Librepensadores

Organización espontánea

Manuel Jiménez Friaza

Creo que una de las cosas que dan fe del tono vital de una sociedad es su capacidad para generar formas espontáneas de organización. Sucede que se habla de ellas, o surgen en más cantidad y con más estruendo, en situaciones de alarma o crisis, que también surgen espontáneamente. Así ocurre en los momentos posteriores a catástrofes naturales o tras atentados de naturaleza terrorista como el del 11-M en Madrid. También en circunstancias nacionales de postración extrema, como las redes de trueque y préstamo de servicios que surgieron en Buenos Aires y en otras grandes ciudades de América del Sur, gracias a las cuales muchos ciudadanos podían ir al cine, arreglar el grifo del fregadero o comer sin tener que desembolsar un dinero que no tenían.

También es verdad lo contrario, que la atonía vital de una comunidad la delata en primer lugar el recurso o queja indiscriminada al Estado ante el menor contratiempo o dificultad, la ausencia de actuación alternativa a la algarada callejera; sean agricultures que tiran frutas y verduras o trabajadores despedidos que claman de forma destemplada al gobierno por un puesto de trabajo alternativo o una jubilación anticipada. Ni siquiera se dirigen contra las empresas las formas convencionales de lucha y protesta de la antañona clase obrera, como si se hubiera asumido ladinamente por todos que el último responsable de nuestra vida y milagros, continuación natural y abstracta del entramado empresarial, la misma cosa, es el estado.

Si esto es así en formas organizativas improvisadas por alguna necesidad concreta, ya ven ustedes cómo van las formas asentadas por la historia, las instituciones o la costumbre. Las casas del pueblo del PSOE languidecen, cerradas y vacías salvo cuando hay que hacer listas electorales, tanto como los viejos casinos de las poblaciones rurales. El Parlamento se ha convertido, por diputados a la fuerza, en silenciosas asambleas de culiparlantes -según la feliz creación de Luis Carandell- o en pandas de chicos de la porra, como las de esos vociferantes -y famosos por ello- diputados del PP. En una vida mortecina y desapercibida transcurren también ya esas viejas organizaciones, antes tan orgullosas y vivas, que son los sindicatos, tanto como las iglesias y las clases de religión, por más ruido medioambiental que provoquen los obispos y su cadena de radio... Walter Lippmann creó, en la década de los años 20, el concepto de "fábricas de consentimiento" para designar una tarea, inexcusable para él, que debían acometer los Estados -a través de sus medios de persuasión colectiva- y que encomendaba a las minorías intelectuales: tamizar, seleccionar, filtrar la información -y consiguientemente, las pautas de pensamiento y conducta- para que llegara al ciudadano común convenientemente dosificada y aséptica. Se trata del viejísimo prejuicio del poder sobre la incapacidad de la gente para pensar, decidir y actuar con cordura. La infantilización de los ciudadanos, en justo equilibrio con la estatalización de los niños -desde los 3 años, piénsenlo bien, el Estado se hace cargo de su educación-, que ha traído como consecuencia esta infantil queja universal en que se han convertido los ciudadanos occidentales, y que podemos ver cada vez que una cadena de televisión hace "entrevistas espontáneas" a los transeúntes por la calle.

Linus Tolvard, el padre del famoso Linux, decía, en una citada afirmación nostálgica a un colega, que echaba de menos los tiempos en que los hombres eran hombres y diseñaban sus propios drivers (esos programitas que hacen funcionar los cacharros informáticos).

Yo echo de menos, o espero -la esperanza no es más que una nostalgia inversa-, los tiempos en que las personas volvamos a ser personas para diseñar nuestros propios controles, nuestras propias organizaciones, nuestras propias vidas...

Manuel Jiménez Friaza es socio de infoLibre

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