del Barrio, y le estaba contando a mi amiga Silvia Herreros de Tejada, que es filóloga, de qué iba la historia, por dónde pasaba la cuestión de ese personaje que le pedía a su autor que le diese una vida y una muerte de verdad, no una que tuviera que actuar, y ella me dijo: ‘Pero eso es como Niebla, ¿no la has leído?’. Yo no había leído a Unamuno en mi vida y recuerdo que terminé Niebla llorando como una niña y sentí que era una novela en la que uno asistía a la creación de un personaje”, explica Orazi.
Cuando Luis Luque, director artístico de Nave 10, le propuso estrenar un montaje esta temporada, la actriz, directora y maestra de actores sintió “la llamada de hacer algo con el viaje que le da Unamuno a Augusto en la novela” y tomó varias decisiones. La primera, prescindir de lo literario en escena: “En esta obra Unamuno no deja de estar presente en todo momento, pero yo tenía que pensar en el lenguaje de la escena, de ahí que no esté el componente literario sino el espíritu de la obra, esa visión trágica sobre la existencia, la identidad y el destino que están en el texto”. En escena, a mayor sentimiento trágico y angustia existencial, más humor y carcajadas de los personajes, como si Orazi quisiera mostrar la cara b del drama en un espacio en el que conviven lo terrible y lo patético, la tragedia y la risa: “Hay algo que tiene el humor, que es una visión trágica también, y es la posibilidad de estar dos veces en una situación. Para mí el humor surge de la visión trágica y el humor de Unamuno es alucinante”.
La directora y dramaturga argentina, afincada en España desde hace veinte años, reconoce que este ha sido su proyecto más difícil, “y estoy recontenta, pero es la obra que más pelea me dio porque yo nunca escribí tanto antes de empezar a ensayar. Cuando llegamos a los ensayos, yo ya llevaba un año y pico con la cabeza quemada”. En ese proceso de escritura, Orazi seleccionará solo algunas de las tramas que imaginó Unamuno para Augusto: “La trama con Eugenia, la aparición de Rosario, el personaje de Orfeo y algo de su amigo Víctor. Quise trabajar sobre esas tramas y no sobre otros personajes y, en muchos casos, copiaba cada capítulo, escribía sobre él, quitaba, ponía… y llegó un momento en que ya no sabía qué era mío y qué era de Unamuno”.
Del mismo modo que Augusto está desprovisto de existencia, Orazi despoja también al resto de personajes. No sabremos que Rosario es planchadora, no veremos a Eugenia tocar el piano (aunque suene en la obra) ni discutir con sus tíos y ese novio vago y canalla que tiene llamado Mauricio, Víctor no nos contará que está casado y le angustia ser padre ni sabremos que Augusto vive con un criado y una cocinera. Tampoco aparecerá en escena el autor, aunque Augusto le busque a gritos cuando se quite esos zapatos que se puso al principio y la ficción y su existencia se acerquen al final. Sin embargo, Orazi le dará voz a un perro, Orfeo, quizá el primer therian de esta temporada teatral.
Tramas y apariciones, Borges y Dios
Otra de las decisiones que tomará Orazi será la de crear un artefacto, un dispositivo que dispare la acción teatral, esa especie de set en el que suenan risas y aplausos, habitado por algunos objetos: “El desafío era poder hacerle un teatrito a Augusto para que pudiese experimentar su existencia a través de procedimientos y escenas teatrales. ¿Quiénes son los personajes de la obra? La trama de Augusto. No hay más información sobre ellos. Están para que a él le pase lo que le tiene que pasar. Con Cecilia Molano, que firma el espacio escénico y el vestuario, trabajamos mucho sobre la idea de artefacto, sobre esa maquinita teatral en la que los objetos también actúan y producen la trama de Augusto. Lo que suena, lo que la luz le hace, lo que los objetos producen, su relación con las cosas, el carácter de las relaciones que establece con cada uno, todo eso es la trama de Augusto”.
Personajes como tramas y tramas como apariciones que irán construyendo a Augusto, un personaje que dirá que le sobra el cuerpo porque le falta alma, alguien con nombre de payaso inocentón y frágil al que da vida Juan Paños, creado a partir de un trabajo colectivo fuera y dentro de la escena: “En esta compañía nunca hablamos mucho del personaje, como si sostenerlo o levantarlo fuera una responsabilidad única de cada actor. Hablamos del personaje como quien habla de una especie de aparición o una visión que queremos que suceda en el teatro, pero no se trata de que Augusto sea una misión mía, sino una misión global, como también lo es en la novela de Unamuno”, explica el actor.
Paños, que crea junto a sus compañeros ese hombre que se siente más vivo cuantas más penurias pasa, recuerda que “Borges decía que la esencia del teatro es que un actor finge ser otro mientras el público finge creérselo y yo creo que en esa doble mirada es cuando se crea un personaje. Yo he descubierto con esta obra que hablo de la existencia de los personajes como si hablara de la existencia de Dios, y no es una hipérbole, lo creo de verdad. Yo necesito creer en esos personajes, me hace bien creer en los personajes de las funciones que voy a ver, en los personajes de los textos y las novelas que leo, y me consuela que existan, me consuela pensar que durante un ratito existen. Y pienso que mi relación con Dios es algo muy parecido a eso”.
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También Orazi pensó en Dios durante el proceso de escritura. “Pensé en el Libro de Job de la Biblia, cuando le pide que comparezca y le pregunta ‘¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me lo quitas todo?’. Me quedó claro que esa relación de creador y criatura que está en Niebla está muy ligada a nuestra relación con Dios, con un Dios que no comparece, de ahí que me interesara que el autor no estuviera, que no se presentara alguien a quien apelamos, esa orfandad de otra naturaleza”.
La de Augusto será una existencia que irá creciendo a partir de sus diálogos y relaciones con el otro y en esta obra, ese otro será también el teatro, un teatro capaz de generar existencia y que convertirá esta Niebla de Orazi una especie de homenaje a la potencia del teatro. “Yo también lo creo y es hermoso. La potencia creadora del teatro no está solo en los creadores, sino en la gesta común. Uno puede hacer una buena o mala escena en un ensayo, pero si no hay público, los actores nos perdemos, nosotros solo sabemos percibir cuando una función va bien o va mal si está esa otra mirada que crea, la de los espectadores —explica Juan Paños— y te diré que en paralelo a toda esta creación yo he tenido un gran viaje personal en el que he ido descubriendo la fuerza de mi trabajo, de mi actividad, incluso como espectador. Cuando voy al teatro ahora miro de una manera mucho más hermosa esos personajes, esos textos”.
“El teatro crea existencia”, añade Fernanda Orazi, que durante los últimos años ha estado leyendo y releyendo la obra del filósofo francés Étienne Souriau: “Él habla de los diferentes modos de existencia y, frente a esa ontología de ser o no ser, mantiene que hay diferentes modos de existencia. Habla de las existencias virtuales, de existencias más sutiles, y trata de describir cómo es un proceso donde algo muy sutil, una intuición o una sensación van ganando existencia. El proceso de creación es eso”.