Muy estimado:
Ha finalizado su visita a España. Vuelve a Roma muy contento y satisfecho. Le han colmado de elogios. Y Vd. ha mostrado curiosidad y sensibilidad en muchos asuntos. Toda la experiencia acumulada durante esta semana le estimulará para llevar el peso de la cruz. De esto quiero escribirle.
Al margen de los aspectos sociales que se han resaltado de su personalidad —creo que los años que pasó en Perú le han influido positivamente—, estoy empeñado en considerar y debatir sobre el símbolo de la cruz como la insignia más trascendente de la Iglesia católica que Vd. ahora preside. Digo "trascendente" entendido como aquello que va más allá de los límites del conocimiento y de la razón. De ahí deduzco que este símbolo de la Iglesia católica es el más infeliz, el más triste, el más inhumano y el más antirreligioso de todos los símbolos que las instituciones civiles y religiosas usan como contraseña de sus marcas para atraer a sus clientes y devotos.
Como es evidente, una cruz no son dos maderos desnudos, uno vertical y otro horizontal, como la Iglesia católica nos la muestra el Viernes Santo para adorarla, y como la que Vd. llevó en el viacrucis. Se inventó en la Antigüedad para torturar a los reos de algún delito, para clavar y martirizar a los contrarios a determinados regímenes y también, equivocadamente, a algunos fieles. Y fue lo que ocurrió con Jesús de Nazaret. Se opuso a Poncio Pilato, que gobernaba en nombre del Imperio romano los territorios de Judea, Galilea y Palestina. Y también hizo lo mismo con los escribas y fariseos, a los que Jesús se enfrentó por convertir los templos en mercaderías. Las dos instituciones se conchabaron para crucificarle entre dos ladrones, dice la tradición. La crucifixión en la cruz era considerada el tormento más cruel e inhumano al que podía ser castigado un reo. El más brutal y doloroso. "La ejecución por crucifixión era algo abominable"; "la cruz era símbolo de muerte rotunda", dice Cayetana Johnson.
Vd., en esta visita a España, ha bendecido la torre de la catedral de la Sagrada Familia de Barcelona con un espectáculo visual mágico: la torre más alta de todas las catedrales, coronada con una cruz. La cruz no es tan alta y monumental como la de Cuelgamuros, que mide 150 metros. El Cristo crucificado que presidió la misa en Cibeles medía varios metros de altura. Con esta bendición y con la permanencia de la cruz de Cuelgamuros, Vd. ha confirmado que la cruz, instrumento de tortura humana, ha pasado a ser símbolo de la fe cristiana. Aunque no siempre fue así. Constantino tuvo la culpa. Desde entonces, la Iglesia católica y otras confesiones han olvidado la herencia que legaron los primeros discípulos de Jesús.
"En los primeros siglos —copio del artículo De instrumento de tortura a signo de fe—, los seguidores de Jesús no se identificaban con la cruz. En las catacumbas romanas, que Vd. habrá visitado, donde los cristianos se escondían, no se han hallado imágenes de cruces, y a Jesús jamás se le representaba muerto en el madero. Según la arqueóloga Cayetana Johnson, los primeros judíos cristianos no utilizaban la cruz porque la crucifixión era algo escandaloso, una mezcla de temor y vergüenza".
Vd. es agustino. Y prior general de la orden. Conocerá muy bien los escritos de su fundador, san Agustín de Hipona, y su visión del cristianismo. En sus escritos se lee que el primer símbolo del cristianismo fue la silueta de un pez. El pez recuerda su interés por los pescadores, profesión de muchos de ellos, por la cercanía del mar Mediterráneo. Recuerde el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. San Agustín explica por qué el pez fue escogido por los primeros cristianos y "sostiene que los seguidores de Jesús eran como los peces que se ocultaban en las aguas en busca de la verdad oculta a simple vista".
Ignoro sus palabras a los inmigrantes en el puerto de Arguineguín, pero esos hombres y mujeres han padecido dramáticos sufrimientos para cruzar el mar desde sus países en pateras, empujados por el hambre, la miseria, la persecución política o el desplazamiento provocado por el cambio climático, cada vez más frecuente. No se les puede mostrar la cruz como una esperanza para sus vidas futuras.
¿No es posible que Vd. introduzca en la Iglesia católica el debate para modificar el símbolo de la cruz por otro más humano, como el pez?
Le propongo que vuele la imaginación conmigo. El cielo ha quedado ya en las prédicas de los últimos papas —no entre los clérigos y los ritos— como una idea, no como un lugar concreto: una realidad de esperanza para después de la muerte. Imagínese que dentro de 200, 500 o 1.000 años, si la especie humana y las demás especies que perviven en el planeta Tierra se encuentran con los habitantes de planetas de otras galaxias, pueden conversar. Imagínese que estos últimos se asombran ante nombres tan extraños para ellos como dios, la filiación de su hijo Jesús, un primer papa llamado Pedro, un santo padre llamado san Agustín y otro llamado Tomás; que se asombran de que un escritor llamado Cervantes escribiera el Quijote, de que hubiera un filósofo llamado Kant y unos papas llamados Pablo, Benedicto o León. Imagínese que ellos manifiestan que se han organizado milenariamente en armonía, que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres y que la ciencia y la tecnología les han servido para progresar tanto como para descubrir la Tierra, aunque empleen cinco años en llegar. Alargo a cinco años sus convoyes porque SpaceX quiere colonizar Marte en pocos años. Pero Marte está a la vuelta de la esquina.
Vd. es joven. Ha dado muestras de curiosidad para ampliar sus conocimientos. También de interés por la evolución de los acontecimientos mundiales y por ofrecer su punto de vista. Y es valiente, creo. Su primera encíclica, Magnifica Humanitas, ha suscitado mucho interés recíproco. Le deseo un pontificado largo.
¿No es posible que Vd. introduzca en la Iglesia católica el debate para modificar el símbolo de la cruz por otro más humano, como el pez? Sería una medida revolucionaria, capaz de humanizar más el cristianismo que la ordenación de las mujeres o su consagración episcopal.
Afectuosamente,
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Felipe Domingo Casas es socio de infoLibre.
Muy estimado: