Timothée Chalamet es ‘Marty Supreme’ en un excelente retrato de la grandeza y la derrota

Ser hombre es muy difícil. O, mejor dicho, es muy fácil. Obscenamente fácil, en particular si acudimos a lo canónico, a su expresión blanca y cishetero. Y esta facilidad tiene una consecuencia traumática: conduce a que sea asombrosamente proclive a hacer el ridículo. Si el hombre tiene la historia de su parte, si ha dictado los condicionantes socioeconómicos y carece de rivales al margen de sí mismo, ¿cómo es posible que no triunfe? Si está programado para la grandeza, ¿cómo de triste es que aun así haya posibilidades de que se le acabe escapando? ¿No generará esta posibilidad una angustia psicopática, no le condenará a una reafirmación patética de masculinidad?

Vivimos en el mundo de Donald Trump, las consecuencias de esta angustia saltan a la vista. También vivimos en un mundo donde el arte más popular del siglo XX lo lideraron hombres cortados por este patrón. Hombres destinados a la grandeza que aún así eran capaces de fracasar, en un choque de expectativas que el cine se empeñó en leer como trágico. La melancolía siempre ha marcado la masculinidad cinematográfica, habitualmente inseparable de diversas neurosis alrededor del sueño americano. Hombres obsesionados con el triunfo, pero con un premio de consolación esperando para cuando fallen. El romanticismo, la dignidad que el cine les querrá dar igualmente.

Las películas deportivas son especialmente útiles para canalizar estas ambivalentes energías. Han acostumbrado a protagonizarlas hombres sobre todo, y hombres que se han visto obligados a descubrir el verdadero significado de ganar. Que no viene a ser más que la dignidad de la derrota, la integridad que han mantenido y les libra, gracias al amparo patriarcal, del simple patetismo. Es lógico que los hermanos Safdie, tan estadounidenses ellos, hayan dirigido sendas películas deportivas luego de su ruptura creativa. Ambas basadas en deportistas reales, circundando el biopic. Ben Safdie dirigió The Smashing Machine con Dwayne Johnson interpretando a un luchador real (Mark Kerr) aprendiendo a perder. Joshua Safdie, a cambio, ha dirigido Marty Supreme

Pero Marty Supreme no es un biopic deportivo al uso. Es decir, se inspira en la vida de un deportista llamado Marty Reisman y desde luego (¡desde luego!) indaga de nuevo en el verdadero significado de ganar. Salvo que el parentesco del Marty Mauser que interpreta Timothée Chalamet con el Marty real es más bien leve, y el deporte que nos ocupa es muy poco espectacular. Casi… ¿ridículo?

Conozcan a Marty Mauser

Marty Mauser juega al tenis de mesa. Ping pong lo llamamos en las distancias cortas, a veces convirtiéndolo en un concurso por ver quién encesta la pelotita en una jarra de cerveza. Es un juego de bar, casual, donde cualquier alarde competitivo se antoja fuera de lugar. Con lo que el film reclama otra tradición, más específica aunque igualmente masculina. Remite a las desventuras de Eddie Felson, jugador de billar de ego exorbitado. El buscavidas es la película favorita de gente como Carlos Boyero. Y es normal. Nunca un hombre ha perdido con la dignidad de Paul Newman

La cuestión es que Marty Supreme carece de la solemnidad de aquel díptico (El buscavidas/El color del dinero) que firmaron respectivamente Robert Rossen y Martin Scorsese. Aunque, por otra parte, haya sido inevitable ver el influjo de Scorsese en el cine de los Safdie, y también lo sea en Marty Supreme (que no es tanto un biopic como otra reformulación de las desgracias encadenadas de ¡Jo, qué noche!). Pero el ping pong es aún más inane que el billar, todavía menos cinematográfico, y difícilmente nos podemos tomar en serio al personaje de Chalamet cuando revela —con gran confianza en sí mismo— sus ansias por consumar un triunfo histórico en este campo.

Aunque Marty rechazaría esa identificación, a lo que más recuerda su trayectoria es a Forrest Gump. Entre sus múltiples hazañas, Forrest descubrió que la mejor forma que tenía de luchar por su país al poco de militar en la guerra de Vietnam era el ping pong. El personaje de Tom Hanks resultaba tener un talento innato para el tenis de mesa, y competía contra los deportistas chinos con la misma fruición que Marty compite contra los japoneses en el film correspondiente. Marty Supreme se ambienta en los 50, cuando Japón puede volver a figurar en deportes internacionales tras la II Guerra Mundial, y el plan de Marty es machacarlos a todos representando a EEUU.

¿Qué ilustra el parentesco de Marty con Forrest? Por fuerza, una reducción al mínimo común denominador de la identidad masculina/estadounidense. En el caso del film de Robert Zemeckis, una reducción bondadosa: el empeño en ver el sueño americano como algo dúctil, accesible a tipos como Forrest gracias a que no es tan determinante el trabajo duro como la mera oportunidad. Es significativo que Zemeckis lo planteara desde una novela de Winston Groom que justo buscaba satirizar el proyecto estadounidense, y en ese sentido quizá Marty Mauser se asemeje más al talante del Forrest Gump original porque aquí hablamos de un tipo bastante despreciable. Un jeta, un cantamañanas. Capaz de hacer tantas tonterías de Forrest, solo que desde un poso malévolo. 

Lo que sucede con Marty Mauser, por otro lado, es que no podemos dejar de mirarle. La ambivalencia vuelve a la carga. A priori carece de dignidad alguna, así que el contrapeso para este afán pueril de gloria personal ha de emanar inicialmente de otro lugar. En Marty Supreme detectamos rápido cuál es, en los minutos justo antes de que irrumpan los créditos iniciales a ritmo de Forever Young de Alphaville. Una canción que, en efecto, se compuso en los 80. Es totalmente anacrónica, pertenece al futuro de la narración que presenciamos. Y ahí está la clave.

Timothée Supreme

Marty Supreme no es solo un gozo absoluto por la comedia que proporciona su tipejo protagonista —despachemos ya mismo este asunto: Chalamet ha hecho la interpretación masculina de la década—, sino también por cómo pliega la totalidad del dispositivo cinematográfico a su cerebro hiperactivo y buscavidas (o, más bien, persiguevidas). Marty cree, insistimos, en sí mismo. Con confianza cegadora. Nunca se plantea que sus planes puedan fallar, tiene la mirada puesta en un futuro reluciente que sabe que materializará, con lo que encaja que las canciones del soundtrack sean de décadas en adelante —de la década donde el pop más se interesó por una “estética del futuro”—, y que la música de Daniel Lopatin sea fundamentalmente electrónica.

La fotografía de Darius Khondji ahonda asimismo en estas coordenadas, desligándose de un tratamiento convencional “de época” para que la película se encarame a una temporalidad indeterminada. Marcada por su potencialidad antes que por el registro histórico, por algo que ya pasó. Marty está convencido de que el futuro es suyo, de que la Historia le pertenece —como le pertenece a todo el linaje de grandes hombres cinematográficos que le preceden—, y de ahí que la película que lleva su nombre se contagie de su furia maníaca. Festejando su carácter a la vez que exponiendo progresivamente sus pifias, sin la tentación de ser en ningún punto admonitoria.

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Porque Marty Supreme es, ante todo, un estudio de personaje. De un personaje fascinante por cómo está interpretado, por cómo concilia en su seno los nuevos terremotos del proyecto estadounidense —Eddie Felson le consideraría evidentemente un payaso, más que nada por ver reflejado en él a qué se ha visto reducido el sueño americano—, y sobre todo por la medida en que trasciende toda una experiencia estética, que es la de Marty Supreme en su totalidad. Por eso la película no tiene más discurso que las acciones de Marty y lo que dicen de sí mismas. No tiene más discurso que la eterna ambivalencia —la dignidad de los hombres que lo quieren todo y que será todo lo que pierdan—, y eso inevitablemente desemboca en que el film sea algo previsible.

Hemos visto muchas películas como Marty Supreme. Las anteriores de los Safdie —aunque ninguna haya estado tan lograda como esta— ya habían manifestado ellas mismas intereses parecidos, y desde ahí habría también que afearle cierta autocomplacencia a Josh Safdie. Incluso un agotamiento por exceso, cuando las malas decisiones que va tomando Marty se enrocan y reiteran. Afortunadamente Marty Supreme se guarda un as bajo la manga. Una forma de reconceptualizar finalmente su visión del futuro, que en el año de Una batalla tras otra lanza aún más apuntes interesantes sobre por dónde transcurre hoy el inconsciente hollywoodiense.

O la obra concreta de Josh Safdie, cuando remite a uno de sus primeros films (Daddy Longlegs) y opta por resistirse a ser ese cine donde se había mostrado tan cómodo, depositando su mirada fuera de una agónica individualidad para conmover de forma poderosísima. Marty Supreme es una de esas películas maravillosas donde sus más potentes y definitorias escenas son la primera y la última. Y una de esas películas maravillosas que —sin inventar nada, sin escapar de ambivalencias trilladas— nos demuestra categóricamente que sí, el mejor cine es el que cree en sí mismo.

Ser hombre es muy difícil. O, mejor dicho, es muy fácil. Obscenamente fácil, en particular si acudimos a lo canónico, a su expresión blanca y cishetero. Y esta facilidad tiene una consecuencia traumática: conduce a que sea asombrosamente proclive a hacer el ridículo. Si el hombre tiene la historia de su parte, si ha dictado los condicionantes socioeconómicos y carece de rivales al margen de sí mismo, ¿cómo es posible que no triunfe? Si está programado para la grandeza, ¿cómo de triste es que aun así haya posibilidades de que se le acabe escapando? ¿No generará esta posibilidad una angustia psicopática, no le condenará a una reafirmación patética de masculinidad?

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