En menos de una semana, Madrid se llenará de galeristas, collectors y artistas venidos desde todas las provincias del imperio. ¿Su destino? El páramo de IFEMA, donde un año más está por inaugurarse ARCO, la feria de arte contemporáneo más importante de cuantas se celebran en nuestro país.
Aunque no soy pitoniso (ya me gustaría), puedo imaginarme los titulares: "La gran cita del arte", "La semana del arte en Madrid", "Epicentro del arte contemporáneo", etcétera, etcétera. Lamento discrepar: ir a ARCO para ver arte es como irse de vacaciones a Fitur o salir a cenar en Madrid Fusión. Y no lo digo para quitarles mérito o interés, sino para centrar el tiro y evitar decepciones; ya lo siento, pero las ferias no son grandes eventos culturales, sino un lugar de encuentro para profesionales del sector.
Imagino que los medios lo hacen de buena fe: tras meses sin colar en la parrilla un minutito dedicado a la plástica, llega ARCO con sus banderolas, sus coleccionistas estrafalarios y su racimito de obras histriónicas y no hay telediario que no aproveche para saldar la deuda. Precios desorbitados, crónicas al estilo National Geographic y dos o tres anecdotillas sobre aquel nuevo rico que se gastó un potosí en un plátano pegado con cinta americana; y, ale, hasta el año que viene.
Ver másLa nueva colección del Reina Sofía: ¿Qué nos dice el museo sobre la contemporaneidad?
Bien mirada, la centralidad de ARCO en el calendario informativo ilustra bastante a las claras la idea general que, sobre eso del arte contemporáneo, tiene el respetable: un zoco en el que gente excéntrica compra objetos pintorescos y absurdamente caros. El chiste de cada año: un visitante se olvida un paraguas en un stand y al intentar recuperarlo descubre que se ha vendido por varios miles de euros. Todos ríen y cae el telón. Conste, cuando digo que es para profesionales no quiero decir que los aficionados estén proscritos. Todo lo contrario: la feria ofrece entradas a cincuenta y dos machacantes, tres veces y pico más caras de lo que cuesta la del Prado y más del cuádruple que las del Reina Sofía. ¿Y qué obtendrán a cambio? No un itinerario jalonado con materiales pedagógicos en el que se expone una colección coherente, sino una sucesión de cubículos en los que galerías de distinto pelaje exhiben obras de sus artistas con la intención de venderlas a coleccionistas privados e institucionales.
Describo, no juzgo. A mí, que me dedico a la crítica de arte, me interesa asistir a una feria de tanto en tanto, porque puedo tomarle el pulso al sector y curiosear por qué artistas o disciplinas apuesta cada cual. Con suerte, descubro algo que se me había pasado desapercibido y, en el mejor de los casos, me vuelvo a casa con una docena de contactos que me vendrán maravilla en mi desempeño laboral. Porque uno no va a una feria solamente para ver arte, sino a saludar y ser saludado, cotillear en los corrillos, que te presenten a nosequién y a reencontrarse con colegas que se juntan en la ciudad con motivo del ilustre acontecimiento.
Habrá quien piense que el mercado desprestigia el noble propósito del arte, como si los Médici no hubiesen financiado a Miguel Ángel. Miren, si les indigna que los artistas contemporáneos quieran ganar dinero, revisen la contabilidad de Velázquez, ya verán qué sorpresa. Sospecho, claro, que el artículo nos queda más redondo si enfatizamos las obras llamativas (claro que las hay, ¿saben ustedes lo difícil que es captar la atención en ese bosque de pladur?, ¡que son dos pabellones alicatados hasta las molduras!) y narramos el asunto en una clave equivocada: como si las ferias fuesen la quintaesencia del arte de nuestro tiempo y como si el resto del año no hubiese ni una triste exposición que echarse a la boca. A efectos prácticos, las ferias de arte no se diferencian mucho de las de libros (o, si me apuran, de las de alarmas, antigüedades o automóviles), aunque la cobertura mediática sea más benévola con los vendedores de novelas que con los de cuadros.
En menos de una semana, Madrid se llenará de galeristas, collectors y artistas venidos desde todas las provincias del imperio. ¿Su destino? El páramo de IFEMA, donde un año más está por inaugurarse ARCO, la feria de arte contemporáneo más importante de cuantas se celebran en nuestro país.