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La democracia y sus cuitas

Librepensadores nueva.

Annabella Calvo

Winston Churchill sentenció "la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado". Pero, en el siglo XXI, la aseveración del premier británico corre el riesgo de perderse en el entramado que ha ido tejiendo la propia democracia favoreciendo una cierta erosión en la misma, por ende, una desafección en la ciudadanía respecto de las instituciones que le dan vida.

Para Aristóteles, el núcleo central de la democracia era la libertad, y lo era, porque el propio régimen se instituyó en aras de este fin. Esta libertad pilar vertebrador e institucional de la denominada democratía se nutría de tres ejes principales, de un lado, todos los ciudadanos tendrían el mismo derecho a ejercer funciones de gobierno por riguroso turno al tiempo, serían también gobernados.

El segundo que nos trasmite la democratia o democracia clásica, es el hecho de que en la sociedad griega el número de pobres superaba al de ricos. Esto último no ha cambiado sustancialmente según datos de la Comisión Europea, el índice Gini en la UE en 2015, estaba situado en torno al 31%, teniendo en cuenta que 0 es la igualdad perfecta y 100 equivale a que toda la riqueza de un país está en manos de una sola persona.

La deducción a la que llegaba Aristóteles era que la masa más grande sumaba más poder que la masa más pequeña, numéricamente hablando. En nuestras sociedades modernas los índices de desigualdad son acuciantes en determinadas partes del globo, lo cual queda lejos de ser sinónimo de poder tal y como manifestaba Aristóteles, sino todo lo contrario. Por último, para el filósofo la libertad en esta democratía quedaba encarnada en que cada ciudadano vivía como deseaba, es decir, no todos los ciudadanos deseaban ser gobernados, siendo admitido como último recurso, el relevo por turnos en el arte de gobernar. Pero esta libertad de la que habla Aristoteles según señala Giovanni Sartori, se materializaba tanto en cuanto, el hombre vivía en la polis, y la polis vive en él.

En la democracia liberal del s. XXI, este planteamiento resultaría cuanto menos descabellado, ergo, ese gobierno por turnos ejemplariza una democracia igualitaria en el más amplio sentido de la palabra. Más de dos mil años, separan el discurso de los clásicos sobre una democracia directa y el discurso actual sobre la democracia representativa. Muchas son las diferencias que sustancian ambos discursos, en la antigua Grecia los hombres que gozaban del status de ciudadano (quedaban excluidos los esclavos) interactuaban cara a cara en un foro abierto, donde, las controversias eran solventadas mediante el debate seguido de una votación por aclamación de la mayoría. Estamos hablando del autogobierno. Hoy en día, la mayoría de sociedades están amparadas bajo el paraguas de la democracia representativa. Donde, la titularidad del ejercicio del poder queda separada a través de una serie de mecanismos, para posteriormente vincularla a través de la representación. Nuestra democracia representativa requiere de dos bastiones sine qua non, el «control del poder» a través de un "Estado liberal-constitucional". Y donde, una mayoría minoritaria va a detentar el poder sobre la inmensa mayoría.

Pero realmente, la democracia tal y como está estructurada hoy en las sociedades modernas ¿es todo lo ideal que se le presupone? O, de alguna forma o de todas, ¿es el freno perfecto que calma y atenúa las demandas de una ciudadanía, por otra parte, más remisa que proactiva? ¿Guarda alguna similitud con la que dibujó Aristóteles?

Queda meridianamente claro que este modelo de democracia representativa excluye de manera deliberada la participación activa, directa y presencial de los ciudadanos, a los que relega de forma bien construida a meros donantes del poder. A través de las elecciones donde, se seleccionan los verdaderos detentadores del poder, los cuales a priori, representan los intereses de los ciudadanos, siendo estos últimos sobre los que descansa la soberanía nacional. Elecciones que se celebran cada cuatro años, es decir, un ciudadano normal, tendrá la posibilidad de elegir o bien a los candidatos (listas abiertas) o bien a un partido concreto con un pack incluido unas 15 veces como mucho a lo largo de su vida. Lo cual no deja mucho margen al ciudadano medio de participación política activa de un país.

Siempre estará el que refute tal aseveración con base en las posibilidades que la democracia brinda a cualquier ciudadano, puesto que este siempre puede formar parte del grupo llamado a detentar el poder. Pero esto tampoco es realmente así. Para formar parte de esa élite, el ciudadano debe estar inscrito o afiliado a un partido, y es este, en última instancia, el que pone y quita nombres, incluso en los sistemas de listas abiertas, por lo tanto, el poder real en una democracia representativa está circunscrito a los partidos políticos, la denominada Partitocracia.

Y estos, como sostienen Katz y Mair, son organizaciones políticas que se sustentan bajo "tres caras" a saber: la organización partidista, núcleo central del mismo, y sin el cual no podría estructurarse la misma, pero su valor se pierde en el mismo momento que cobran trascendencia las otras dos caras: el partido como organización central y el partido en las instituciones públicas. Fruto de esta nueva articulación de la democracia-liberal representativa a una democracia de masas sustentada en el Estado de partidos, el parlamento, obviamente ha sufrido una mutación, pasando de aquel lugar donde se dirimían cuestiones fundamentales para el buen transcurrir de la gobernanza, a convertirse en un lugar donde se dan cita los comisionados de los partidos políticos en aras de ejecutar una serie de decisiones que previamente han sido tomadas tal y como ya hemos señalado por la tercera cara del partido – el partido como organización central. La idea es acometer improntas con base, no tanto en las necesidades colectivas, ni siquiera en el ideario del partido, algo ya cuasi residual en las democracias actuales sino, en la pugna por el poder entre distintos partidos.

Señalar tal y como recoge Bobbio en su obra Teoría General de la Política, que en el discurso originario de la democracia, este rechazaba la existencia de las denominadas Facciones, el motivo principal era que estas en lugar de procurar beneficios a la propia democracia, lo que hacían era perjudicarla de manera perniciosa. La razón destapa las propias impurezas que solidifican a los partidos políticos.

Por el contrario, la falta de ellos, facilita al ciudadano conectar con los centros de poder sin necesidad de intermediarios movidos por sus propios intereses. A nadie se le escapa el poder que los loobies tienen en la política, así como, el resto de grupos de presión, que en no pocas ocasiones comparten despachos contiguos en algunas de las más altas Instituciones, todo lo cual versa en aras de proteger los intereses de los segundos que nunca, van a coincidir con los intereses de la inmensa ciudadanía. Y es en este punto donde, la propia democracia comienza a perder credibilidad entre amplios sectores de la sociedad, y más en la era actual donde, las redes sociales copan el descontento, en las cuales, las fake news y la realidad se entremezcla de manera deliberada, entrando en juego la confusión generalizada.

La ausencia de empatía entre la clase política y los ciudadanos, la prohibición del mandato imperativo, la falta de transparencia de muchas de sus Instituciones, y el ciudadano que se ve relegado a mero corista, cuando no, a simple espectador de la lucha entre partidos por la hegemonía del poder, ergo, hacen de esta democracia un lugar donde, la inmensa mayoría de la ciudadanía se ve excluída. Un ejemplo claro los vemos en estos momentos de pandemia, en las más de las ocasiones el interés nacional o aún peor, la salud de la población se está viendo relegada a intereses partidistas, luchas y cálculos por y para el poder. Cualquier decisión es meditada y posteriormente tomada en función de los réditos o no, que pueda conllevar a los partidos.

Hoy más que nunca el debate debe girar en torno a una profunda revisión de los pilares fundamentales de nuestra democracia, y en la misma, los partidos políticos deberían apostar por jugar nuevos roles más abiertos a la discusión global, con listas abiertas, con un tiempo delimitado de mando, con mandato imperativo, con penalización por incumplimiento de promesas electorales pero sobre todo, que sean canales trasmisores de las demandas de la ciudadanía, de lo contrario, se corre el riesgo de que los populismos y la post verdad campen a sus anchas en el mundo occidental, y ejemplos no nos faltan.

Annabella Calvo, graduada en Ciencia Política y de la Administración, especializada en Relaciones Internacionales y socia de infoLibre

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