Lo que aprendí de tus árboles

Fernando Jaén

El magisterio de los árboles – Javier Gilabert

Editorial Renacimiento / Espuela de Plata. Sevilla. 2026

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La poesía, cuando es honesta, no necesita disfrazarse de nada. No necesita el artefacto ni la oscuridad prestada. Le basta con mirar bien las cosas, nombrarlas con precisión y confiar en que el lector reconozca en esa mirada algo que también le pertenece. Esta convicción de que la poesía es un espacio de complicidad entre quienes comparten una misma experiencia es lo que sostiene El magisterio de los árboles, tercer poemario en solitario de Javier Gilabert, ganador del XXXI Certamen de Letras Hispánicas Rafael de Cózar de la Universidad de Sevilla, y publicado este año 2026 por la Editorial Renacimiento (Espuela de Plata).

El libro se abre con una dedicatoria que ya es una declaración poética: A mis amigos. No al padre, cuya muerte recorre el libro de principio a fin. A los amigos. Hay en esa elección una ética implícita que atraviesa cada página: la vida. Cuando el duelo la sacude, no se sostiene en abstracciones sino en presencias concretas, en quienes cuidan sin pregonarlo. Varios poemas llevan además la firma “con” alguien —Xavier Rodríguez Ruera, Tomás Hernández Molina, Álvaro García o Marcos Díez—, como un recordatorio de que los poemas nacen en conversación con otros poetas, en la huella que han ido dejando en el autor.

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El volumen se divide en dos partes. La primera, El primer árbol, se adentra en el duelo con la contención y la exactitud que distinguen a un poeta maduro de quien aún confunde el sentimiento con el sentimentalismo. Hay aquí algo que se reconoce en escritores anglosajones como Philip Larkin o Seamus Heaney: la capacidad de decirlo todo a través de un objeto, de concentrar el peso de una pérdida en algo tangible, en algo tan sencillo como una cazadora rescatada del armario. Cogí una cazadora de su armario, / la que llevaba puesta en esa foto. / Delante del espejo / sólo vi la tristeza de mi madre, / el resto de su vida, / la vasta soledad de lo que permanece. Una prenda. Un espejo. Y en ese reflejo, el duelo entero de una familia. No es poca cosa para tan pocos versos. El poema No me olvides —dedicado al padre— lleva esa honestidad hasta su consecuencia más dura: No logro recrear en mi memoria / ninguna imagen cierta de tu aspecto. / Si acaso, una intuición, apenas un esbozo / del hombre, de la voz, de la mirada. El recuerdo se borra. La cara del padre empieza a disolverse en la bruma, y el poeta no finge que no es así. La elegía clásica suele construir monumentos a los muertos, pero Gilabert prefiere decir la verdad que reside en los vivos: que el tiempo nos roba también la imagen de quienes amamos, y que eso duele de una manera para la que no tenemos nombre.

La segunda parte, El magisterio de los árboles, desplaza el foco del duelo hacia el cuidado. Gilabert cultiva bonsáis —experiencia real que la escritura convierte en metáfora exacta—, y en esa práctica encuentra la imagen más precisa de lo que el libro quiere decir. Heaney escribió sobre el trabajo de su padre con la azada y lo convirtió en una reflexión sobre la herencia y la transmisión. Gilabert hace lo mismo con la tijera de podar: la forma original de cada árbol / tan sólo el árbol puede definirla. / Entonces corresponde al jardinero / buscarla con paciencia, traducir el lenguaje / que solamente puede ser oído / a golpe de silencio y de tijera. La buena educación, como la buena poesía, no impone una forma desde fuera, sino que escucha la forma que ya está dentro y le permite aflorar con franqueza.

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Hay en el libro un poema en el que merece la pena detenerme: Dignidad. Dedicado a los contertulianos “del tonel” (un heterodoxo grupo de amigos que se reúnen en torno a un barril para disfrutar de las conversaciones que el vino propicia), habla de los árboles que se marchitan y de la negativa del poeta a darlos por muertos antes de tiempo. Los he visto secarse en apariencia / y al cabo de los meses, rebrotar. / Es lo más parecido a los milagros. Este poema tiene un antecedente silencioso en Olivo, de la primera sección, donde un árbol encontrado en la basura, desahuciado y casi muerto, es rescatado con paciencia hasta que pequeñísimos brotes / dieron paso a la vida. El olivo y el enebro de Dignidad son la misma historia contada dos veces: la historia de quien no abandona lo que los demás han abandonado, de quien rasca con paciencia la corteza para comprobar si aún late la savia. No es difícil ver en ese gesto una ética que va mucho más allá de la jardinería.

Ted Hughes convirtió los animales y las plantas en espejos donde la vida y la muerte se miran sin parpadear. Gilabert trabaja en esa misma veta cuando escribe Estelas: Al volar, cada pájaro / va dejando una estela / que atrae levemente al que le sigue. / Es como abrir caminos en el aire. / Los padres, sin saberlo, / tratamos de imitar / esa costumbre. Sin saberlo. Ahí está la clave del libro entero: la transmisión inconsciente, el rastro que se deja sin proponérselo, la sombra que se da sin saber que se da. El padre que fue un árbol sin conocer que lo era.

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El libro cierra con La ceniza que seremos, bajo un epígrafe de Valente: El árbol que ahora somos / no es más que la ceniza que seremos. Es un final sin consuelo fácil. La aceptación que propone Gilabert no es resignación sino comprensión. Somos árboles en crecimiento, y lo que importa no es lo que queda de nosotros sino lo que entregamos mientras estuvimos.

La poesía española necesita voces así: formales sin ser academicistas, cercanas sin ser condescendientes, capaces de hablar de la muerte con la misma naturalidad con que se habla de un olivo rescatado de la basura. Javier Gilabert lleva años construyendo esa voz en silencio, sin aspavientos, a golpe de cariño y de tijera. Este libro es el resultado más logrado de ese trabajo.

*Fernando Jaén es médico y poeta. Su último libro publicado es 'La palabra del ciervo' (Sonámbulos Ediciones, 2022). 

El magisterio de los árboles – Javier Gilabert

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