Alberto San Juan: “El papa debe reunirse en público con las víctimas de pederastia, no dar una misa en Cibeles"

Alberto San Juan y Antonio Zafra en una escena de 'La luz'.

Madrid espera engalanada al papa León XIV y, justo por eso, sería un punto genial que, entre tanto cartel y tanta pancarta en su honor, los caminos inescrutables de esta capital al borde del colapso terminaran poniendo al pontífice, aunque fuera de pasada, ante uno de los anuncios promocionales de La luz. “¿Eso qué es?”, imaginemos que preguntaría. 

Pues, sin rodeos: una película escrita y dirigida por Fernando Franco que se estrena este viernes y cuenta la historia de Manuel (Alberto San Juan), un párroco muy apreciado en su parroquia que, ante la amenaza de que su pasado salga a la luz, confiesa públicamente ser un pederasta arrepentido y pone en jaque los cimientos de la propia institución que lo protegió. “Vaya”, respondería el santo padre. 

Lo suyo sería que se quedara contrariado y dándole vueltas al asunto, pues ese es en esencia el objetivo de la cinta. "Queremos hablar de un tema que nos parece importante, relevante y grave: la gestión de los abusos dentro de la Iglesia Católica", apunta a infoLibre el cineasta, que aclara: "No es una película de abusos, ni sobre abusos, sino acerca de la mala praxis en cómo se está gestionando eso en el seno de una institución tan poderosa como la Iglesia Católica".

Nunca sabremos si esta explicación sería suficiente para León XIV o querría, por el contrario, saber algo más. Sea como fuere, toma la palabra San Juan para hacerse escuchar a través de infoLibre: "El hecho de que el papa no vaya a tener un encuentro público con las víctimas de pederastia en el seno de la Iglesia en España, con la dimensión que tiene este problema en este país, y que, de tenerlo, vaya a ser en privado, me parece revictimizar, volver a hacerles sufrir a aquellos que tanto sufrieron y siguen sufriendo con esas heridas de muy difícil reparación".

"¿Cómo considera que algo tan grave no ha de ser un tema prioritario?", se pregunta el actor, sabedor de que no va a encontrar respuesta en quien debería darla. Y, entre enfadado y resignado, se responde a sí mismo para no dejar el interrogante en el aire: "Ese es el primer encuentro que debería tener,  no dar una misa en Cibeles o lo que sea. Debería reunirse en público con las víctimas y que escuchemos todos qué les dicen. Y que no se quede en palabras, sino que podamos comprobar en qué se traduce luego".

Le vendría bien al papa ir al cine a ver La luz, como tampoco le haría ningún mal a cualquier obispo, cura, sacristán, monaguillo o feligrés en general. La jerarquía da absolutamente igual, pues cualquiera con un mínimo de humanidad puede comprender y debería empatizar con las víctimas de pederastia, sea en el entorno que sea. "No ha cambiado usted de colonia. ¡Qué asco me da cada vez que la huelo!", le espeta uno de los abusados, ya adulto, al padre interpretado por San Juan.

Un párroco capaz de ponerse de rodillas ante los clientes de un bar para implorar un perdón en realidad imposible, y cuya culpa insoportable le lleva hasta un punto de no retorno en el que la confesión pública es la única huida hacia adelante posible. Y así lo hace a pesar de que sus propios superiores le aconsejan calma, le recuerdan que los delitos podrían haber prescrito si hubiera tenido paciencia. El silencio, ya se sabe, es mucho más efectivo que la mentira para ocultar el delito (que no pecado, como se empeña en decir todo el rato el cura, incapaz de diferenciarlo).

No hay reparación posible mientras la Iglesia no abra realmente las puertas y deje ver lo que hay

Alberto San Juan

Contra el silencio y en favor de la verdad actúa Manuel, y eso es,  precisamente, lo que llama la atención del espectador, que no puede evitar considerar semejante confesión no ya un tanto inverosímil, sino directamente utópica. Y esa es, para el director, una “paradoja”, pues en realidad lo que está haciendo es ser “completamente fiel a la fe que profesa y a los evangelios que sigue”, a pesar de lo cual “eso nos parece más raro” que la existencia de “una estructura. que encubre o protege”. “De alguna manera, estamos apelando a que estamos tan habituados a que se produzca este daño, y de forma continuada, que nos parece raro que alguien dé un paso así”, subraya.

Coincide San Juan, para quien, tratando de comprender de alguna manera su proceder,  su personaje llega a un extremo en el que, “tras conocer plenamente las consecuencias del daño que provocó”, le resulta “insoportable” enfrentar “el mal” que ha hecho en la vida, sobre todo al ser “tan extremo como haber herido a un niño, ahora ya adulto, en lo más íntimo del ser humano, en su sexualidad”. 

El proceso de investigación ha sido duro, he tenido que confrontar un montón de datos e historias muy dramáticas

Fernando Franco

“Él sobrevive porque, creo yo, encuentra algo que hacer frente a la carga de haber destrozado esas vidas. Y ese algo es iniciar una cruzada contra los abusos dando el primer paso y diciendo: ‘Eso yo lo hice, sé que muchos lo han hecho, que se sigue haciendo y que, además, se encubre. Demos un paso al frente todos’. Pero nadie más lo hace”, afirma el intérprete, antes de poner el foco en la clave de la historia: “Tan protagonista como yo es el arzobispo Tamarco, que interpreta Miguel Rellán, porque la cuestión de fondo es que, si no existiera ese sistema de encubrimiento de los abusos cometidos, sería muy difícil que hubiera tantos abusos y que continuaran sucediendo”. Es por ello que ve como única solución posible que, de verdad, desde la propia Iglesia "se previnieran, denunciaran inmediatamente y persiguieran" estos delitos.

A lo largo de todo este proceso, que incluye insultos, pintadas contra el párroco en las paredes de su parroquia e incluso entrevistas en televisión, llega el espectador a preguntarse si acaso es posible la redención a través del arrepentimiento más profundamente sincero (y la inmolación pública). Un asunto espinoso que puede resumirse en la frase que pronuncia la madre del cura, interpretada por María Galiana: “Nunca entenderemos lo que hiciste pero entendemos lo que estás haciendo”.

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Para Franco, el “perdón como tal solo lo puede obtener de la víctima, si bien es verdad que luego cada cual tendrá su propio juicio ético o moral”. Por eso, apunta, “en la periferia del personaje hay gente que no lo perdona,  incluidas las propias víctimas”, mientras que en el caso de su madre es “un perdón a futuro, pero no al pasado”.  Y tercia San Juan: “Es que la redención es algo muy complicado. Como dice Fernando [Franco], solo puede perdonar quien ha sufrido el daño directamente, y creo que no hay reparación posible mientras la Iglesia no abra realmente las puertas y deje ver lo que hay”.

La luz, en definitiva, habla de la gestión que se está haciendo desde dentro de los “miles de niños y niñas crucificados por obispos, arzobispos, etcétera”, insiste el cineasta, quien señala que este es su filme con más diálogos como respuesta a la “necesidad de que se dijeran cosas que no se podían quedar a la libre interpretación”. “La película bebe de una documentación real muy dramática, de la que yo me he impregnado, y hay cosas que hay que decirlas porque, si no se dicen, igual la gente no las sabe”, comenta, antes de rematar: “El proceso de investigación ha sido duro, he tenido que confrontar un montón de datos e historias muy dramáticas. Pero creo que, de alguna manera, una película de ficción tiene la capacidad de trasvasar cosas al imaginario colectivo, por lo que había una responsabilidad de que esas cosas estuvieran ahí”.

¿Le comentará alguien al papa León XIV que su visita a Madrid, Barcelona y Canarias coincide con el estreno en los cines de una película que denuncia el encubrimiento de la pederastia en el seno de la Iglesia Católica española? A tenor de las prácticas de ocultamiento que muestra La luz, es poco probable… Pero no imposible, pues esta es la cinta de la que está hablando todo el mundo justo en el preciso momento de su advenimiento. Confiemos y dejemos que la providencia, por justicia divina y poética, haga el resto.

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