Cultura

Divinas palabras

Fotograma de la película 'Tenet' de Christopher Nolan.

Ahora, cuando tan de moda está revelar el contenido de conversaciones privadas mantenidas por WhatsApp, me atrevo a desvelar esta, mantenida con una periodista:

―Lo que más pereza me da de la rentrée: tener que ver Tenet.Tenet.

―¿Es obligatorio?

―Jajajaja es que me estoy viendo que si no la veo voy a estar meses teniendo que fingir que sé de lo que hablo. Vamos, lo que viene siendo periodismo.

Aportado mi granito de arena al fin de la intimidad, vayamos a lo esencial: Tenet o la ininteligibilidad como mérito.Tenet

De ella ha dicho la crítica que es "fascinante e incomprensible"; de su director, Christopher Nolan, que es cada vez "más grande e incomprensible". Y esa apostilla (lo que sea… e incomprensible) no va en detrimento de obra y artista, todo lo contrario: la impenetrabilidad redora el abolengo.

Es una creencia antigua y arraigada. "Las obras hermosas tienen ese carácter", escribió Flaubert en una misiva destinada a Louise Colet, "son de aspecto sereno e incomprensible".

Divinas palabras

Sí, en los institutos científicos, en los cenáculos académicos, en los círculos artísticos y literarios sigue habiendo mucha gente obstinada en exagerar la complejidad de sus disciplinas para crear feudos impenetrables, como denuncia Enrique Serna. "Las doctrinas igualitarias no han erradicado el viejo egoísmo de las castas sacerdotales, menos aún la soberbia que viene aparejada con la erudición, la capacidad analítica o la destreza verbal ―escribe en Genealogía de la soberbia intelectual―. En el campo de las letras y las humanidades, los alardes de superioridad intelectual ahondan innecesariamente el abismo entre la cultura popular y la alta cultura, para beneplácito de los magnates del espectáculo y de los editores oportunistas que medran con la ignorancia del público masivo".

Serna analiza el hermetismo poético y filosófico, el odio al vulgo profano, los monopolios de la escritura o de las lenguas cultas, el uso del argumento de autoridad para reprimir la crítica… y se detiene en los estragos que la soberbia intelectual ha causado y causa en la república de las letras y las ideas. "Nunca ha sido un ámbito ajeno a los intereses mezquinos y las rencillas políticas. No puede serlo porque los hábitos mentales de los antiguos sacerdotes perviven en el alma del intelectual moderno, sobre todo cuando renuncia al diálogo con el público, y aunque él mismo haya restringido su campo de influencia a una pequeña secta de iniciados".

Leo la palabra "sacerdotes" y evoco el final de Divinas palabras, allí donde Valle Inclán hace que el sacristán se vuelva con saludo de iglesia y, "bizcando los ojos sobre el misal abierto", rece en latín "la blanca sentencia":

Qui sine peccato est vestrum, primus in illan lapidem mittat.

 

Apenas pronunciada, se obra el milagro. "Una emoción religiosa y litúrgica conmueve las conciencias y cambia el sangriento resplandor de los rostros. Las viejas almas infantiles respiran un aroma de vida eterna. No falta quien se esquive con sobresalto y quien aconseje cordura. Las palabras latinas, con su temblor enigmático y litúrgico, vuelan del cielo de los milagros". Es, concluye don Ramón, el religioso prestigio que, en aquel mundo milagrero, de almas rudas, intuye el latín ignoto de las DIVINAS PALABRAS. Seguro que, expresada la idea en román paladino (quien esté sin pecado, que le tire la primera piedra), no hubiera surtido el mismo efecto.

Sin llegar a recurrir al prestigio imperecedero de las lenguas muertas, la historia de las letras está llena de autores que han buscado sitio en el lado oscuro (no por tenebroso, sino por impenetrable) de la literatura. A bote pronto surgen los nombres de Roberto Arlt (Borges decía que su obra era tan incomprensible como su nombre), quizá Roberto Bolaño, tal vez Julio Cortázar, a veces Virginia Woolf, casi siempre Gertrude Stein, desde luego Witold Gombrowicz (que puso fin a su larga estancia en Argentina desde el balcón de su casa gritando: "¡Adiós, pueblo incomprensible!"), en gran medida Juan Benet

Esnobs y otras especies literarias

La literatura dificultosa se ha convertido, para algunos, en un fascinante campo de estudio. En 1997, el noruego Espen Aarseth, especialista en videojuegos y literatura electrónica, dio al mundo el concepto "literatura ergódica" (de ergon, trabajo, y hodos, camino). "En la literatura ergódica, se requiere un 'esfuerzo relevante' por parte del lector para atravesar el texto ―escribe en Cybertext - Perspectives on Ergodic Literature―. Si la literatura ergódica tiene sentido en tanto concepto válido, entonces debe haber también una literatura no-ergódica, donde el esfuerzo por atravesar el texto sea trivial, sin responsabilidad extranoemática para el lector, más allá de mover los ojos o pasar las páginas". Entre los ejemplos que convoca en apoyo de su tesis están textos de Apollinaire y Queneau o, más recientemente, Mark Danielewski.

Aún faltan nombres esenciales. James Joyce, claro. Que, gracias sobre todo a Ulises, es, probablemente, el único fijo en todas las nóminas de inaccesibles, el escritor cuyo fantasma, lamenta Kiko Amat, "sigue atormentándonos gracias a los críticos literarios, que lo sacan a relucir cada vez que de un texto no se entiende un pijo". Joyce se jactaba de que había escrito aquella cosa "para tener ocupados a los críticos 300 años", y reclamaba, como un niño adicto a la atención, que el lector dedicara "una vida entera" a leer sus obras. Sin embargo, Enrique Vila-Matas no entiende el alboroto. "¿Incomprensible el Ulises? Ni siquiera lo fue en el momento de su aparición, aunque, como todas las obras innovadoras, en su momento extrañó, rompió los hábitos de la percepción y volvió nuevo lo viejo".

También debemos incorporar a Thomas Pynchon, al parecer de Juan Bonilla, "uno de los autores más complejos de la literatura norteamericana, pero eso no quiere decir que sea difícil de leer, sino más bien que constantemente parece complacerse en poner a prueba al lector, como si quisiera cerciorarse de que merece seguir avanzando por sus ficciones". El lector que accede a su obra está siempre tentado de abandonarla.

Más fácil en la escala de dificultad es la obra de Henry James, para cuya complejidad encontramos esta explicación en Wikipedia: "Padecía un tartamudeo atenuado. Lo consiguió superar al desarrollar el hábito de hablar muy despacio y prudentemente. Ya que creía que la buena literatura debía parecerse a la conversación de un hombre inteligente, el proceso de dictado de sus trabajos puede, quizás, ser la razón para un cambio en su estilo de oraciones directas a oraciones conversacionales. La prosa resultante es a veces barroca". Tanto, que su amiga y discípula Edith Wharton llegó a admitir que algunos pasajes de sus obras eran incomprensibles.

Ni calvo, ni con dos pelucas

A todos ellos se los puede una imaginar sosteniendo una conversación como la que refiere Yves Boudier entre Jean-Claude Montel y Claude Simon, en la que intercambiaron opiniones "sobre los defensores de la 'claridad', esos lectores 'a los que se les daba bien' encontrar sus novelas incomprensibles, poco interesantes y aburridas. Ellos reían".

Y de ellos se ríe Kurt Vonnegut en El desayuno de los campeones, donde el autor se alinea con los personajes que, para evitarse el bochorno de cometer errores al hablar en público, se sirven de frases muy-muy cortas, reduciendo así el riesgo de meter la pata. Un hábito, se nos explica, que tiene su origen en el colegio, en las clases de aquellos profesores de Inglés que torcían el gesto, se tapaban las orejas y les suspendían si no se expresaban como nobles. Peor aún: les decían que no eran dignos de usar su propio idioma "si no eran capaces de amar o entender novelas y poemas y obras de teatro incomprensibles sobre personas que habían vivido hace mucho tiempo y muy lejos, como un tal Ivanhoe".

La querella es vieja, en ella se esgrimen como argumentos tanto el contenido (más o menos alambicado) como la intención de quien lo genera (¿es un arte superior o es puro desprecio por la mayoría?). ¿Estamos, como denuncia Vila-Matas en el texto arriba citado, "perdiendo el gusto por aventurarnos en lo incomprensible, por aventurarnos en todo aquello que nos resulta desconcertante, diferente, disidente, extraño, extranjero, excéntrico?" Pero, ¿a quién engloba en ese "estamos"? ¿Hemos tenido alguna vez un gusto semejante? ¿O ha sido siempre el capricho aristócrata de unos pocos?

E incluso: ¿cabe la posibilidad de que todo sea un juego?

En 2003, los especialistas descifraron un poema de TS Eliot que llevaba de cabeza a eruditos y amantes de la literatura desde hacía 70 años. Las 79 palabras de "Usk", ¿a qué o a quién se referían?

Un profesor de Literatura, Philips Edwards, vino a determinar que el poema no trata de ningún animal, sino del pub The White Hart (El ciervo blanco) de Usk, una pequeña localidad de Gales que el poeta visitó en 1935. La llave del misterio estaba a la vista de todos y nadie había sabido verla.

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