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'Ser de izquierdas es ser el último de la fila (y saberlo)'

'Ser de izquierdas es sel el último de la fila (y saberlo)', de Gabriel Rufián.

Gabriel Rufián

infoLibre publica un extracto de Ser de izquierdas es ser el último de la fila (y saberlo), de Gabriel Rufián, donde el diputado de Esquerra Republicana de Catalunya expone sus ideas sobre qué significa pertenecer a esta corriente política y cuáles son sus desafíos en la actualidad. El libro, que la editorial Catarata presenta el próximo 20 de abril en Figueres (Girona), pertenece a la colección ¿Qué es ser de izquierdas (hoy)?, en la que distintos actores progresistas tratan de responder a estas cuestiones. Pertenecen a la serie títulos como La izquierda que asaltó el algoritmo, de Juan Carlos Monedero, y La izquierda es la libertad, de José Andrés Torres Mora

En la primera parte del volumen, Rufián defiende la necesidad de que el discurso de la izquierda sea accesible y la relevancia de la "base moral" de las ideas de izquierdas. En este capítulo, se encarga, concretamente, de la relación entre las fuerzas de izquierda y los medios de comunicación. En la segunda parte del libro, se reproducen cartas abiertas publicadas anteriormente en eldiario.es, El Periódico y la web del propio diputado. El ensayo se publica al mismo tiempo en catalán, con el título Ser d'esquerres és ser l'últim de la fila (i saber-ho)

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  Medios de comunicación, Twitter y posverdad

El impacto que han tenido los nuevos medios digitales y las redes sociales en la forma con la que recibimos y procesamos información ha cambiado la manera en la que construimos nuestra opinión.

La información está cada vez más atomizada y las fuentes son cada día más numerosas. Ese bombardeo de noticias al que estamos expuestos dificulta cada vez más la selección y validación. La línea entre información y opinión o entre verdad e invención se va difuminando.

Si bien cada vez disponemos de más canales para recibir información, la concentración empresarial de los medios mal llamados “tradicionales” sigue aumentando y los grandes grupos mediáticos siguen imponiendo una agenda informativa que responde a intereses corporativos que poco o nada tienen que ver con los intereses que afectan a la mayoría de la población.

Esta disputa por el control de la agenda mediática hace que desde las izquierdas no podamos renunciar a ningún espacio mediático; eso afecta tanto a los canales convencionales como a los nuevos espacios comunicativos que nos ofrecen las redes sociales.

 

La capacidad que un individuo tiene para influir en la agenda es limitada, pero un grupo suficientemente coordinado puede condicionarla y desde una perspectiva emancipadora tenemos la responsabilidad de hacerlo.

Desde Twitter se puede y debe intentar fijar aquellos marcos que responden a los intereses y necesidades de la mayoría social. No dejar espacio a quienes quieren vender un relato parcial o interesado con objetivos contrapuestos a los intereses de la mayoría. Aquello de “la política la haces o te la hacen” pero en el terreno de la comunicación.

Enric Juliana y Pablo Iglesias estuvieron durante meses sosteniendo en decenas de bolos promocionales de su libro conjunto que la aplicación del 155, la disolución del Parlament, la destitución del Govern y el encarcelamiento y exilio forzoso de políticos electos por un referéndum no fue por el voto y apoyo conjunto de PP, de PSOE y de C’s en el Senado, sino por un tuit. Por el tuit de un diputado de ERC en la mañana del 26 de octubre. Por un tuit mío. Iglesias incluso lo repitió en sede parlamentaria en el debate monográfico sobre Catalunya del pasado diciembre. Es solo un ejemplo de cómo se puede intentar imponer un marco determinado para generar un estado de opinión concreto que responda a tus intereses. De hecho, lo más interesante de dicha insinuación no es el tuit en sí, sino plantear la posibilidad de que un presidente de un Gobierno pueda tomar una decisión trascendental para su país de acuerdo con opiniones vertidas en las redes. Quiero pensar, sinceramente, que no hemos llegado a ese punto. Y hablamos de un periodista de prestigio y de un político referente de la izquierda española. ¿Por qué quienes clamaban en el 15M contra el PSOE de Rubalcaba ahora se sumaban a las teorías de la caverna para blanquear el indigno apoyo del PSOE a PP y C’s en el Senado para aplicar el 155?

¿Cómo es posible que quienes cobran el salario mínimo interprofesional elijan a partidos que votan en contra de subirlo y a la par crean que sus enemigos son partidos que votan a favor?

¿Cómo es posible que en una población eminentemente agrícola y beneficiaria de ayudas europeas se vote en masa a un partido como Vox, que está en contra de la permanencia en Europa?

¿Cómo es posible que haya quien piense que un idioma como el castellano, hablado por quinientos millones de personas en todo el planeta, está amenazado y perseguido en un país que tuvo un presidente cordobés llamado José Montilla y a una jefa de la oposición jerezana (y a mucha honra) llamada Inés Arrimadas? ¿Por qué es cada vez más difícil decir la verdad?

La primera vez que le preguntaron en los noventa a Berlusconi por una de las primeras sentencias condenatorias por corrupción que tuvo su respuesta fue lapidaria y adelantó el tiempo que venía: la verdad no cambia nada. ¿Por qué cuesta tanto decir que un preso político es el demócrata Raül Romeva, que recibe a demócratas de todo el mundo en Lledoners, y un político preso es el ladrón Rodrigo Rato en Soto del Real?

¿Por qué cuesta tanto decir que los antipatriotas no son quienes pusieron urnas frente a un pueblo en Catalunya y sí los 13 jueces que votaron a favor de la banca en el Supremo?

¿Por qué cuesta tanto decir que es una salvajada tener a cinco abusadores sexuales condenados en la calle y a nueve demócratas en la cárcel?

¿Por qué cuesta tanto decir que un golpista no es quien fue a votar el 1 de octubre sino el torturador fascista Billy el Niño tomándose un vino impunemente en una comisaría de la Policía Nacional en Madrid?

La respuesta es tan obvia como manida: los medios de comunicación. Los medios de comunicación ya no buscan interpelar al espectador, solo buscan agradar a la clase política dirigente o aspirante a dirigir. Los medios ya no están preocupados por lo que opinan quienes los ven, leen o escuchan sino solo por lo que opinan los que gobiernan a quienes los ven, leen o escuchan. Y es ese afán por agradar y no fiscalizar a quien gobierna lo que supone y supondrá en muchos casos su descrédito presente y futuro pero también su actual poder. La pregunta es cuánta de la juventud politizada de hoy seguirá yendo al quiosco a comprar diarios en papel de aquí a diez años. De momento, cuando no pueden deslegitimar a una causa, deslegitiman a sus líderes y a la inversa. Pero hay otra pregunta que es, asimismo, importante: si esas son las reglas del juego, ¿qué debe hacer la izquierda? Lo digo porque, en principio, es cierto que los medios de comunicación trabajan, en última instancia, para sus propietarios. Lo cual, en el caso de España (y de Catalunya…), significa por norma general que, si no trabajan para un Gobierno, trabajan en última instancia para la banca. Eso es cierto, digo. Pero y a partir de aquí, ¿qué? Porque de señalar esa verdad obvia a decir “mi reino no es de este mundo, la gente es idiota, si fuesen listos me escucharían” hay solo un paso. Los catalanes estamos acostumbrados a escuchar eso de boca de los nacionalistas que afirman no serlo. Así pues, de nuevo la pregunta: ¿qué debe hacer la izquierda ante la realidad de lo que son, y de cómo trabajan, el grueso de los medios de comunicación?

Una primera opción sería, simplemente, adecuarse a sus reglas, es decir, tratar de evitar todo lo que le hace a uno fácilmente criminalizable para ir a hablar de “lo que interesa a la gente”: el sueldo, la vivienda, las facturas. ¿La monarquía? Bueno, no me entusiasma pero no me voy a pelear por eso. ¿Catalunya? Me dieron pena los porrazos del 1-O, pero los aporreados eran todos unos burgueses insolidarios (dos millones y pico de burgueses, nada menos). ¿América Latina? A mí no me miren, yo solo he ido de vacaciones. Y así, esquivando bala tras bala hasta llegar a hablar de lo que se supone que preocupa a la gente. El problema es que esa estrategia ya sabemos a dónde lleva: al PSOE. Trague usted con la monarquía, la rojigualda, el relato de que la Guerra Civil no fue una guerra antifascista sino “una guerra entre hermanos”, la oligarquía económica franquista, la geopolítica imperialista y la lectura neoliberal del proyecto europeo, a cambio de lo dejaremos presentarse a elecciones y, cuando las gane, hacer alguna que otra reforma más o menos importante para cubrir expediente. Y pobre de usted que intente salirse de allí.

Porque ¿qué ha pasado cuando el PSOE ha intentado salirse del guion más de la cuenta? Pues que los medios lo han criminalizado. Al PSOE se le ha acusado de “traicionar a los muertos de ETA”, de “romper España”, de “guerracivilista”, de “liberticida”, de “perseguir a la Iglesia católica” y de no sé cuantas cosas más. Y lo peor: no pocos dentro del PSOE han comprado ese discurso, bien contra Sánchez o bien contra Zapatero.

Así que, de cara a intentar cambiar seriamente las cosas, intentar caer bien a los dueños de los medios de comunicación no parece que lleve a ninguna parte. Pero decíamos que tampoco sirve de gran cosa mirar las cosas desde una atalaya de pureza. Entonces, ¿qué se puede hacer? Pues seguramente intentar mantener un equilibrio entre ambas cosas. Y eso quiere decir, fundamentalmente, ensuciarse mucho las manos. Hay que ir a platós donde a uno no le van a dejar hablar, donde no van a parar de soltarle mentiras y tonterías, donde se van a inventar datos y nadie va a tener el valor de levantar la mano para hacer las preguntas elementales. En ese marco de ruido y furia, uno debe atreverse a abrirse paso y decir “no”. Y decirlo (y esto es lo complicado) combinando tres virtudes: rigor intelectual, proximidad emocional con la audiencia y un lenguaje comprensible. Normalmente, ser muy bueno en uno de estos tres puntos equivale a flojear en los otros dos, así que hay que entrenarse a fondo. Oriol Junqueras es, en este sentido, un buen ejemplo. El mejor que tenemos a este lado de los Pirineos. Lo malo es que Oriol Junqueras solo hay uno, y habla tan condenadamente bien que lo han metido en la cárcel para que no hable más.

Así que eso: hay que entrenarse. Es obligación de la izquierda estar hablando donde la gente normal y corriente está mirando, no donde los militantes de izquierdas están dándose la razón mutuamente. Es obligación de la izquierda, en fin, ser un poco menos estirados, menos elitistas y menos pedantes. Y es obligación de la izquierda no solo hacer todo esto, sino hacerlo bien: decir la verdad, decirla de forma que se entienda y decirla de forma que toque la fibra que mueve a la gente a actuar.

 

'De las calles a las urnas'

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