Hay exposiciones a las que ayuda el calendario. Lo pensaba viendo, en uno de estos días abrasadores y densos, dos pequeñas muestras propuestas por galerías que comparten tramo en la calle Doctor Fourquet de Madrid —epicentro, otrora, del mercado del arte capitalino—.
La primera la encuentran en Espacio Mínimo y la presenta Antonio Montalvo (Granada, 1982). Titulada Siempre, todavía, reúne una docena de lienzos pintados al óleo y fechados en el año en curso. Se trata de una colección de estampas costumbristas (una chica leyendo, instrumentos de labranza, una rosca de pan) sazonadas con algún desnudo academicista. Montalvo los ha pintado del natural (es decir, colocando el caballete frente al objeto, sin intermediarios), por lo que ha tenido que toparse con esas escenas que, a ojos del visitante madrileño, contarían como exóticas: un montón de fardos trinchados con una horquilla, lo nunca visto.
Aunque el título y la cierta melancolía de los personajes representados (los rostros hieráticos, la pose de mirar al vacío, abyssus abyssum invocat, blablablá…) crean en la sala un ambiente finisecular (llamémosle así), la escasísima materialidad de los cuadros resulta embaucadora. Pintados con apenas una finísima capa incapaz de disimular la trama del lienzo, pareciera que las modelos van a pasar de la desnudez a la desaparición; que las estampas campestres (no bucólicas, sino rurales) están al borde de la transparencia, como si la luz cegadora del verano que acecha fuera de la galería hubiese empezado a consumirlas.
A pesar del quietismo de las obras, la exposición procura crear un cierto ritmo en la visita alternando las piezas según su formato, que tiende a vincularse con el elemento que la protagoniza. Así, los grandes y pobres pertrechos de un cuarto de aperos escoltan el mediano perfil de un cabritillo; la pequeñez de un queso mohoso (o un pescadito dejado sobre una mesa) se resguarda del tamaño casi ajustado del desnudo.
Apenas unos metros más abajo, siguiendo la calle hacia el sur, se encuentra la sede de la Galería Silvestre, donde se exhibe La casa que no existe de Irene González (Málaga, 1988). La exposición se compone, esencialmente, de dibujos de formato cuadrado y de tamaño escueto: el encuadre sobre el fondo blanco del papel recuerda a una Polaroid. Las imágenes nos muestran fragmentos domésticos en los que abundan las ventanas y los umbrales. Ignoro los referentes a los que se aluden (tampoco es que me preocupen las chucherías biográficas), pero algunas están extraídas de la filmografía de Tarkovski.
Ver másRefugios climáticos y otras derivas culturales
Por lo resumido del formato y por la virtud técnica (son de un preciosismo admirable), el espectador termina inclinado sobre estas escenas minúsculas, como si fuera un mirón que se asoma a una rendija. El gesto es interesante, porque la proximidad nos recoloca en ese escenario, hogareño e interior (no miramos desde la calle, sino desde dentro de esos hogares desconocidos); no tan próximo como para sentirlo propio, no tan ajeno como para no reconocerlo.
Dos obras rompen el modelo. En una, el esquema permanece (una consola con enseres y una lámpara de pantalla redonda de cristal; sobre el mueble hay un cuadro; la escena está desenfocada y priman los colores rojizos) pero varía la técnica (pintura) y el formato (díptico mediano). En otra se preserva el formato, pero la imagen se reduce a un cuadrado sólido sobre el que, en una serie de tres piezas, se superponen unos subtítulos amarillos. "¿Te gusta tu casa? ¿Eh, mi niño?; —Soy una especie de coleccionista. —¿Ah, sí?; Sabía que si vivía allí, sería feliz hasta morir".
Siempre, todavía y La casa que no existe son dos exposiciones en las que, sin pretenderlo, se comparte una idea de lo doméstico y lo íntimo que, expuesto, nos descoloca como espectadores de un espacio —a pesar de su vulgaridad o su sencillez— que no nos pertenece. En ambas subyace esa tensión que solo generan las casas, espacio de pretendida seguridad que, vulnerado por la presencia o la mirada ajena, se vuelve peligroso. También nos enseñan un refugio al que no estamos invitados. Luego, en la calle, nos aplastará el calor.
Hay exposiciones a las que ayuda el calendario. Lo pensaba viendo, en uno de estos días abrasadores y densos, dos pequeñas muestras propuestas por galerías que comparten tramo en la calle Doctor Fourquet de Madrid —epicentro, otrora, del mercado del arte capitalino—.