Colombia encara la segunda vuelta electoral con la derecha alertando del “miedo rojo” y la izquierda del “peligro pardo”

Partidarios de Abelardo de la Espriella durante su mitin en Barranquilla (Colombia), el 23 de mayo. de 2026.

François Bougon (Mediapart)

Bogotá (Colombia) —

Ni siquiera la selección masculina de fútbol, objeto de un gran fervor popular en Colombia —se habla incluso de “fiebre amarilla”, por el color de la camiseta—, escapa a las polémicas de una agresiva campaña de segunda vuelta.

El lunes 1 de junio, al término del último partido amistoso en Bogotá antes del Mundial (ganó por 3-1 a Costa Rica), el autobús del equipo fue rodeado por un grupo de seguidores del candidato de izquierda, Iván Cepeda. Se colocó en el parabrisas un cartel con su retrato y el de su compañera de fórmula, la líder indígena Aida Quilcué, y pegatinas en los laterales. Todo ello en un ambiente festivo.

Unas horas antes, durante su primera rueda de prensa tras los resultados de la primera vuelta del domingo, donde quedó en segunda posición, Iván Cepeda había denunciado que su rival de extrema derecha, Abelardo de la Espriella, se había apropiado de la camiseta amarilla de la selección nacional.

En sus mítines, el candidato de extrema derecha ha lucido sistemáticamente la camiseta, inspirándose en Jair Bolsonaro, presidente de Brasil de 2019 a 2023, quien había convertido la camiseta de la Seleção en emblema de su partido. El día de las elecciones, el domingo 31 de mayo, el abogado había pedido a quienes fueran a votar por él que acudieran a los colegios electorales vestidos completamente de amarillo.

La particularidad de Colombia es que las elecciones presidenciales se celebran, cada cuatro años, coincidiendo con la Copa del Mundo masculina de fútbol, lo que hace que, en caso de segunda vuelta, la fiebre política coincida con la del balón. Pero si la primera es fuente de divisiones en un país devastado por conflictos armados desde hace cincuenta años, la segunda llama a la unión nacional. Esa es la paradoja colombiana.

Una campaña tensa

Hace cuatro años, cuando la izquierda ganó por primera vez, Colombia no se había clasificado para el Mundial, organizado en Catar. Esta vez, Abelardo de la Espriella, que nunca ha sido aficionado al fútbol, ha sabido captar este símbolo en el momento en que la selección nacional se ha clasificado y jugará su primer partido contra Uzbekistán el 18 de junio, tres días antes de una segunda vuelta decisiva.

“El señor de la Espriella tiene la costumbre de robar”, criticó Iván Cepeda el lunes 1 de junio. “Hoy roba la camiseta de la selección colombiana.” “La selección pertenece a todos”, añadió, lamentando la actitud de la Federación Colombiana de Fútbol, a la que había recurrido para posibles acciones legales.

La organización ha declarado, en un comunicado, que no tiene la “facultad legal”, “en eventos o litigios no comerciales”, “para restringir el uso de una prenda que cualquier ciudadano colombiano o extranjero puede comprar libremente en los distribuidores autorizados”. Sin embargo, explicó que había hecho llamamientos en las redes sociales para que la camiseta no se utilizara “con fines distintos a los deportivos”. “La selección colombiana es un símbolo de unidad. La campaña electoral no debe convertirla en un pretexto o en un nuevo elemento de confrontación política”, escribió.

Iván Cepeda, cuya campaña en la primera vuelta había sido anémica, parece despertarse por fin

Todo es polémico en esta campaña, marcada por la agresividad entre dos candidatos con proyectos y personalidades radicalmente opuestos. Cada uno estigmatiza al otro. En los discursos, al “miedo al rojo” responde el “peligro pardo”.

Para Abelardo de la Espriella, que recibió el martes el apoyo "total y completo" de Donald Trump, Iván Cepeda busca imponer una dictadura al estilo venezolano y cubano, al igual que el “tirano” Gustavo Petro, presidente saliente. El candidato de izquierdas, por su parte, alerta sobre la llegada al poder de un “fascismo mafioso”. En este contexto de polarización, incluso la organización de un debate —que no tuvo lugar en la primera vuelta— parece una tarea insuperable.

Tras un rápido llamamiento de Iván Cepeda a Abelardo de la Espriella a debatir, este último puso como condición que su rival, que había expresado sus dudas, aceptara los resultados de la primera vuelta. El lunes, Iván Cepeda acabó descartando cualquier irregularidad y Abelardo de la Espriella propuso que el duelo se celebrara la semana siguiente, en la sede del semanario Semana, un medio totalmente comprometido con su causa. Una propuesta que Cepeda, lógicamente, rechazó. Encargó a dos de sus allegados que se pusieran en contacto con el equipo de campaña del candidato de extrema derecha para intentar encontrar un terreno de entendimiento.

Ante el riesgo de una victoria de la extrema derecha, Iván Cepeda, cuya campaña en la primera vuelta había sido anémica —leía sus notas durante los mítines—, parece por fin despertar. Tras la primera vuelta, que situó a Abelardo de la Espriella en cabeza, muchos analistas e incluso algunos de sus seguidores criticaron su falta de dinamismo frente a un candidato de extrema derecha que, con su discurso ultrapolicial y demagógico, logró aglutinar a quienes ya no quieren a la izquierda en el poder.

Un discurso sobre la seguridad omnipresente

“Iván Cepeda apostó por una campaña de primera vuelta muy austera, casi una anticampaña, a diferencia de Abelardo de la Espriella, que llevó a cabo una campaña muy agresiva y dotada de importantes recursos”, indica a Mediapart Laura Bonilla, del laboratorio de ideas Paz y reconciliación. Para esta analista, han asistido a “una segunda vuelta anticipada”. “Esto está evidentemente ligado al discurso político construido por la oposición, muy centrado en los temas de seguridad. El progresismo y el campo demócrata han tenido dificultades para responder”, añade.

La izquierda en el poder destaca el balance social del Gobierno de Petro, pero el fracaso de la “paz total” promovida por el presidente, con el recrudecimiento de la violencia de los grupos armados y una crisis humanitaria sin precedentes en los últimos diez años, eclipsa estos avances. “No es que no tengan una política de seguridad, pero les ha costado responder, en el plano de la comunicación, a mensajes tan sencillos como los discursos de firmeza de la derecha. Ha habido un enorme déficit de trabajo por parte de la campaña”, cree Laura Bonilla.

Por su parte, la politóloga Isabel Pereira Arana, de la ONG Dejusticia, un centro de estudios jurídicos y sociales dedicado al fortalecimiento del Estado de derecho y los derechos humanos en Colombia, subraya que, “al igual que en toda América Latina, existe una enorme preocupación ciudadana en torno a la seguridad, y las fuerzas progresistas aún no han encontrado una respuesta creíble frente al crimen organizado”.

Iván Cepeda tiene que empezar a hacer concesiones y enviar ciertas señales. Eso le daría una imagen de hombre de Estado

Laura Bonilla, del laboratorio de ideas Paz y Reconciliación

“Por eso el modelo Bukele [presidente de El Salvador – ndr] resulta tan atractivo: la gente está harta de extorsiones, de violencia, de todos esos horrores”, afirma, y considera, “a título personal”, que “la izquierda fracasa cuando responde únicamente con el tema de la pobreza”.

“Sí, la falta de oportunidades facilita el reclutamiento de jóvenes por parte de los grupos criminales”, añade Isabel Pereira. “Pero eso no basta para explicar el crimen organizado, la violencia y la brutalidad que existen en la región. Algunas cosas pueden resolverse con más oportunidades económicas, pero eso lleva tiempo. Y, en un momento dado, el Estado también debe ejercer su legítimo monopolio de la fuerza. Es este dilema de las izquierdas latinoamericanas el que explica en parte por qué los modelos estilo Bukele tienen tanta resonancia entre la población”.

En Instagram, la politóloga Karol Solís Menco recuerda que, aunque Colombia eligió en 2022 su primer gobierno de izquierdas, no se ha convertido en un país mayoritariamente de izquierdas. “Esto es esencial para comprender la situación actual”, afirma. “Existe una Colombia profundamente nostálgica de la política de Uribe, del orden, de la mano dura, del enemigo interno, de la promesa de un salvador, de un gobierno que vuelva a poner orden en casa.”

Y esa Colombia ha encontrado un “candidato más duro, más radical, más intransigente, más extremista”, subraya, que el expresidente, en la persona de Abelardo de la Espriella. “Este es el país que tenemos, dividido, polarizado y emocionalmente receptivo a proyectos cada vez más radicales”, concluye.

Para ganar en la segunda vuelta, tras haber sido superado en casi 700.000 votos por la extrema derecha en la primera, el candidato de la izquierda tendrá, por tanto, que buscar votos mucho más allá de su base electoral. Frente a Abelardo de la Espriella, que se dedica a la escalada permanente, puede proyectar una imagen tranquilizadora para ganarse a quienes han votado a los candidatos de centro.

“Tiene que empezar a hacer concesiones y enviar ciertas señales. Eso le daría a Iván Cepeda una imagen de hombre de Estado, totalmente opuesta a la de De la Espriella”, indica Laura Bonilla. “Puede explotar muy bien esa imagen gracias a su trayectoria, a su vida personal, a su propia austeridad. Es un candidato con mucho potencial. Pero la campaña debe centrarse en él”.

Por su parte, Gustavo Petro sigue denunciando fraudes, a pesar de todas las pruebas y de las declaraciones de organismos oficiales y ONG como Human Rights Watch (HRW) sobre la perfecta organización y la regularidad de las elecciones. Ante los rumores sobre una posible dimisión del presidente para ejercer todo su peso en la campaña de la segunda vuelta —la Constitución prohíbe al jefe de Estado intervenir—, el jefe de gabinete de la presidencia intervino el martes en la red social X para desmentirlos.

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Traducción de Miguel López

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