Con el niño en el diván

Camiseta del Barça de Romàrio.

Paco Cerdà

1. Vestuario

Si dijo Javier Marías que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia, vayamos al origen de la cuestión. No a la recuperación semanal –no el sucedáneo, no el remedo, no el placebo– sino a la infancia. Qué pasó allí. 

Qué traumas. 

Qué sueños. 

Qué emoción. 

Por qué el fútbol una y otra vez. Adorado y después rechazado. Ignorado y luego añorado. Reconstruido desde la razón algo que no escapa al corazón. 

Qué pasó en la infancia. 

Sentémonos en el diván. Juguemos. Pero sin botas ni medias. Juguemos con los pies desnudos. Sintiendo de verdad los pies en el suelo de una vida, la niñez. Oyendo, aislada, esa misma melodía que va y viene y luego se esconde y al cabo vuelve a reaparecer en el ciclo interminablemente finito que es la vida. 

Por qué esa melodía. Por qué el fútbol

He querido saber, pero no he sabido.

2. Primer tiempo

No tenía por qué haber sucedido así, pero sucedió. 

A mi padre le gustaba la pilota valenciana y el recuerdo de las corridas de toros que habían quedado en su retrovisor de soltero; el fútbol le era ajeno. Con mi madre no iban los deportes. 

Vivíamos en un pueblo pequeño, muy pequeño, de las comarcas centrales valencianas. Al final de los años ochenta lo normal allí era ser del Valencia de Lubo Penev, Quique Sánchez Flores y Ochotorena. Sin embargo, hubo un tío, padrino mío y sin hijos, que nos hizo del Barça a los tres hermanos. Digo nos hizo porque no tengo conciencia de haber decidido al respecto. 

Nada de Kierkegaard y esa angustia que produce el vértigo de la libertad. Nada del miedo –el temor paralizante– que provoca la capacidad absoluta de elegir entre una infinidad de posibilidades. No hubo abismo de sentirse libre y delegar, esclavo, tu destino. Tampoco hubo existencialismo que pesara en demasía sobre los hombros. Simplemente fue eso: que otro decidió por mí sin que yo me enterase de nada. 

De lo que sí tengo conciencia es de las dos monedas de veinte duros. Una para la cocacola; la otra para el paquete de fritos. Porque uno no podía ir solo al bar Fany del Genovés a ver por Canal+ el último partido de Liga, con el sol inundando el Heliodoro Rodríguez de Tenerife, y no consumir nada. Eso no se podía hacer. Y eso me pasó a mí con siete y con ocho años. Dos años seguidos. Dos agónicos finales. Dos épicas improbables. Dos orgasmos sentimentales mucho antes del descubrimiento del amor o del placer onanista. Dos descargas de pasión inolvidables con una cocacola que duraba dos horas y una bolsa de Matutano racionada con austeridad franciscana. 

A esas dos finales, la segunda liga y la tercera del Dream Team de Cruyff, le sucedería la última tabla del tríptico. La central. La del penalti de Djukic. Un monumento a la tragedia. No hubo Fany aquella noche. Vino el tío del Barça con un aparato descodificador del Canal+. Nosotros, familia numerosa, flipábamos. Mi tío lo conectó al televisor. Sacó una llave blanca. Dijo que era la llave de la pasión –sensacional campaña– y la metió en el aparato. El partido comenzó. Y lo veíamos sin achinar los ojos para descifrar las rayas grises y la nieve que veíamos los pobres con el transistor de fondo. Qué sensación aquella, la de sentirse rico. Total: que vimos el penalti. Aquel fallo hiperventilado de Djukic nos arrojó como bestias felices que gritaban y movían los brazos en alto contra el televisor. Echamos el aparato por el suelo. La señal se fue. Volvían las rayas y la nieve del toldo verde y la familia numerosa, pero qué más daba. Era el final del partido. El final de la Liga. El Barça había provocado el tercer orgasmo emocional en un momento tan único: los nueve años. Justo la noche del 14 de mayo de 1994. Y ahora, al buscar esa fecha y sentir un chispazo, me he levantado del sillón. Algo ha cruzado mi mente. Un presentimiento. Quizá una parte de la explicación que rebusco en este diván. Y necesitaba comprobarlo. Si hay que cavar hondo, utilicemos las armas investigadoras de la no ficción. Vayamos a los detalles. No inventemos. No improvisemos. No manipulemos en beneficio del relato redondo y coherente. Por suerte, he encontrado esa pegatina que buscaba. 

Dice así: Record de la meua Comunió. Francesc Cerdà i Arroyo. Parròquia Verge dels Dolors. El Genovés, 29 de maig de 1994. 

Miradlo. Mirad a aquel niño. Han pasado quince días exactos desde el penalti de Djukic y esa cuarta liga de su Barça. El niño está ebrio de barcelonismo. Todo lo que le importa de la comunión no está en la oblea –¡no la mastiquéis!–, sino en la cama, entre los regalos. Unos días antes, una tía suya de sonrisa ancha y dientes separados le ha preguntado qué regalo quería para la comunión. Él no ha dudado: cuesta mil duros y lo ve cada mediodía en el quiosco del pueblo cuando va a comprarle el periódico a su padre y, en el camino de regreso a casa, en su primer contacto con el periodismo, va hojeando las páginas deportivas. Ese regalo tan anhelado es una caja con la camiseta del Barça. Lleva el 10 a la espalda y el nombre de Romàrio. La caja incluye pantalón corto y medias blaugranas. Ahora es suya. Y es alucinante verla sobre la cama. Nunca ha tenido una camiseta del Barça: un lujo para familias acomodadas. Las que van a restaurantes el día de su comunión. Por eso, cuando acabe la comunión y la banda del pueblo lo deje en casa desfilando en el pasacalle que reparte a todos los comuniantes casa por casa, el niño rápidamente se deshará del traje de marinero que le ha prestado un primo suyo y allí, en la habitación que tiene las sábanas del Barça, la colcha del Barça, los pósters del Barça, labufandaylabanderayelbalónfirmadoytodo del Barça, entonces el niño se vestirá del Barça. Parecía una comunión, pero es un bautismo: el ritual de esta liturgia pagana que es el fútbol. La camiseta es un sudario dispuesto para la pasión. Una reliquia de identidad y pertenencia. De identificación con los dioses venerados. Y ese niño ya tiene la suya. Su camiseta-sudario. Así aparece en todas las fotos del día de su comunión: camiseta de Romàrio, pantalón corto, medias blaugrana. He contado alguna vez lo feliz que parecía ese niño de las fotos, por fin con su camiseta del Barça. Pero había un detalle. Un pequeño detalle que engendraría un trauma. El nombre de Romàrio estaba enmarcado. Y las siluetas de Kappa eran triángulos blancos. Aquella camiseta era falsa. 

El niño de las fotos ya nunca —nunca— tendría una camiseta oficial del Barça. Y de mayor, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento de la adultez, aquel niño muerto en un cuerpo de adulto lo sublimaría comprando camisetas históricas. Hungría 54, DDR 74, Francia 84, Argentina 86, Alemania 90, Holanda 74, Holanda 83, Holanda 88, Holanda 2014. Muchas camisetas. Demasiadas, quizás. Pero nunca, jamás, la del Barça. En la carencia estaba la obsesión. Y la gracia. Cómo manchar el inalcanzable recuerdo de lo que pudo haber sido. 

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Sabina, sí. Y una camiseta auténtica para un niño enamorado del Barça que un día, a los doce años, se marchó para siempre y solo dejó unas huellas, el aura, algo parecido a un cerco.

3. Segundo tiempo

De niño me encantaban los cromos. Eso sí: nunca completé ninguna colección. Aún guardo los álbumes y una caja de puros con muchos cromos sueltos de los años noventa. A veces los regalo. A Javier Cercas le regalé el de Julio Salinas: otro heterodoxo, como él, nacido en el 62, como él, y criado en un lugar humilde antes de llegar a Catalunya, como él, y explotar a finales de siglo, como él. El caso es que los cromos me han hechizado desde los cinco años y aquel verano con el Mundial de Italia 90. No hay magdalena proustiana que iguale el olor a paquete nuevo de Panini. 

Igual que la pasión por el fútbol fue sustituida por la del baloncesto, y luego por la pilota valenciana, y luego por el olimpismo, y después por la literatura deportiva de ciclismo, boxeo o montañismo, la pasión por los cromos de fútbol desapareció. O eso parecía. Porque la melodía, el maldito fútbol y sus aledaños, siempre vuelve cuando menos la esperas. 

Hubo un Mundial –el anterior– en el que algo extraño ocurrió. Me obsesioné con los cromos. ¿Por qué? Lo veremos al dejar el diván. El caso es que me obsesioné. Los miraba compulsivamente. En Ebay, en Wallapop, en Todocolección. Pasaba la medianoche y ahí estaba yo: solo en el sofá mirando fotos de cromos. De cromos antiguos, claro. Un remedo o placebo, en cierto modo, con el que huir del asqueroso, hipercapitalista y desmemoriado fútbol contemporáneo. Y no sabría decir cómo, pero brotó una idea bizarra. Soñé con reunir los cromos de todas las selecciones campeonas de los mundiales de fútbol desde que Panini inició la serie. Eran 14 mundiales: desde México 70 hasta Qatar 22. Unos 250 cromos. Y me puse manos a la obra. A perseguir cromo a cromo. 

Una noche me acostaba tarde rastreando el cromo de Romario en el Mundial del 94. Otro día ganaba una subasta por el cromo de Mbappé en el Mundial de Rusia. Así empecé a recibir sobres llegados de Francia, de Italia, de Alemania y de muchos rincones de España. Ahí estaban Pelé, Cruyff, Kempes, Rossi. Ahí estaban, congelados en el tiempo, Maradona, Klinsmann, Zidane, Iniesta. 

La búsqueda era apasionante. Escrutaba las fotos. Inspeccionaba las imágenes. Quería que los cromos no tuvieran esquinas dañadas. Nada de cromos recortados. Los quería intactos. Relucientes. Como si el tiempo se hubiera detenido para ese cromo y su comprador.

Cuando me di cuenta ya solo me quedaba uno para completar la colección. Un solo cromo: el escudo de Francia 98. ¿Es mucho gastar 20 euros en un cromo? ¿Tiene precio, o lógica, una ilusión? El caso, claro, es que lo compré. Y entonces sucedió algo raro. Digno de diván. Cuando llegó de Italia el sobre con el último cromo, de repente me di cuenta de que aquello era el fin. Ningún cromo, ninguna colección completa, iba a igualar la pasión sostenida que había movido la búsqueda de aquellas 250 pegatinas. 

Hoy abro mi álbum de tapas azules. Hay un hueco en el mundial del 98. Y al final de todo, un sobre postal con siete sellos italianos. Aún continúa sin abrir. Tal vez porque encierra aquello que un día fue y luego se fue. Lo que uno tiene miedo de abrir y no encontrar. ¿La infancia? No exactamente. 

4. Tiempo de descuento

Uno sueña con ser futbolista. Uno sueña con jugar en la selección. Uno sueña con marcar un gol decisivo. Uno sueña caminos de la tarde con el Carrusel de fondo. Uno, de repente, deja de soñar y en el corazón queda la espina de una pasión. Ya la tarde cayendo estaba. Pero la hora de aquel sueño llegó. 

Un día me convocaron a la Selección española de escritores. Se disputaba en Berlín la primera Eurocopa de escritores. Ocho países con sus novelistas, poetas y ensayistas pugnando sobre el césped por una copa. Y tú allí, veinte años después de haber jugado tu último partido de fútbol. Tú allí, con la camiseta —la camiseta oficial de España— que lleva el escudo y la estrella de campeona mundial. Tú allí, sobre el césped. Con el número 4. Con toda la épica leída, vivida y soñada, compitiendo en el cerebro contra el miedo a hacer el ridículo y el temor a lesionarte en el calentamiento y que eso impida el ansiado debú.

El equipo –La Cervantina– pasa de ronda, supera los cuartos y, en el partido de semifinales contra Francia, un balón llega al área y tú rematas con el muslo. El balón entra. Es gol. Has metido a España en la final de la Eurocopa. El muslo de dios. Corres por todo el campo con los brazos abiertos y mirando al cielo, como Tardelli en la final del Mundial 82. Es inexplicable la alegría. Un éxtasis puro. Sin sombra ni noche. Todo luz. 

Contaban los místicos, sobre el arrobamiento, que era un trance extraordinario de unión profunda con dios. Un instante que mantenía el alma suspendida. Un momento de paz y revelación. 

Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo

Quita dios. Pon niño. Mejor: pon despreocupación. 

Creo que eso era el fútbol en el Fany, con la cocacola caliente y unos dedos sabor a barbacoa. Creo que eso ansía el adulto que rastrea cromos de madrugada y compra camisetas históricas con la ilusión menguada. Creo que eso es el fútbol: el regreso imposible a la despreocupación.

*Paco Cerdà es periodista y escritor. Su último libro es ‘Presentes’, Premio Nacional de Narrativa. Escribe en ‘El País’.

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