Música

20 años de ‘Omega’, el disco que abrió las puertas del flamenco

Enrique Morente en una de las primeras actuaciones de 'Omega'.

"Igual vendemos 8 copias, regalamos 500 y [el editor] Borja Casani me pega un tiro al amanecer". Esas eran las previsiones que el cantaor Enrique Morente (1942-2010) hacía sobre su disco Omega en 1996. Dos décadas después, parece imposible que hubiera dudas en torno a un trabajo considerado hoy clave en la historia de la música española. El disco en el que el músico, entonces de 54 años, cantaba por Lorca y por Leonard Cohen y se mezclaba con las guitarras eléctricas de Lagartija Nick vendió 50.000 copias (cinco veces más que su anterior disco), les embarcó en una gira de años y cambió el flamenco para siempre. El documental Omega (que se estrena el jueves en el festival In-Edit de Barcelona y llega a los cines el 18 de noviembre), recuerda que nada de esto se daba por sentado y que ni el cantaor ni sus colaboradores sospechaban que había agua en la piscina a la que se estaban tirando. 

Antonio Arias, líder de la banda granadina, habla del flamenco como de "una habitación que tiene puertas que solo se abren desde dentro". El periodista musical Diego A. Manrique, curiosamente, usa en el documental dirigido por José Sánchez-Montes y Gervasio Iglesias una imagen parecida al afirmar que, después de Omega, Morente "tenía permiso para pasear por todas las habitaciones de la casa". Morente se había acercado a los ritmos cubanos en Negra, si tú supieras (1992), al canto gregoriano en Misa flamenca (1991), a la música culta en Alegro-Soleá (1995). En una entrevista de 1973 ya se le escucha: "Los ortodoxos me llaman el asesino del cante". Con Omega no dudarían en llamarle más cosas.

Una cinta perdida

El documental trata de aclarar el proceso creativo del disco, que ocupó un período particularmente largo, entre 1994 y 1996, y con un número considerable de colaboradores, empezando por Lagartija Nick y siguiendo por Vicente Amigo, Cañizares, Montoyita o Tomatito. A medida que crecía la leyenda, al trabajo le iba saliendo más de un novio que decía haber estado en los ensayos o las grabaciones, haciendo más confusa aún la narración. Cuando surgió la idea de hacer un documental coincidiendo con el 20º aniversario, los directores contaban con grabaciones inéditas de conciertos y alguna maqueta —remasterizada y remezclada ahora por Arias—, además de numerosas entrevistas con el cantaor. Pero en la casa de un hermano de Arias apareció el material que les daría la clave: una cinta de vídeo en la que solo se leía "Morente". Cuando le dieron al play, encontraron imágenes de los primeros ensayos en estudio que jamás habían reproducido. 

La habitación está abarrotada de gente. Batería, guitarras, amplificadores y algún amigo que, apoyado en la pared, mira con cara de estupor. Eric Jiménez, baqueta en mano, no llega al ritmo flamenco con el que apenas empieza a familiarizarse, y Morente se desespera, plantea dejar la canción ("Omega", por cierto). Hay un murmullo constante y huele a sudor. "Había caos, sí, un caos creativo", recuerda Arias por teléfono, "Además de todo lo que se estaba generando alrededor del disco, todas las dudas y las críticas. Nosotros estábamos en el ojo del huracán y no nos enterábamos de nada". Estrella Morente hace los coros y toca las palmas, Soleá, la hija mediana, termina los deberes en algún rincón, y Enrique, conocidó como Kikí, el más pequeño, corretea por el estudio toqueteando los botones de la mesa. Nadie sabe qué va a salir de todo eso, si sale algo. ¿Cómo han llegado hasta allí?

Encuentro granadino

Todos lo cuentan como si fuera lo más normal del mundo. Morente acababa de mudarse de vuelta a Granada después de una temporada en Madrid, y los integrantes de Lagartija Nick se dedicaban a perseguirle por los bares, a esperarle pacientemente en Casa Juanillo, centro neurálgico del Sacromonte: "Teníamos que hacer algo con él". Una noche se alinearon los planetas. El cantaor apareció. Jiménez hacía percusiones sobre la barra del bar, ya al borde del cierre, y Morente le dijo: "Estás pasao de vueltas". "¿Eso es bueno o malo?". "Eso es bueno". Luego les preguntó que adónde iban, le dijeron que a tocar un rato, y así acabó Morente rodeado de guitarras eléctricas y cables. El proceso de creación se alargaría hasta los ocho meses. 

En un principio, el cantaor pensaba hacer un disco de versiones de Leonard Cohen. Ambos se habían encontrado en 1993, cuando el canadiense promocionaba su disco The Future. "Eran fans mutuos", dice al teléfono Alberto Manzano, biógrafo y traductor del cantautor, "Para Cohen lo realmente importante era que Enrique Morente hubiera visto esas influencias del flamenco en su música, que estaban ahí desde que a los 15 años descubre a Lorca". El cantaor, a su vez, había llegado a Poeta en Nueva York a través de "Take this waltz"Poeta en Nueva York, que tomaba la letra de "Pequeño vals vienés". Aunque finalmente incluirían en el disco una versión de este tema, de "Hallelujah", "First we take Manhattan" y "Priests", Cohen serviría también como puerta hacia "Niña ahogada en el pozo", "La autora de Nueva York" y "Omega", pieza inicial y piedra de toque del disco. 

El tema de casi 11 minutos es de una densidad hipnótica. Entre la distorsión de las eléctricas, la voz de Morente, los coros masculinos, la guitarra flamenca y la batería de Jiménez, que repiquetea una marcha de Semana Santa, se escuchan también las voces de Manolo Caracol, la Niña de los Peines, Manuel Torre o Chacón. Los versos de Lorca llevan el subtítulo de "Poema para los muertos". Pero ciertos círculos del flamenco —a los que Morente llamaba "flamencólicos"— no consideraron que Omega fuera un homenaje, sino una burla

Culpa y perdón

La primera prueba del disco ante el público tuvo lugar en un concierto de Lagartija Nick, en Granada, arropados por aquellos que les habían acompañado en los ensayos. La segunda fue en Madrid, como bis de un concierto flamenco de Morente en el Teatro Albéniz. Y fue amarga. Cuando, al final de la actuación, se levantó un telón para mostrar la batería y las guitarras, el público enmudeció. "Nos gritaban de todo", recuerda Arias. La mayoría les abucheaba y unos pocos lanzaban un tímido "¡Valientes!". El rechazo de este sector se dejó oír durante todo el proceso de mezcla, que se hizo en Madrid. "Te han engañado", le decían al cantaor algunas voces cercanas. Él empezó a dudar del proyecto y llegó a revolversé contra el líder de Lagartija. "Veíamos a la gente dolida", recuerda, "y nos preguntábamos qué les habíamos hecho, por qué les estábamos ofendiendo tanto". 

El "perdón" —así lo llama Arias— llegaría más tarde. Después de un par de directos algo crudos aún, en 1997 llegaron al Zaidín Rock, un festival granadino muy alejado de los públicos habituales del cantaor. Reunieron a 8.000 entusiastas. La gira se alargaría en salas y festivales hasta que, en 2003, consiguieron viajar hasta Nueva York, emulando el viaje del poeta, para tocar durante tres noches en Brooklyn. Fue un cierre de oro para el proyecto. O eso creían. En 2008, el FIB de Benicàssim les reuniría con Leonard Cohen ante 35.000 personas. Para entonces, Omega era ya considerado un disco esencial no solo del flamenco, o del rock, sino de la música española. 

Después de Omega

2016. Antonio arias reúne a la familia Morente para enseñarles las remasterizaciones en las que ha estado trabajando. Suena la voz de Enrique versionando Suzanne: "Oye, esta no es manera de decir adiós", una canción que que ahora canta Soleá en los escenarios. Aurora, viuda del cantaor, susurra la letra mientras llora. Estrella la mira sonriendo. "Hasta esta celebración de los veinte años, todo era tristeza", dice Sánchez-Montes, también amigo del músico y de la familia, "Ahora es como si se quitaran el luto". Cuando se le pregunta por la herencia de Omega, el director del documental señala a los hijos. "Van a tener que resistir la comparación. Pero no tiene sentido esperar otro Omega. Omega abrió unas puertas que no van a volver a cerrarseOmega ". Ahora toca dinamitar otras. 

Luis García Montero y Soleá Morente se encuentran en Paco Ibáñez

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