En todas partes del mundo avanza un sistema de creencias variopinto, a menudo contradictorio y falaz, pero siempre discriminador: el de las extremas derechas autoritarias, que buscan nuevamente su oportunidad histórica. La pulsión solipsista de la tribu se recubre de ideología nacionalista que define desde arriba quién pertenece a la comunidad, quién forma parte del “nosotros”, quién vale más que otros.
Bajo su aparente heterogeneidad late un proyecto común: destruir uno de los principios fundamentales de la herencia ilustrada, tanto liberal como socialista: el concepto de derechos humanos universales. A cambio proponen el bienestar de la comunidad nacional, y sus virtudes diferenciales, como referencia moral. No hay derechos universales, afirman, sino derechos particulares más importantes que otros: los nuestros.
En los años ochenta el Frente Nacional francés resucitó el concepto nazi de “prioridad nacional”. El nazismo fue étnico y racial, por tanto tribal y agresivo. Se inventó una Volksgemeinschaft ("comunidad del pueblo") como ideal de sociedad armoniosa, unificada y racialmente pura, libre de divisiones de clase.
Para realizar este delirio construyeron un enemigo externo y otro interno: el primero eran las potencias que impusieron las reparaciones del Tratado de Versalles. El enemigo interno fue la población judía, menos del uno por ciento de los ciudadanos y culturalmente tan alemana como el resto. Sin embargo, la definieron como no alemana y la expulsaron de la comunidad moral, conceptualizándola como un “otro” inferior e indeseable. Tristemente, hoy los israelíes repiten ese guion con los palestinos.
Los nazi-fascismos y sus secuelas autoritarias se basan en la jerarquización de las diferencias sociales. Transforman la riqueza de la diversidad horizontal en la pobreza de la jerarquía vertical. No pueden existir sin alguna idea de superioridad, de exclusión y, finalmente, de persecución.
La redacción es ambigua y el término “arraigo” interpretable, pero Vox lo entiende como prioridad para los “españoles”
En el reciente pacto extremeño entre VOX y el PP, la “prioridad nacional” se plantea como criterio para distribuir ayudas, subvenciones y prestaciones, dando preferencia a quienes demuestren un “arraigo real, duradero y verificable” con Extremadura. La redacción es ambigua y el término “arraigo” interpretable, pero Vox lo entiende como prioridad para los “españoles”.
“Prioridad nacional”, junto a otros términos, funciona como eufemismo de un dispositivo social de producción de excluidos. Convierte las pulsiones de cercanía en pasiones de lejanía. Cuando se consolida como discurso y práctica tolerada, señala el inicio del declive hacia la miseria moral.
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Adolfo Estrella es socio de infoLibre.
En todas partes del mundo avanza un sistema de creencias variopinto, a menudo contradictorio y falaz, pero siempre discriminador: el de las extremas derechas autoritarias, que buscan nuevamente su oportunidad histórica. La pulsión solipsista de la tribu se recubre de ideología nacionalista que define desde arriba quién pertenece a la comunidad, quién forma parte del “nosotros”, quién vale más que otros.