El otro día, hablando de viajes, me confesaba una amiga que ya estaba harta de piedras y monumentos, que cuando viajaba ahora se dejaba llevar por la gente, la luz, los ruidos y olores. Es la segunda vez que oigo esa confidencia, pero sospecho que son muchos más los que así piensan que, llevados del pudor o el prejuicio cultural, no se atreven a manifestarlo y llevarlo a la práctica. Me cuento entre ellos y, de hecho, algunos de mis escasos viajes se convirtieron, desprevenidamente, en descubrimientos o aventuras. En cualquier caso, de las ciudades que he conocido recuerdo de forma general la gente que me acompañó o conocí, las luces de los atardeceres, el sonido de las campanas, los olores de las calles y las librerías que visito religiosamente, con preferencia a los templos, cada vez que llego a un lugar desconocido.
Creo que he logrado entender, con el tiempo, mi incómoda relación con los monumentos, pareja a la impaciencia que me provocan los museos. Se trata de que son portadores de un pasado que pretenden transmitir —en un sentido educativo muy banal— un mensaje universal y atemporal, muertos, en un sentido muy literal. Los restos arqueológicos, las iglesias y castillos, los infinitos cuadros o esculturas que yacen en los museos, desposeídos de la función que tuvieron en el tiempo en que fueron creados, se nos ofrecen para su contemplación pasiva —onanista, para los expertos— siempre como símbolos ostensibles de un pasado siempre mejor. Ni siquiera la belleza de este mundo apabullante, pero inerte, se ofrece como dada o intuida. Estamos obligados a reconstruirla con la ayuda del canon y la historia estética.
La reclamación del presente en exposiciones y museos, pero también en galerías comerciales, explica el auge de las performances en las que el tiempo real hace coincidir el proceso creativo con la percepción y experiencia del espectador. Dicho de otra manera, la mirada del que mira forma parte del espectáculo. Si queremos verlo en términos cuánticos, su intervención modifica al mismo tiempo lo contemplado. Esto llega a extremos, según mis noticias, en que el autor llama por teléfono a participantes del público en algunos casos.
Yo me quedo, de todo ello, con el placer de liberarme del tiempo monumental y universalista, que se aleja de la vieja prohibición museística de ver pero no tocar, mirar pero no actuar. En términos absolutos, lo considero como una restitución debida
Según me entero por Marcus Verhagen, las Esculturas de un minuto, de Erwin Wurm —obras interactivas que su autor lleva montando desde la década de los 90— van acompañadas de un manual de instrucciones que indican al participante las posturas que debe adoptar. En un ejemplo que aporta Verhagen, “los asistentes podían mantenerse de pie con otra persona sobre un plinto, sujetando botellas de plástico entre sus cuerpos o ponerse en pie sobre otro plinto estirando una tira de goma con los dedos gordos del pie”.
El problema de conceptualizar estas cosas y darles nombre es, en el fondo, una cuestión muy nimia. Me gusta, personalmente, el término vitalismo, aplicado por Verhagen a la obra de Wurm cuando dice que forma parte de “un vitalismo ascendente en el arte contemporáneo, con connotaciones muy diferentes al culto celebratorio de la fuerza vital presente en el movimiento vanguardista de fin de siglo”. Dada la crisis de espectadores de los eventos culturales clásicos —y lo caras que, como consecuencia, son las entradas— esta oferta de arte presentista o vitalista se extiende también por razones económicas.
Yo me quedo, de todo ello, con el placer de liberarme del tiempo monumental y universalista, que se aleja de la vieja prohibición museística de ver pero no tocar, mirar pero no actuar. En términos absolutos, lo considero como una restitución debida.
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Manuel Jiménez Friaza es socio de infoLibre.
El otro día, hablando de viajes, me confesaba una amiga que ya estaba harta de piedras y monumentos, que cuando viajaba ahora se dejaba llevar por la gente, la luz, los ruidos y olores. Es la segunda vez que oigo esa confidencia, pero sospecho que son muchos más los que así piensan que, llevados del pudor o el prejuicio cultural, no se atreven a manifestarlo y llevarlo a la práctica. Me cuento entre ellos y, de hecho, algunos de mis escasos viajes se convirtieron, desprevenidamente, en descubrimientos o aventuras. En cualquier caso, de las ciudades que he conocido recuerdo de forma general la gente que me acompañó o conocí, las luces de los atardeceres, el sonido de las campanas, los olores de las calles y las librerías que visito religiosamente, con preferencia a los templos, cada vez que llego a un lugar desconocido.