Bocaccio, algo más que "un nido de frivolidad"

El nombre de Bocaccio, la sonoridad italiana y la referencia al escritor renacentista. El logo de Bocaccio, esa B mayúscula de la que salía una especie de tocado de plumas. Los invitados del Bocaccio: Marisol antes de ser definitivamente Pepa Flores, Charles Aznavour, Geraldine Chaplin. Las maderas de Bocaccio, los terciopelos de Bocaccio, las escaleras de Bocaccio. ¿Cómo no va a estar asociado aquel local de la calle Muntaner a la Gauche DivineGauche Divine, tan aparentemente alejada de los adoquines y las calles, de los presos políticos y los manifiestos? Pero la tesis del periodista Toni Vall, autor del libro Bocaccio. Donde ocurría todo (Destino) y comisario de la exposición Bocaccio, templo de la Gauche Divine (en el Palau Robert de Barcelona hasta el 12 de abril), es otra. En la discoteca de Oriol Regàs "se charlaba, se bailaba y se ligaba", sí, pero también "fue un foco de concienciación y agitación política, de oposición al franquismo", asegura el periodista. Era, defiende, "mucho más que un reducto de burgueses vividores y algún vivalavirgen". 

El libro de Vall, según cuenta él mismo, nace de una obsesión personal, fruto quizás de que cuando aquel paraíso cerró sus puertas él tenía solo cinco años. El autor ha ido componiendo el libro asalto tras asalto, es decir, entrevista tras entrevista, a los protagonistas de la época. No a quienes ya no están, claro, y entre los que se encuentran el propio Regàs, pero también Oirol Maspons, Ana María y Tenci Moix, Jaime Gil de Biedma o Carlos Barral. Pero hablan aquí el arquitecto Oriol Bohigas, los escritores Rosa Regàs, Juan Marsé y Enrique Vila-Matas —en la persecución de potenciales entevistados se menciona a Il Giardinetto, local barcelonés convertido en el centro de cierta literatura: no en vano su fundador fue Leopoldo Pomés, publicista, fotógrafo y miembro insigne de la Gauche Divine—, el músico Joan Manuel Serrat, la editora Beatriz de Moura, la fotógrafa Colita... Creadores e intelectuales que llevan consigo, entre otras muchas historias, la de aquel local que no tuvo que esperar a echar la persiana para alcanzar el estatus de mito. 

"Se ha hablado de aquel lugar como si fuese un nido de frivolidad, y ¡no lo era en absoluto!", protesta en el libro Oriol Bohigas. "Allí nació en buena medida la nueva cultura catalana". Allí, en la sala de arriba, con sus sofás y sus tertulias, en las que "se discutía de lo humano y de lo divino, desde la sexualidad polimorfa a la metafísica aplicada, y se hacían proyectos", como explica el crítico cultural Román Gubern en su libro Viaje de ida, donde matizaba: "Proyectos públicos y privados, proyectos de cuestionamiento de una vida en pareja o de una nueva aventura, pero también proyectos de editoriales, de libros y de películas". Y también allí, en la sala de abajo, la preferida de los más jóvenes, donde se iba a bailar, a beber y, quizás, a ligar. Toni Vall define aquel espacio, ante todo, como un "síntoma": "síntoma de una nueva burguesía catalana, netamente antifranquista, que miraba al futuro profesional y sociopolítico con esperanza". 

Bocaccio sería un síntoma, pero también un negocio. Uno que dio para abrir una sucursal en Madrid, el restaurante Via Veneto en Barcelona, locales en Platja d'Aro, Lloret de Mar y Palamós, una empresa de diseño, una productora cinematográfica y una discográfica. La venta del local en 1981 dio, incluso, para abrir una nueva discoteca. Aun así, asegura Toni Vall que Oriol Regàs tenía fama de manirroto, que al cierre del negocio perdonó a sus deudores todas las copas apuntadas a cuenta —y no eran pocas— y que distribuía con más alegría de la debida unos carné VIP muy cotizados que daban acceso libre al espacio u otras tarjetas que valían por una consumición en el bar. Beatriz de Moura, editora de Lumen, se muestra sorprendida en el libro de su propio gusto por un sitio "tan repipi", no precisamente barato,en el que había que cumplir aún cierta etiqueta y que no distaba tanto de los locales frecuentados por los padres de su generación... con la salvedad de que allí jamás se los encontrarían. 

Ecos de Bocaccio

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Pero la discoteca no era solo un negocio. Vila-Matas, autor de libros como París no se acaba nunca, se refiere a aquel ambiente con términos con "universidad", "club" y "clan". Eso sí, heterogéneo. Por allí era posible sumarse a la tertulia de Gil de Biedma o al grupo de Manuel Vázquez Montalbán, hablar de rock progresivo o tomarse con los Smash de El garrotín / Tangos de Ketama, un sencillo editado por la disquera que llegó a tener Bocaccio. Vall habla de una "fusión" de "oficios" y "de intereses". "¿Fusión de ideologías? Pues también", dice, "con un denominador común: estar hasta el moño del franquismo". "¿Y fusión de clases sociales?" , se pregunta "Eso quizá no tanto". Aunque Serrat no coincida. Si para muchos el local de Muntaner era "un nido de pijos y frívolos", él protesta, entre otras cosas porque andaba por allí: "También acudíamos personas que veníamos de la clase trabajadora, con formación universitaria y que habíamos progresado socialmente y alcanzado cotas razonables de éxito profesional". 

¿Entonces? En qué quedamos. Dice Vila-Matas que, porque iba al Bocaccio, y no por otra cosa, acabó formando parte del encierro de Montserrat, la protesta de aquellos 200 intelectuales —recuerda Toni Vall que Salvador Dalí dijo, burlón: "Es imposible que en Cataluña haya 200 intelectuales"— que okuparon la abadía para condenar el proceso de Burgos. Y asegura De Moura que la discoteca fue una forma de escapar de la "opresión" para una "juventud inmersa en un sistema que era cualquier cosa menos democrático". Algunas mujeres encontraron también allí un espacio de exploración sexual cuando desviarse de la norma familiar podía tener consecuencias trágicas. "Todos los de la Gauche Divine, todos los que íbamos a Bocaccio", reclama la escritora Rosa Regàs, hermana de Oriol, "trabajábamos. Y las mujeres también, cosa que lo hace aún más singular". Ella niega que estuvieran entre algodones y reclama el compromiso de muchos de ellos, que participaron en manifiestos —contra las últimas condenas a muerte de Franco, por ejemplo— o fundaron editoriales de divulgación política como La Gaya Ciencia

Otros, incluso de los que rondaban por allí, disienten. El periodista y escritor Joan de Sagarra, por ejemplo: "No te creas que Bocaccio era un reducto de la izquierda", dice a Toni Vall, y no considera siquiera que aquello fuese un espacio de activismo. "La gente iba a meterse tres whiskys,", suelta, "a charlar y a follar". José Ilario, editor de muchas de las revistas que de allí salieron, y creador también de publicaciones como Interviú o El Jueves, da en el libro su propia definición de la Gauche Divine: "Unos señores de izquierdas que vivían como si fuesen de derechas, que se reunían en la librería Áncora y Delfín, el fin de semana en Cadaqués e iban a Perpiñán para ver películas". Ya Bocaccio. 

El nombre de Bocaccio, la sonoridad italiana y la referencia al escritor renacentista. El logo de Bocaccio, esa B mayúscula de la que salía una especie de tocado de plumas. Los invitados del Bocaccio: Marisol antes de ser definitivamente Pepa Flores, Charles Aznavour, Geraldine Chaplin. Las maderas de Bocaccio, los terciopelos de Bocaccio, las escaleras de Bocaccio. ¿Cómo no va a estar asociado aquel local de la calle Muntaner a la Gauche DivineGauche Divine, tan aparentemente alejada de los adoquines y las calles, de los presos políticos y los manifiestos? Pero la tesis del periodista Toni Vall, autor del libro Bocaccio. Donde ocurría todo (Destino) y comisario de la exposición Bocaccio, templo de la Gauche Divine (en el Palau Robert de Barcelona hasta el 12 de abril), es otra. En la discoteca de Oriol Regàs "se charlaba, se bailaba y se ligaba", sí, pero también "fue un foco de concienciación y agitación política, de oposición al franquismo", asegura el periodista. Era, defiende, "mucho más que un reducto de burgueses vividores y algún vivalavirgen". 

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