Para Ernest Bloch, el filósofo de la esperanza, es imposible entender la historia sin utopías. Y es que nuestra especie —Homo Sapiens— es también Homo Utopicus, pues como decía Shakespeare: “Somos de la misma materia de nuestros sueños”… En este sentido, un sueño recurrente de la Modernidad es el sueño americano (American Dream), la visión del Nuevo Continente como la utopía de la nueva tierra.
En el siglo XVIII surgió la Ilustración, movimiento intelectual que preconizaba el conocimiento para impulsar el progreso de la sociedad y la liberación del hombre a través de su propia razón. El lema era: ¡Atrévete a pensar!
Este movimiento filosófico europeo también podría considerarse como una utopía, dado que sus ideales alumbraron el gran sueño de la patria norteamericana, esto es, la Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776). Aunque tanto se sobrevaloró la razón y la ciencia que se llegó a pensar que solo Europa era civilizada y, por ende, tenía el deber de educar al resto del mundo: pueblos atrasados. Es decir, que con las luces de la Ilustración aparecieron sombras, hasta el punto de justificarse el colonialismo y el imperialismo. Y todo desde un modelo eurocéntrico.
Décadas más tarde, un joven pensador francés llamado Alexis de Tocqueville, tras realizar un viaje por lo que fueron las colonias de Nueva Inglaterra, publica La democracia en América, donde describe con entusiasmo la igualdad y la libertad que disfrutaban los ciudadanos con las leyes del nuevo estado. Relata también el desplazamiento y exterminio de los indios norteamericanos por culpa de los colonos anglosajones. Así, la supremacía del varón blanco cristiano contrastaba con los ideales democráticos, con los principios universales de igualdad y libertad. Incluso Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores, incorporó un nuevo derecho en la Declaración: el derecho a la búsqueda de la felicidad…
Los derechos universales eran solo para unos pocos
Pero, ¿acaso los sioux, los cherokees, los cheyenes y demás pueblos que habitaban la región antes de la llegada del rostro pálido sentían esa libertad e igualdad de la que hablaba Tocqueville? ¿Fueron felices Toro Sentado, Caballo Loco o Alce Negro, figuras legendarias del “salvaje Oeste”? Para más inri, la mayoría de la población afroamericana eran esclavos carentes de dignidad. Luego, los derechos universales eran solo para unos pocos.
La América políticamente correcta de Trump, el presidente que vende Biblias, la América del MAGA, conecta perfectamente con los orígenes: masacre de nativos, apartheid, discriminación racial, colonialismo… Son comprensibles las deportaciones de migrantes y el odio a todo lo diferente dentro de su populismo histriónico.
En efecto, no es posible entender la historia sin utopías, lo malo es que el progreso no es lineal... “¿Para qué existe entonces la utopía? Para caminar” (Eduardo Galeano).
___________________________
María Luisa García Díaz es socia de infoLibre
Para Ernest Bloch, el filósofo de la esperanza, es imposible entender la historia sin utopías. Y es que nuestra especie —Homo Sapiens— es también Homo Utopicus, pues como decía Shakespeare: “Somos de la misma materia de nuestros sueños”… En este sentido, un sueño recurrente de la Modernidad es el sueño americano (American Dream), la visión del Nuevo Continente como la utopía de la nueva tierra.