Jauría en una noche de verano

Violación. Una historia de amor

Joyce Carol Oates

Contraseña editorial (2022)

Tomo por el camino por donde / asidua va en cólera la sombra

Ida Vitale

Parece de ahora y es de hace muchos años. Casi veinte. De la primera edición en castellano también hace mucho tiempo: Papel de Liar, creo que de 2011. Ahora llega una nueva versión en esa cuidadosa editorial que es Contraseña. Y digo cuidadosa porque es un gozo tocar sus libros, mirarlos con una miaja de tembleque por si manchas la limpieza exquisita de sus cubiertas, rozar las páginas apenas para que la lectura no sea a picotazo limpio, como pasa a veces con otra clase de papel que es como una lija que deja raspaduras en los dedos. Acostumbra Joyce Carol Oates a escribir novelas gordas. Son las más numerosas entre su larguísima lista de escrituras. Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, escribe novelas como Violación. Una historia de amor.

A mí me gustan los libros de pocas páginas. Muchos de los libros gordos se van por las ramas y para decir por ejemplo "nos vemos mañana a eso de las nueve" nos castigan con el parte meteorológico de ese día y las dos semanas siguientes y con el millón de posibilidades de que el tiempo (la cita "a eso de las nueve") se alargue más que el que provocó en Proust los seis lentísimos tomos que siguieron a Por el camino de Swann. El caso es que escribir muchas o pocas páginas no es lo principal. Lo principal es que la novela se ajuste en su totalidad a lo que cuenta. Que no se vaya por las ramas y que no vuele a ras de suelo, como un pobre pájaro abatido (ave, no pájaro, dice que hay que decir ese escritor grande y amigo que es Ferrer Lerín), hasta confundirse con la superficie plana de lo inútil.

Los títulos son fundamentales para que desde el mismo comienzo un libro te lleve por donde te ha de llevar sin trampas intermedias. Hay, en este prodigioso de Joyce Carol Oates, dos historias: una muy a la vista y otra medio escondida en la primera. La muy a la vista provoca escalofríos. Miren las primeras líneas: "Después de que la violaran en grupo, le dieron de golpes y de patadas, y la dejaron medio muerta en el mugriento suelo de la caseta para las barcas del parque de Rocky Point. Después de que la arrastraran hasta la caseta los cinco borrachos —si es que no fueron seis o siete— y de que su hija de doce años les gritara: 'Dejadnos! ¡No nos hagáis nada! ¡Por favor, no nos hagáis nada!'…". El grupo de violadores. La Manada. ¿Les suena? Los grandes libros van por delante siempre, como los Beatles iban por delante también siempre, digan lo que digan los partidarios de los Stones (otro día ya discutimos sobre eso, ¿vale?). Es imposible leer las páginas rabiosamente insoportables de esta novela y que no te venga a la cabeza la monstruosidad de esos canallas que ahora mismo y en formato jauría destruyen no sólo el cuerpo sino la vida entera de una mujer. Entonces, cuando el tiempo en que sucede la historia, no había móviles. Pero todo lo demás es lo mismo que ahora. Y las páginas de esta novela son el mejor móvil que podemos usar, no para divertirnos como hace la jauría en los tiempos actuales, sino para que el horror no nos pase de largo.

La madrugada del 4 al 5 de julio de 1996, fiesta grande en EEUU, Teena Maguire, de treinta y cinco años, y su hija Bethie, de doce, regresan a casa por el parque de Rocky Point, en la ciudad de Niagara Falls. Vienen de una fiesta organizada por Ray Casey, que está enamorado de la mujer. Es entonces cuando se les acercan los jóvenes, vecinos de la misma ciudad, del mismo barrio, vidas marcadas por un tiempo desalmado. Al principio puede parecer —y lo parece— que sea esa circunstancia última una especie de atenuante. Las drogas consumidas, la borrachera… Para nada es eso, absolutamente para nada. Imposible, ya lo dije, soportar la crueldad de tanta violencia desatada contra la madre y la hija. No se extiende la escritora en detalles superfluos. Va al grano. Lo que hay que decir, se dice. Y punto. Ninguna floritura. Una prosa que aturde en su más que inquietante sequedad. Luego, lo que vendrá después de esa madrugada, será lo peor. Las habladurías de la gente: lo tenía merecido, la mujer. Por vestir como vestía, por ir con su hija a esas horas intempestivas por la calle, por salir con más hombres que para una mujer decente sería la escrupulosa norma de conducta. Y el juicio. Esa justicia que se pone de parte del verdugo, que añade la humillación pública al sufrimiento de la víctima en esa oscuridad que protege —hasta la desidentificación— a los agresores.

La otra historia surge de otra voz. Lo mismo de seca que si saliera de un relato policial. Precisamente la voz de un policía, John Dromoor, que estuvo en la Guerra del Golfo, cuando aquella infame Tormenta del Desierto. Llega también de otra oscuridad, la que se alimenta de esa muerte violenta que no es sólo la del otro sino también la de uno mismo. Puede parecer un Harry el Sucio en plan ternura. Pero no lo es. Encuentra a la niña acurrucada en un rincón del miedo, la noche de la violación grupal. Esa imagen lo marcará para siempre. Y despertará en Bethie ese primer amor que también la marcará —como un sueño tranquilo, a pesar del daño sufrido— para siempre. La belleza y el horror que escribía Rilke. Nada le falta ni le sobra a esta novela hermosa, dura como los golpes de la manada y como la mierda de justicia que se ampara en las reglas de una sociedad que estrecha el cerco contra las dos mujeres: "La verdad no es la única atracción, ni tampoco la más poderosa". Aquí, allí, en todas partes. La víctima que se merecía el castigo atroz a que la sometieron sus verdugos. La infancia de Bethie, que se acabó para siempre. Esa voz anónima que se dirige a la niña en muchos capítulos del libro, ahora cuando le habla de su madre: "Cómo se decide una vida. Cómo acaba una vida. Buena suerte, mala suerte. Pura suerte". El regreso a casa por el parque de Rocky Point una noche aciaga. No es el azar, que tantas veces decide tantas cosas. La manada estaba allí, al acecho, nada es improvisado. La buena o mala suerte de las dos mujeres la deciden ellos, los malditos emboscados en las sombras de la noche para producir el daño. Para Teena Maguire y su hija Bethie esa noche se parecerá a la "última hoja en el anuario", como escribía Anne Sexton. Sobreviven. Buscan sitios y gente diferentes donde poder vivir lejos del horror. Lejos ya los días en que la niña no podía abandonar el recuerdo de aquella noche, encogida sobre sus rodillas cuando la encontraron John Dromoor y su compañero Artie Zwaaf. Aquellos días en que sólo repetía: "Tengo mucho miedo, abuela", y tardarían mucho, aquellos días y el miedo, en desaparecer de su vida. La madre, Teena Maguire, también alejada de la humillación del juicio y las acusaciones de un vecindario —aunque no todo— cómplice de la jauría y sus familias protectoras.

No hay finales estrictamente felices o infelices. Tampoco en esta novela escrita como un trallazo de luz sobre las sombras. Ya dije antes que sin esa artificiosidad que arruinaría la moral de lo que escribe la gran autora estadounidense. Sin adornos ni vacilaciones a la hora de establecer el tono del relato. Simplemente, Joyce Carol Oates cuenta una historia de amor en medio del horror. O al revés. En todo caso, resulta difícil, a pesar de saber que la supervivencia de las dos mujeres es más o menos felizmente posible, no regresar a ese primer párrafo de la novela que ya escribí en estas líneas, un poco más arriba: "Después de que la violaran en grupo, le dieron de golpes y de patadas, y la dejaron medio muerta en el mugriento suelo de la caseta para las barcas del parque de Rocky Point…". Parece de ahora, esa escritura. Pero viene de hace casi veinte años. Ya saben: las buenas novelas van siempre por delante. Y el horror que se cuenta en Violación. Una historia de amor no es de ahora, desgraciadamente, ni tiene, al menos por ahora, fecha de caducidad. Ojalá la tuviera, y más pronto que tarde. Pero qué quieren ustedes que les diga…  

Alfons Cervera es escritor. Su último libro es Algo personal (Piel de Zapa, 2021).

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