Juan Gabriel Vásquez: "Cometimos el gran error de dar por sentada la democracia y no defenderla"

"El periodismo responsable, bien hecho, con una deontología y una ética, es la única resistencia significativa que se le puede presentar a la conjura de los autócratas unidos a las plataformas para controlarlo todo". Esta defensa a ultranza del oficio periodístico está en el núcleo mismo de Esto ha sucedido (Alfaguara, 2026), el volumen en el que Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) reúne las columnas de opinión que ha venido publicando en el diario El País durante el último lustro y que le han reafirmado como un "pesimista con carnet", como él msimo se define en este encuentro con infoLibre que arranca tal que así.

¿Por qué juntar todas estas columnas en un único volumen?

La publicación de estas columnas viene de la inquietud por la transformación tan dramática y reciente de nuestro mundo en los últimos años. Es decir, todos estamos de acuerdo en que en el año 2016 —con la primera victoria de Trump o el Brexit— empezó a ocurrir algo que nos cambió a todos: Una nueva manera de relacionarnos con la verdad objetiva, con los procesos democráticos, influenciados o marcados por la aparición de las nuevas tecnologías, de las redes sociales. Y creo que después de la pandemia esa transformación que ya estaba en curso fue aún más dramática, pues introdujo una especie de distorsión en nuestros comportamientos ciudadanos.

La pandemia fue un punto de inflexión para todo...

Para mí, como pesimista con carné que soy, fue la demostración de mis peores miedos. Mucha gente decía que saldríamos mejorados, con una noción más clara del respeto al medio ambiente y de la importancia de lo público, del Estado y la solidaridad, pero yo no lo veía y pensaba que de la pandemia saldrían nuestras sociedades más enfrentadas, más encerradas en sí mismas, más desconfiadas del otro. Y resultó que tenía razón, lo cual es grave. El libro comienza ahí y trata de presentar al lector una especie de diario de un observador preocupado, relativamente bien informado y estudioso, que trata de examinar las maneras en que se ha transformado nuestro mundo en ese espacio tan concreto que es un artículo de opinión. 

Se trata de dejar constancia, entonces, en tiempos fugaces. Hablamos mucho de la velocidad de las redes sociales pero, ¿las columnas de prensa también van muy rápido?

Las columnas de prensa son fugaces y tienen, además, una doble fugacidad que es más cruel todavía: como pretenden dar una opinión cuidadosa, considerada, respetando las ambigüedades de todo y necesitan, por lo tanto, espacio, también necesitan tiempo de los lectores. Pero los lectores cada vez tienen menos tiempo, menos atención y menos voluntad de dedicarle su atención a la complejidad y al matiz. Nos gusta más la simplificación grosera, el epigrama barato; nos gusta más lo que menos tiempo y menos esfuerzo nos toma. Y uno de los esfuerzos más arduos que hacemos constantemente los ciudadanos, incluso sin darnos cuenta, es el de juzgar la realidad para separar la verdad de la mentira, y eso hoy es más difícil que nunca. 

Vivimos en un mundo donde, de una manera que antes no ocurría, una serie de fuerzas políticas y tecnológicas pueden decirle al ciudadano "eso que usted acaba de ver no ha ocurrido en realidad", y salirse con la suya

De ahí el título, Esto ha sucedido, que viene de La peste, de Albert Camus.

Sí. Una novela en la que el narrador dice que la tarea del cronista es decir "esto ha sucedido" cuando ve que, en efecto, esto ha sucedido. Y esto que suena tan evidente, casi redundante, para mí es dificilísimo hoy. Vivimos en un mundo donde, de una manera que antes no ocurría, una serie de fuerzas políticas y tecnológicas pueden decirle al ciudadano "eso que usted acaba de ver no ha ocurrido en realidad", y salirse con la suya. Es muy brutal. Creo que esa es una de las grandes razones que tuve para infligirle este libro a los lectores, para discutir un poco sobre este rasgo tan preocupante de nuestra vida contemporánea que es la desaparición de la realidad objetiva y la capacidad de un discurso determinado de anular la realidad que todos vimos.

Por primera vez, el relato que recibimos de la realidad que vemos, en la que vivimos, no coincide para nada con la que ve el otro

Todos vimos, por ejemplo, los asesinatos de Renee Wood y Alex Pretti a manos de los agentes del ICE en Mineápolis...

Estos dos asesinatos cometidos por esta organización paramilitar que es el ICE ocurrieron muy poco antes de otra cosa igual de grave, pero menos sangrienta, que es el momento en que Trump fue a Davos y en su discurso se equivoca y dice tres veces Islandia en lugar de Groenlandia. Algún periodista llamó la atención sobre el hecho, pero la Casa Blanca puso a andar toda una maquinaria que dice que los equivocados son los periodistas, ya que el presidente dijo Iceland porque Groenlandia es una tierra de hielo. Eso, para mí, es como un pase de Jedi, pasarle los dedos a una persona por la mirada y convencerla de lo que no está viendo. Pues esto lo están haciendo las autocracias del mundo entero con la ayuda de las plataformas, con la ayuda de los Musk y los Zuckerberg. Este es el gran reto al que nos vamos a enfrentar en los años que vienen.

La mentira política siempre ha estado ahí, no puedes haber estudiado un poco a Hitler y a Stalin sin darte cuenta de eso. Pero lo que está pasando ahora es de otra dimensión

Es que las grandes tecnológicas son monopolios con un poder que jamás ha tenido ninguna otra empresa antes.

Esas grandes empresas de antes no tenían ese poder porque su objetivo comercial no era ese, pero el de estos otros es la manipulación de las conciencias de los ciudadanos. Y como para eso necesitan desregulación, necesitan estados donde las leyes les dejen hacer lo que quieran. Se han embarcado en esta propaganda de que eso es defender la libertad de expresión, etcétera, pero no es así. El intento de manipulación de las conciencias, de los votantes, es un ataque contra la democracia. Empezó en 2016, como ya vimos, pero ahora es más grave que nunca porque los poderes políticos, o las figuras políticas más poderosas de nuestro momento, lo quieren también. Es decir, los intereses de Trump y de Musk van por el mismo lugar, y esto es lo preocupante. Lo que Trump necesita es un ciudadano manipulado que no sepa qué es verdad y qué es mentira. Por eso ofrece desregulación, y Musk, que necesita esa desregulación, ofrece manipulación, desinformación. Esa es una sinergia fantástica para ellos y terrible para nosotros y para la democracia. 

La ruptura de la realidad compartida es tremendamente preocupante y solo se va a ampliar con la inteligencia artificial

¿Hemos dado por hecho que las democracias iban a durar para siempre y esa es la gran equivocación?

A finales de los noventa, principios del año 2000, yo creo que todos creíamos que las democracias estaban aquí para quedarse. Creíamos que ya estaba probado que la democracia liberal es el gran sistema y no hay vuelta atrás. Entonces cometimos el gran error de no defenderla, de darla por sentada o de empezar a verla todos los defectos y los problemas, que los tenía, y por eso no defenderla. Y, claro, eso que llamamos democracia liberal es una ficción que no existe si no creemos en ello, es un acuerdo ciudadano, una convención, pero no está en ninguna parte. Y cuando permitimos que nuestros escepticismos, o que los defectos de la democracia, que es un sistema defectuoso, nos importaran más que los logros inmensos que había conseguido, el aparato empezó a perder fuelle y aquí estamos.

Trump ofrece desregulación y Musk manipulación, una sinergia fantástica para ellos y terrible para nosotros

El libro está dividido en tres grandes bloques. El primero son columnas sobre lo que estamos hablando hasta ahora, mientras que el tercero es una defensa del poder del arte precisamente en estos tiempos desconcertantes.

Esa sección está diseñada muy conscientemente para defender la idea de que en tiempos convulsos, y el nuestro lo es más que ningún otro que yo haya vivido, se produce arte, se producen novelas, películas, pinturas, porque en el arte encontramos los ciudadanos la manera de hacer preguntas que no se están haciendo en otros lugares. Encontramos la manera de hablar de nuestra realidad de una forma más rica que la que propone, no sé, el discurso político, y se descubren cosas que nadie más está contando.

El arte como refugio, vía de escape, apertura de miras, espejo...

Para mí, hoy, una gran novela, una gran película, de alguna manera se contraponen al modelo de existencia ciudadana que plantean las redes sociales, que lo primero que hacen es encerrarnos en burbujas de información y de conocimiento a través de los algoritmos de nuestro perfil, que hacen que tu versión del mundo no coincida con la mía y no veamos la misma realidad. Eso dificulta enormemente el comportamiento democrático, las negociaciones ciudadanas, y genera lo que estamos viendo. El arte es un antídoto contra eso porque lo primero que hace es instalarte en una perspectiva que no es la tuya. Es decir, que durante la lectura de una novela o el tiempo que ves un cuadro, vamos a ver el mundo desde el punto de vista de otro, y eso rompe esa burbuja. Te pone a imaginar el mundo desde los ojos de otro, y eso, en esta época de pequeños narcisismos y fundamentalismos que crean nuestro comportamiento en redes, es más necesario que nunca. 

Uno de los grandes éxitos de esa conjura terrible entre los Trump y los Musk del mundo ha sido inocular en los ciudadanos la desconfianza en el periodismo

Eso me lleva al concepto que plantea para tratar de explicar nuestro presente: la ruptura de la realidad común.

La mentira política siempre ha estado ahí, las campañas de propaganda enormes siempre han estado ahí, no puedes haber estudiado un poco a Hitler y a Stalin sin darte cuenta de eso. Pero lo que está pasando ahora es de otra dimensión. Por primera vez, el relato que recibimos de la realidad que vemos, en la que vivimos, no coincide para nada con la que ve el otro. Uno de los pioneros de las nuevas tecnologías en los años noventa, que luego se ha convertido en uno de sus críticos más fuertes, Jaron Lanier, decía que lo que nos pasa ahora es como si a cada uno de nosotros, al consultar el mismo artículo de Wikipedia, nos llegara una versión distinta. Eso es lo que nos está pasando, realmente estamos viendo realidades distintas. Esa ruptura de la realidad compartida es tremendamente preocupante y solo se va a ampliar con la inteligencia artificial. 

Nos falta el segundo bloque del libro, dedicado a la memoria y la violencia, en un momento en el que también se quiere manipular y reescribir la Historia. Y ahí aparece de nuevo el columnista para dejar constancia de lo que ha visto.

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Nuestra relación con el pasado me ha obsesionado en todas mis novelas también. Pero, como periodista, lo que estoy viendo en América Latina en particular es una especie de intento más o menos explícito, pero siempre existente, por volver a contar de una manera editada y distorsionada nuestro pasado reciente. Hoy, de una manera muy grosera, en América Latina los países se dividen entre los que están intentando lavarles la cara o son herederos de las dictaduras militares y, por otro lado, los herederos de las utopías fracasadas del socialismo latinoamericano. Es como si volviéramos a la misma disyuntiva de la Guerra Fría, que era, como dice Vargas Llosa, sables y utopías. Es como si en la desmemoria, la desgana para recordar o la facilidad con la que nos entregamos a los relatos oficiales, nos estuvieran constantemente cambiando el pasado. Y cuando una sociedad deja que le cambien el pasado, se expone a riesgos muy grandes. Es lo que decía Orwell en 1984: quien controla el pasado, controla el futuro, quien controla el presente, controla el pasado. Hoy estamos viendo eso, una gente que está tratando de contarnos que nuestro pasado fue uno, de imponer una versión monolítica sobre nuestro pasado colectivo, porque sabe que esa es la mejor manera de llevar al país en una dirección determinada.

Llegados a este punto, el periodismo 'tradicional', lo que quiera que sea eso, ¿qué papel tiene?

Uno de los grandes éxitos de esa conjura terrible entre los Trump y los Musk del mundo ha sido inocular en los ciudadanos la desconfianza en el periodismo. Por eso muchos de los artículos del libro son una defensa del periodismo, ese que llamas tradicional. El libro termina con una defensa del periodismo tal y como lo entendemos y un cuestionamiento y un ataque a esa tontería de Musk, que quiere convencer a la gente de que todo el mundo es periodista, de que ellos son los medios, porque esa no es más que otra manera de minar la credibilidad y la confianza del ciudadano del periodismo. Pero yo creo que el periodismo responsable, bien hecho, con una deontología y una ética, es la única resistencia significativa que se le puede presentar a esta conjura, a los autócratas unidos a las plataformas para controlarlo todo. Nuestra libertad se está jugando en el periodismo que denuncia los excesos de Trump o de Milei, que denuncia las mentiras y la desinformación de Musk y de Zuckerberg. Si los ciudadanos no entendemos que eso es digno de nuestra defensa, nos mereceremos el fracaso. 

"El periodismo responsable, bien hecho, con una deontología y una ética, es la única resistencia significativa que se le puede presentar a la conjura de los autócratas unidos a las plataformas para controlarlo todo". Esta defensa a ultranza del oficio periodístico está en el núcleo mismo de Esto ha sucedido (Alfaguara, 2026), el volumen en el que Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) reúne las columnas de opinión que ha venido publicando en el diario El País durante el último lustro y que le han reafirmado como un "pesimista con carnet", como él msimo se define en este encuentro con infoLibre que arranca tal que así.

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