La intransigencia es uno de los rasgos característicos de los líderes autoritarios. En este sentido, los dirigentes autocráticos muestran permanentemente una actitud de inflexibilidad con el objetivo, por un lado, de demostrar su poder y, por el otro, de enfatizar que están en posesión de la verdad absoluta.
Los sistemas democráticos, aunque a veces parezca lo contrario con el comportamiento de algunos gobernantes, son una enmienda a la totalidad a la intransigencia. Son, en otras palabras, una invitación al diálogo y al encuentro entre personas que piensan diferente, pero que comparten algunos objetivos comunes. Sin esta concepción pluralista de la democracia y sin esta capacidad de llegar a acuerdos es muy difícil que las sociedades prosperen.
En España, el final del bipartidismo y la irrupción de nuevos actores políticos hacen aún más indispensable la necesidad de rehuir conductas intransigentes. Sin ir más lejos, la pasada legislatura, pero sobre todo la actual, son muy paradigmáticas de hacia dónde nos puede llevar esta falta de empatía o de flexibilidad.
Por un lado, es precisamente la intransigencia de Vox y de un PP que ha ligado su futuro a la ultraderecha la que impide al partido de Feijóo llegar a acuerdos con otras fuerzas conservadoras y la que ha frenado que su formación lidere el Gobierno de España.
Por el otro, en el llamado bloque de la investidura, el grueso de partidos que lo componen cree, pese al rifirrafe en algunas cuestiones y a los recientes casos de corrupción que afectan al PSOE, que esta mayoría es la que evita que la extrema derecha llegue al Consejo de Ministros y la que permite que haya una agenda de regeneración y modernización política, así como una mejora o una profundización de las competencias que tienen las comunidades autónomas. Es cierto que en algunos temas hay diferencias sustanciales, teniendo en cuenta que algunos grupos compiten entre sí en sus territorios y que hay fuerzas progresistas y conservadoras, pero la realidad es que la mayoría de los partidos que apoyan al ejecutivo muestran una actitud abierta al diálogo y un tono propenso al intercambio de propuestas que mejore la calidad de vida de la ciudadanía.
En España, el final del bipartidismo y la irrupción de nuevos actores políticos hacen aún más indispensable la necesidad de rehuir conductas intransigentes
Solo Junts y Podemos han mostrado una actitud intransigente hacia el futuro de la mayoría que invistió a Pedro Sánchez. Es cierto que recientemente la formación morada hizo política útil al acordar con el Gobierno la regularización extraordinaria de inmigrantes. Este debería ser el camino: proponer iniciativas que puedan contar con el respaldo de otros grupos y que sirvan, en un contexto de crecimiento de la extrema derecha, para hacer avanzar a nuestro país.
Sin embargo, Podemos debería asumir que su supervivencia va ligada a la integración con el resto de las fuerzas a la izquierda del espacio socialista. El resultado en las elecciones extremeñas muestra cuál es la senda: un discurso de mayorías amplias dentro de su franja política y la suma con otros grupos progresistas. Y, por otro lado, el partido de Puigdemont aún no ha asumido el cambio de ciclo en Cataluña ni ha sabido gestionar la frustración de buena parte de su electorado por el fracaso del ‘procés’. Pensar que la mejor manera de recuperar una cierta centralidad pasa por tener una narrativa supeditada a Aliança Catalana es un error mayúsculo.
La pregunta, llegados a este punto, es en qué beneficia su actitud intransigente, ya no al Gobierno, sino a la política. Ambas formaciones, con un tono similar en el Congreso, creen que por ser más intransigentes y duros tendrán más votos en las elecciones. Pero los comicios en Extremadura y las encuestas publicadas en Cataluña muestran lo contrario. ¿Cuál es su objetivo, entonces? ¿Que en España haya un ejecutivo de PP y Vox para poder confrontar relatos y crecer electoralmente?
Estaría bien que los dos grupos lo explicaran, pero en todo caso lo más evidente es que, a menudo, su manera de concebir la política sólo favorece, paradojas de la vida, al auge de una intransigencia que ni suma ni aporta.
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Marcel Vidal Calzada es socio de infoLibre.
La intransigencia es uno de los rasgos característicos de los líderes autoritarios. En este sentido, los dirigentes autocráticos muestran permanentemente una actitud de inflexibilidad con el objetivo, por un lado, de demostrar su poder y, por el otro, de enfatizar que están en posesión de la verdad absoluta.