Para la posteridad ha quedado el relato fijado por los vencedores de una victoria militar aplastante en el frente. Y, aun siendo cierta esa superioridad de los sublevados, en el desenlace final de la Guerra Civil influyeron otros muchos factores que hasta ahora habían permanecido ocultos. Porque la caída final de la Segunda República fue el resultado de una operación de inteligencia secreta cuidadosamente dirigida desde el Cuartel General del Generalísimo, donde el Servicio de Información y Policía Militar (SIPM) controló la propaganda, la diplomacia y la descomposición del enemigo desde dentro.
Frente al relato tradicional de traiciones y caos, el historiador Gutmaro Gómez Bravo reconstruye esta decisiva y hasta ahora desconocida operación de inteligencia planificada hasta el último detalle. Esa es la gran aportación de Cómo terminó la Guerra Civil española (Crítica, 2026), una investigación de más de siete años en la que el autor ha tenido acceso a documentación inédita procedente del servicio de espionaje franquista, lo que le ha permitido reconstruir con detalle una estrategia de inteligencia que fue tan decisiva como las operaciones militares.
"Realmente hubo muchos contactos, hubo una rendición ordenada que luego pasaron a ocultar para que pareciera una victoria militar aplastante. Pero sí que existieron", remarca Gómez Bravo a infoLibre, explicando que la victoria franquista se preparó entre la ocupación de Barcelona y la rendición de Madrid. Es así como este libro, gracias al acceso a fuentes documentales inéditas, replantea por completo los últimos meses del conflicto y ofrece una nueva interpretación del nacimiento de la dictadura franquista, pues en esa ocultación de contactos y manejo avanzado de la información es donde nace la figura de un Franco magnánimo que "concede el perdón" desde su triunfo. "Pero nada más lejos de la realidad", puntualiza.
La Guerra Civil podría haber terminado antes del 1 de abril de 1939, en definitiva, pero los sublevados "dejaron que siguiera hasta que consiguieron que el final fuera como ellos querían". "Podía haber acabado en la nochebuena de 1938 con la mediación del Vaticano, que busca un armisticio para suspender las hostilidades con el visto bueno de Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Pero Franco rompe todos esos intentos de mediación, no de manera frontal, sino a través de la diplomacia, controlada por el ejército, contando también con los italianos y jugando con el cansancio de la gente", explica.
Y continúa el autor: "Ellos tienen muchísimos informes de la situación de la población, que lleva mil días de guerra y está hastiada y pasa hambre. A partir de ese momento empiezan a lanzar mensajes de que eso se va a terminar y no va a pasar nada. Entonces, claro, la gente ya psicológicamente está rota, quiere rendirse, quiere que eso acabe. Ya le da igual si es con condiciones o sin condiciones. Negrín estaba encantado con esa mediación internacional porque les daba garantías de ser tratados como exigía la Convención de Ginebra, pero los franquistas empiezan una operación para ocultar e interrumpir esos contactos. Contando también con Acción Católica, que está en territorio republicano con personajes muy influyentes".
Habíamos dado por supuesta toda la victoria gracias al préstamo alemán de armamento y apoyo, y nunca habíamos pensado, o no habíamos trabajado tan bien la parte de inteligencia, que es fundamental
Es decir, los sublevados "mueven a todos sus sectores internos y externos" para alargar la guerra, aprovechándose del cansancio de la población y los deseos de una salida con garantías de los republicanos, para que "la victoria sea finalmente la que conocemos, una victoria militar más o menos aplastante". Otra fecha importante es el 2 de marzo, cuando "el propio Franco plantea que haya una reunión ya con los republicanos para terminar el asunto, pero finalmente se echa para atrás porque los republicanos quieren enviar políticos". "Y él no quiere que nada parezca una negociación política o que él ha pactado con políticos", apostilla, todavía rematando: "Llegado el momento, después, tapan todas esas negociaciones con los republicanos, esa información que tienen, esa negociación para rendir a toda la población. Lo ocultan y solo queda la propaganda de la victoria aplastante".
Y es que el bando nacional disponía de mucha información del bando republicano, que no tenía ni idea de que estaba siendo monitorizado y casi diríase que dirigido sin darse cuenta hacia la solución final ideada por Franco. Un desenlace "planificado, en absoluto fruto del azar, como tampoco la posguerra lo fue", destaca Gómez Bravo, quien pone el foco en este libro en todo ese trabajo de inteligencia y de despachos que hasta ahora no se conocía.
La historia de los vencedores tiene muchos más matices
Sí se conocía la colaboración de la Alemania de Hitler, pero no al detalle: "Ese apoyo siempre lo hemos visto en la aviación o el armamento, como el de Italia. Pero el apoyo alemán sobre todo es logística, información, la máquina de cifrado, las tácticas distintas de funciones militares policiales. Esos son los alemanes ya de la Segunda Guerra Mundial. Habíamos dado por supuesta toda la victoria gracias al préstamo alemán de armamento y de apoyo, y nunca habíamos pensado, o no habíamos trabajado tan bien la parte de inteligencia, que es fundamental".
De esta manera, los franquistas consiguieron intervenir las comunicaciones republicanas en una labor de "contraespionaje" avanzada para su tiempo que les permitió jugar con las "cartas marcadas" hasta el punto de lograr los mapas de las posiciones que aún quedaban por conquistar, principalmente tras la batalla del Ebro de noviembre de 1938. Esos son meses en los que el ejército sublevado mina la moral de las filas enemigas, promoviendo incluso la división interna en un momento en el que cada vez era más difícil resistir, y con la población ya más que superada por tantos meses de guerra.
No tenemos ni idea, en realidad, de un montón de cosas todavía
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"Yo me he hinchado a transcribir transcripciones de conversaciones por radio, valga la redundancia", comenta el historiador, que publica en este libro multitud de documentos hasta ahora desconocidos. "Nosotros dependemos de lo que el Ministerio de Defensa desclasifica y luego cataloga", explica. "Vamos muy por detrás, pero somos una generación de historiadores que viajamos o hemos trabajado fuera. Por ejemplo, hay mucha documentación de la Guerra Civil en la parte que yo he trabajado en los campos de concentración en Alemania. Los alemanes tienen todo esto muy accesible, mucho más que nosotros, lo puede ver cualquier ciudadano", destaca.
La parte nuclear de la investigación son documentos del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), que estaba dentro del Cuartel General de Franco y fue transferido en 2020 por el Ministerio de Defensa al Archivo General Militar de Ávila. "Luego lo que tienen alemanes e italianos te permite conectar la parte diplomática", detalla, añadiendo también la importancia de la desclasificación en el mismo año 2020 de los "papeles de los republicanos en el exilio, que están en el Histórico Nacional".
Gómez Bravo concluye que, en definitiva, "la historia de los vencedores tiene muchos más matices" de la que ha llegado hasta nuestros días. "Pero ellos generaron muchísima documentación de lo que hablan con los vencidos", remarca, explicando que luego lo tapan todo, incluso a los que desde su propio bando trabajaron con los republicanos, porque eso "no interesa para la posteridad". "¿Qué se impone luego? La visión falangista de cómo rindieron Madrid, mientras esta versión de los contactos en Madrid, Valencia o Barcelona queda disuelta", subraya, antes de rematar: "No tenemos ni idea, en realidad, de un montón de cosas todavía".
Para la posteridad ha quedado el relato fijado por los vencedores de una victoria militar aplastante en el frente. Y, aun siendo cierta esa superioridad de los sublevados, en el desenlace final de la Guerra Civil influyeron otros muchos factores que hasta ahora habían permanecido ocultos. Porque la caída final de la Segunda República fue el resultado de una operación de inteligencia secreta cuidadosamente dirigida desde el Cuartel General del Generalísimo, donde el Servicio de Información y Policía Militar (SIPM) controló la propaganda, la diplomacia y la descomposición del enemigo desde dentro.