Beatriz de Moura: la gran editora

Por qué extraños caminos transita el azar. Beatriz de Moura ha muerto a los 86 años, unas semanas después de Toni Marí, quien dirigió la excelente colección de poesía Nuevos textos sagrados, y pocos días antes de la celebración del Día del libro (quitémosle de una vez por todas a la celebración la compañía de Sant Jordi, como ha sugerido Eduardo Mendoza). 

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Esta brasileña nacida en Río, y afincada pronto en Barcelona, en 1962 (aunque ya había estado aquí en 1956, pues su padre era diplomático), ha sido uno de los editores más importantes de las últimas décadas del siglo XX, un regalo para quienes amamos la narrativa en castellano y universal, las buenas traducciones. No se conoce tanto su fascinación juvenil por el ballet, sus estudios en Ginebra de Traducción e Interpretación, ni tampoco que fue actriz ocasional (en el cortometraje Imagen de la ciudad, de Ricardo Bofill y Ó. Tusquets). Pero, además, publicó una novela, Suma (Lumen, 1974), y algunos cuentos, de los que no le gustaba hablar, nunca se reeditaron, y formó parte de una revista, La mosca, de vida efímera, pero que habría que rescatar, y además cultivó la traducción (M. Duras, Kundera...).

Tras pasar por Gustavo Gili y Salvat, llegó a la editorial Lumen, de Esther Tusquets, tras formar pareja con su hermano Óscar, donde conoció los principales rudimentos del mundo de la edición. Juntos, fundaron en 1969 Tusquets y, en una década, consiguieron convertir una pequeña editorial familiar en uno de los sellos literarios más relevantes del momento, junto a Anagrama, Alfaguara y Seix Barral. Eran los años de la gauche divine, de las noches de baile, en la que ella sobresalía, y de las copas en Boccaccio, de los encuentros en Cadaqués. La editorial empezó con los llamados Cuadernos marginales, donde aparecieron libros de Panofsky, Beckett o Borges, y con los Cuadernos ínfimos, la primera colección de Tusquets, en la que aparecieron los cuentos ya legendarios de Mi hermana Elba (1980) y Los altillos de Brumal (1983), de Cristina Fernández Cubas, entre otros libros de cine, arquitectura, teatro, psiquiatría, etc.  

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Pero creo que el cambio fundamental se produjo en 1977, con la llegada de Toni López Lamadrid, su nueva pareja, quien se encargó de que las cuentas cuadraran y en añadir cordialidad, simpatía y generosidad (las cenas en La balsa y las comidas en el Igueldo, con interlocutores de la talla de Carlos Castilla del Pino o Terenci Moix, no las olvidaré nunca, o las conversaciones en la sede de la editorial en la torre de Cesare Cantù), a la que ya aportaba Beatriz. Y el fin de la primera parte de esta historia se produjo en el 2012, cuando Tusquets pasó a formar parte del Grupo Planeta.

Otro de los hitos de la historia de Tusquets fue la creación en 1977 de la colección y el premio La sonrisa vertical, de literatura erótica, a sugerencia de Luis G. Berlanga, experto en la materia. Premio que obtuvo pronto Almudena Grandes, con Las edades de Lulú, novela excelente con la que inició su trayectoria como narradora, convirtiéndose en uno de los pilares de la editorial, pues consiguió llegar a un público mayoritario, sin renunciar por ello a la calidad literaria. De la colección Los cinco sentidos, cuyo responsable era Xavier Domingo, desde París, mi preferido es La cocina cristiana de Occidente, de Álvaro Cunqueiro. Por su parte, el Premio Comillas ha contribuido, y no poco, al renacimiento de eso que ahora denominan literatura del yo, ya sean memorias, ya autobiografías, como las de Carlos Barral, Carlos Castilla del Pino y Juan Luis Panero, en el que algo tuve que ver. 

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Comentar aquí el catálogo resulta imposible, ni siquiera en sus hitos principales. Pero, no obstante, además de los nombres ya citados, a Tusquets le debemos, en la colección Andanzas, la lectura de libros de Cristina Fernández Cubas, Luis Landero (el hito que fue Juegos de la edad tardía, 1989), Ramiro Pinilla (su trilogía Verdes valles, rojas colinas, 2004-2005), Jorge Semprún (La escritura o la vida, 1995), Javier Cercas (Soldados de Salamina, 2001), Fernando Aramburu (Patria, 2016), y no quiero olvidarme del gran Cristóbal Serra (su Viaje a Cotiledonia fue uno de los libros menos vendido de la editorial, con solo cien copias, según la editora), de Luciano G. Egido, de Eduardo Mendicutti y su lúcida y divertidísima Una mala noche la tiene cualquiera (1982), y de Gonzalo Hidalgo Bayal. En el caso de la literatura hispanoamericana, nos proporcionó libros de García Márquez (Relato de un náufrago, 1970, uno de los superventas de la casa), Vargas Llosa, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Reinaldo Arenas (Antes que anochezca, 1992), Jorge Edwards (Persona non grata, 1991), Leonardo Padura, Abilio Estévez, Luis Sepúlveda (Un viejo que leía novelas de amor, 1992), Cristina Rivera Garza, o Gonzalo Celorio, el último Premio Cervantes. Y por lo que se refiere a la literatura traducida, recordemos a Beckett, Calvino, L. Sciascia, M. Duras (El amante, otro de los libros de más éxito), M. Kundera (La insoportable levedad del ser, 1985), F. Dürrenmatt, E. Jünger, A. Camus, C. Milosz, Cioran, Malcolm Lowry, A. Miller, J. Updike, G. Simenon y Woody Allen. Para ello contó con los mejores traductores: Carlos Pujol, Andrés Sánchez Pascual, Carlos Manzano, Pepe Escué o Javier Albiñana, por solo citar a unos pocos. Pero también editó libros de ensayo, entre ellos, los excelentes de Herbert Lottmann, Rüdiger Safranski y Claudio Guillén.

El pasado 29 de marzo, con motivo de la muerte de Toni Marí, hablaba aquí de la colección Nuevos textos sagrados, no quiero repetirme, pero sí recordar que en ella aparecieron libros, entre muchísimos otros, de Juan Ramón Jiménez, J.Á. Valente, Caballero Bonald, Juan Gelman, Manuel Padorno, Juan Luis Panero, Andrés Sánchez Robayna, Guillermo Carnero, Francisco Ferrer Lerín, Chantal Maillard, Eloy Sánchez Rosillo, Luis García Montero o José María Micó. 

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Barcelona, España, está en duda con la editora, no solo por los buenos libros que ha publicado, sino también porque en 1998 donó a la Universidad Pompeu Fabra parte de su biblioteca particular y de la de su padre, el diplomático Altimir de Moura. Y se comprometió en donar el resto de sus libros, tras su muerte. Ese mismo año, el gobierno francés la nombró Caballero de la Orden de las Artes y las Letras; y, al año siguiente, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara le concedió el Reconocimiento al Mérito Editorial. Entre nosotros, Maragall le concedió la Creu de Sant Jordi en el 2006. 

Beatriz de Moura y Toni López Lamadrid (falleció en el 2009), me resulta imposible separarlos, han sido, para mí, durante muchos años, los interlocutores más frecuentes, con los que me he entendido mejor, en un mundo literario, hoy desaparecido, en el que los editores, algunos editores, querían conocer las opiniones de los críticos, de los historiadores de la literatura, a los que respetaban. Ambos sabían escuchar y eran excelentes conversadores, sabían apreciarte, sin empalagos ni impostaciones; a todo ello, se unía la afabilidad de Toni, el peculiar acento de Beatriz, con sus flequillos, peinados y tintes (a menudo, diferentes; no hay dos fotos en las que aparezca igual), y sus inolvidables sonrisas; a veces, convertidas en carcajadas. 

Para Beatriz, lo repitió en varias ocasiones, en privado y en público, el editor debe tener curiosidad, sentir fascinación por el objeto que es el libro, vocación y obstinación, “obstinarme en mi obstinación”, decía, perseverancia. Y, en suma, debe procurar la creación de un equipo de confianza, que sepa bien su oficio, y la apuesta por un catálogo de fondo, duradero. Todo ello lo comparten los buenos editores. Beatriz de Moura, además, solo trató de editar lo que realmente le gustaba: libros legibles, con calidad literaria, que le interesaran a los lectores.

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P.D. A quien quiera saber más, le recomiendo el libro de Juan Cruz, Por el gusto de leer: Beatriz de Moura, editora por vocación (Tusquets, 2014).

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Fernando Valls es catedrático de Literatura Española y crítico literario. 

Por qué extraños caminos transita el azar. Beatriz de Moura ha muerto a los 86 años, unas semanas después de Toni Marí, quien dirigió la excelente colección de poesía Nuevos textos sagrados, y pocos días antes de la celebración del Día del libro (quitémosle de una vez por todas a la celebración la compañía de Sant Jordi, como ha sugerido Eduardo Mendoza). 

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