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América descarrila

Fotograma de 'Miedo y asco en Las Vegas' (1998).

Cuando el periodista británico Andy Robinson se propuso recopilar algunas de sus crónicas sobre Estados Unidos en un solo volumen, tomó dos referentes. Primero, On the road (En el camino), de Jack Kerouac, que acabaría degenerando en el título de Off the road (Fuera del camino), demostrando su voluntad de contar todo eso que pasa en los 50 Estados más poderosos del mundo y que no sale en las noticias de las tres. El segundo está en el subtítulo, Miedo, asco y esperanza en América, una referencia al (proto) periodismo gonzo de Hunter S. Thompson en su novela Miedo y asco en Las VegasMiedo y asco en Las Vegas, retomada por Terry Gillian en la lisérgica película del mismo nombre. Porque "para acercarse a la realidad tan esperpéntica de Estados Unidos en estos momentos necesitas un chute de alguna droga alucinógena".

Robinson sabe de lo que habla. Llegó a Nueva York en 2001, fue corresponsal de La Vanguardia hasta 2008, y desde 2011 ha realizado numerosos viajes desde San Francisco a Vermont.  Todo eso ha quedado destilado en el título que ahora publica el sello Ariel. En total, 12 crónicas que retratan el modelo Eurovegas, la guerra doméstica a golpe de drones, el conflicto en la frontera con México, el narcotráfico, la explotación laboral, la explosión de Silicon Valley o los conflictos de Ferguson. Sobre todas esas instantáneas del momento político sobrevuela una idea: la "decadencia del imperio", las malformaciones de un sistema que ha convertido a Estados Unidos en "el cuarto país más desigual del mundo, sólo superado por Rusia, Ucrania y el Líbano".

"Quizás Estados Unidos sea el país sobre el que más se ha escrito. La cuestión era: ¿cómo voy a hacer yo un libro que no sea como los demás?", se preguntaba el periodista, autor de Un reportero en la montaña mágica, sobre la élite económica de Davos. Encontró varias claves: practicar un reporterismo en primera persona que le había dado buen resultado en su anterior título —"es el gonzo de un periodista de 55 años", precisa—, acercar los fenómenos que describe a sus derivaciones españolas —el caso más claro es Eurovegas—, y describir una situación política en ebullición. Todo con una buena dosis de acidez y crítica, empezando por él mismo y la dinámica de los medios, y siguiendo con la placidez del trabajo de un piloto de drones o el mito del sistema de startups

"El único periodismo que funciona ahora mismo tiene que ser satírico. La única manera de luchar contra los poderes es ridiculizarlos", dice Robinson, caña en mano, en un bar de Lavapiés, el barrio madrileño donde reside actualmente. Por eso describe, con una buena dosis de humor negro, las maravillas del Atomic Testing Museum, que loa en Las Vegas las bondades de la energía nuclear mediante "chocolatinas atómicas" y una "experiencia sensorial y audiovisual única" que reproducía el estallido de las bombas de Nagasaki e Hiroshima que mataron a 100.000 japoneses. O enumera los ingredientes de la nada apetitosa Burger Extravagant que sirven en los restaurantes de Donald Trump: "ternera japonesa wagyu, mantequilla de trufa y caviar" por 295 dólares. 

Los Estados Unidos descritos por el periodista son extremos y esperpénticos. Extremos, como extremo es que el 90% de las rentas producidas desde la gran crisis de 2008 hayan acabado en manos de las élites económicas. Esperpéntico, como que un multimillonario que se hizo popular con un reality show (The Apprentice, que tuvo versión española) en el que ejercía de coach de empresarios pueda optar a la presidencia. "América es así. Es el país de Hollywood, y a veces sientes que la realidad está imitando el arte. Pasan cosas que piensas: si hubiera escrito esto como el guion de una película, me la hubieran comprado. Como el ascenso de Donald Trump", admite. 

Todas sus crónicas tienen la vocación de ser una reproducción a escala de la realidad. Está José Sánchez, repartidor de Domino's y líder de una modesta protesta contra su empleador... que acabó llamando la atención del alcalde neoyorquino De Blasio. Sánchez y sus compañeros acabaron conviertiéndose en un símbolo del movimiento por los derechos de los trabajadores que renace en Estados Unidos. Pero la historia más representativa de la realidad norteamericana se encuentra, para el propio autor, en la pieza "Paranoia en la frontera".

En ella, el periodista viaja al desierto de Sonora y asiste a la feria empresarial Border Security Expo, donde se dan a conocer compañías especializadas en tecnología para el control de fronteras. Allí estaba Glenn Spencer, un hombre de 77 años que había trabajado para el Pentágono y que desarrollaba en su rancho de Arizona sensores subterráneos que permitan distinguir un humano de un animal. Spencer añoraba a Reagan, trabajaba junto a un exingeniero de Sillicon Valley metido a militar, y consideraba la migración irregular como "un intento por parte de México de rescindir el tratado de Guadalupe Hidalgo" de 1848. Por mucho que el personaje resulte particularmente esperpéntico, advierte Robinson, "no es un caso aislado, hay sectores de la población que cree en esto, y que ven reforzadas sus ideas por los medios".

Los mismos medios que, critica en el epílogo, han aupado a Trump hasta rozar la presidencia. Aunque considera —al menos hoy, que parece optimista— que el auge del multimillonario es más anecdótico que el cambio político profundo que intuye en el país. "Hay una descomposición del consenso en torno al paradigma neoliberal. Se está recuperando la lucha de clases, y Bernie Sanders está personificando esto", opina. Cree que la ola durará más allá del fin de la campaña presidencial, y lo hace por un motivo: "Los jóvenes no tienen los mismos prejuicios contra el socialismo, que en Estados Unidos se asocia a una izquierda más reivindicativa. No han vivido la Guerra Fría, son libres de esa carga ideológica y pueden volver a pensar qué sociedad queremos tener". Y da un dato: según el Pew Institute, el 49% de los jóvenes de entre 18 y 29 años aseguran preferir el socialismo al capitalismo. Aún así, es la palabra "desesperanza" la que da túitulo a su epílogo. "Sí. Pero quizás sea un efecto de mi propia ciclotimia", dice mientras apura la cerveza.

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