Los diablos azules

Jorge Galán: "Tanta impunidad ha derrotado a El Salvador"

El escritor salvadoreño Jorge Galán en la presentación de 'Noviembre'.

Jesús García Sánchez (Chus Visor)

El escritor Jorge Galán (San Salvador, El Salvador, 1973), tuvo que exiliarse a España después de ser amenazado tras la publicación de su novela Jorge Galánser amenazadoNoviembre. El libro era un relato en torno al asesinato de los seis jesuitas y sus dos colaboradoras que dio la vuelta al mundo en 1989. Aunque el Gobierno cargó la culpa sobre la guerrilla del FMLN, más tarde saldría a la luz la participación de los militares, aunque los autores materiales finalmente fueron amnistiados. Una entrevista al entonces presidente Alfredo Cristiani desvelaba en la novela nuevas informaciones sobre los autores intelectuales. Galán reside en España desde 2015. asesinato de los seis jesuitas y sus dos colaboradorasreside en España

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Pregunta. Dentro de tu vocación literaria, muy marcada e imaginativa desde hace años, me interesa preguntarte por las razones que te llevan a elegir el asesinato de los jesuitas españoles como asunto central de una novela.

Respuesta. Por varias razones. La muerte de los jesuitas cambió la historia reciente de mi país, su asesinato allanó el camino por el que se obtuvo el fin de doce años de guerra. El ejército, que fue el culpable del crimen, tuvo que ceder ante la presión internacional, y los acuerdos fueron posibles. Otra razón es que los jesuitas me permitían hablar también de Monseñor Romero y de Rutilio Grande, otros dos mártires de mi país, porque estaban conectados. Una tercera era que quería hablar sobre la impunidad, que es un lastre que llevamos cargando, como nación, en todo el siglo XX. Otra más, que la figura de Ellacuría había causado en mí una enorme impresión desde mis primeros años en la universidad jesuita de San Salvador. Aunque entré dos años después de su muerte, aquel hombre era omnipresente, su figura era simplemente apabullante. Permanecía como un maestro y un profeta. Luego, hay razones más sentimentales, como el hecho de que estos hombres, eminentes todos, quisieran permanecer en El Salvador, un lugar recóndito, sumido en la pobreza, en guerra, un sitio que asesinaba a sus religiosos, cuando podían haber estado en cualquier universidad del mundo. Ese sacrificio real, tan humano, era a la vez inexplicable y conmovedor. Y quizá, por último, quería que volvieran a ser hombres, existieran en este presente, que se alejaran del olvido. Puede ser, esta última, una ingenua razón, pero no por ello menos valiosa en mi deseo.

 

P. ¿Qué significa para un salvadoreño de tu edad la memoria de Monseñor Romero? ¿Qué importancia le das al recuerdo de su asesinato y los sucesos de su entierro?

R. Seas o no religioso, Monseñor representa algo para alguien de mi país, una figura a la que mirar cuando se alza la vista. Un profeta del siglo XX y el XXI. Su transformación nos dice algo sobre lo que debe ser un hombre verdadero. Era muy niño cuando murió, así que no significó demasiado en ese momento, pero recuerdo el día de su entierro de manera muy vívida. Aquella mañana, mi abuelo había salido de casa para dirigirse a catedral a presenciar el acto. Cerca del mediodía, o eso creo recordar, se escucharon los primeros disparos. Pronto, las noticias de la radio empezaron a dar cuenta de lo que sucedía en el centro de San Salvador: soldados apostados en los edificios aledaños a la catedral, masacraban a los asistentes al sepelio. Con mi abuela y mi madre y mis tíos, salimos a la calle a esperar a mi abuelo. Nadie sabía qué hacer, no podíamos ir a buscarlo, lo único era salir a la puerta de la casa y mirar hacia al norte, hacia la calle donde debía aparecer. Fueron unos minutos llenos de angustia. Y los recuerdo por eso. Por suerte, apareció. Esa tarde y esa noche hablamos en voz baja, o permanecimos en silencio viendo la televisión. Aún se pueden ver esas imágenes, y no deja de ser terrible y conmovedor.

P. La palabra impunidad. ¿Puede un país fundarse en la impunidad? Aunque los asesinos de campesinos, sacerdotes, jóvenes… queden libres, ¿la historia pasa factura a una sociedad a la hora de imaginar un futuro?

R. Tenemos una sociedad destruida en muchos sentidos, no solo económicamente, ese solo es el inicio. Somos como los Hombres huecos del poema de T.S. Eliot. No tenemos esperanza. Todos queremos marcharnos, y marcharnos significa huir. ¿Por qué? Tenemos más muertos por día que cuando estábamos en guerra. Hemos llegado a tener hasta 51, un jueves nefasto. No se puede vivir así. Esa es la factura que nos pasa la historia, tanta impunidad nos ha derrotado, vivimos en medio del odio más atroz. Y por ello es difícil explicar cómo, aun con ese panorama, la gente común, las que van a sus trabajos cada día, siguen teniendo la fuerza para vivir, para criar a sus hijos, para intentar tener un futuro, y siguen siendo amorosos y solidarios. Hay, en el fondo, un espíritu formidable que permanece. Estamos demasiado abandonados por el resto del mundo. Y eso debería cambiar. ¿Acaso no nos merecemos una oportunidad?

P. ¿Qué se siente cuando se tiene la oportunidad de conversar con un personaje como el expresidente Cristiani? ¿Grabaste la conversación?

R. Grabé la conversación. Y él respondió a todo lo que le pregunté. Sobre qué se siente, primero, sorpresa de que aceptara la entrevista. Era un tema muy complicado el de la muerte de los jesuitas, sucedió bajo su mandato, y él nunca antes había querido hablar del tema. Y bien, llegué a verlo lleno de curiosidad, y tratando, a la vez, de que esa curiosidad no me dominara por completo, tratando de ser comedido y realizar las preguntas correctas.

P. Otras palabras: el desarraigo, el exilio, la identidad, la confusión. ¿Cuándo uno se ve obligado a abandonar su tierra tarda mucho en orientarse dentro de una tierra nueva?

R. Muchísimo. O así me parece a mí. Y eso que España era un país conocido, lleno de buenos amigos, pero es inevitable no sentirse perdido, no sumirse en la extrañeza. Me hacía falta todo de mi país, no solo mi familia. Me hacían falta los árboles, el volcán dominando la ciudad, el cielo estrellado a las seis de la tarde, el olor de la comida, la comida misma, y el sonido de su oscuridad, llena de grillos. Por maravillosa que sea la ciudad donde te encuentras, al final del día, siempre quieres volver a casa. Y yo no podía, y eso es desolador.

P. Los poemas de Medianoche del mundo son una respuesta a la situación provocada por el desarraigo. ¿Dan sólo testimonio de la confusión o el vacío o intenta buscar un nuevo sentido, una orientación personal posible?Medianoche del mundo

R. Esos poemas los escribí porque no podía hacer otra cosa. Tenía que contarme a mí mismo lo que sucedía. Todo era un motivo. Todo me provocaba un poema. A la vez, quería explicarme la violencia, el odio, el día a día de mi país. Por ello es un libro tan sombrío, tan lleno de una tristeza infinita. No buscaba un nuevo sentido, solo era un río desbordado.

P. ¿Has recordado en estos momentos la desorientación íntima que pudo sentir Federico García Lorca en Poeta en Nueva York?Poeta en Nueva York

R. Curiosamente, he vuelto a Poeta en Nueva York este último año. Hace mucho no leía esos poemas, y no es que pensara leerlos porque me sintiera identificado con la experiencia de Lorca en Estados Unidos, ni porque creía que debían decirme algo de mi propia situación, es decir, no tenía esas reflexiones en mi mente, no fue una decisión consciente volver a ese libro, solo lo hice sin saberlo, como un deseo, como el deseo de un hombre cuando sale de casa y necesita ir a un lugar determinado, sin saber exactamente por qué, y en el lugar encuentra algo que ni siquiera sabía que buscaba.

P. No sé si eres persona religiosa, pero las referencias bíblicas tienen un papel importante en tu libro. ¿Intentas buscar en la raíz del ser humano, de su historia?

R. La raíz religiosa en mi país es profunda, mi abuelo, por ejemplo, iba a misa todos los días, mi abuela, por su parte, rezaba un rosario cada día. Crecí en una casa llena de libros de pintura y figuras religiosas, donde se mezclaban el olor al óleo y al incienso. El humo de las candelas encendidas frente a la figura de San Antonio, se unía con el del guiso en la cocina. Cuando he escrito libros que hablan sobre mi tierra, trato que esa significación religiosa se vea reflejada. Los hombres y mujeres de esa región del mundo, también deben explicarse a través de su religión, de las maneras de vivir o negar su cristianismo.

P. ¿Qué valor tiene la solidaridad? ¿Te has sentido apoyado en España?

R. En España me he sentido más que apoyado. Son demasiadas gentes las que han estado conmigo, voy a llamar a algunos por sus nombres: Fernando, Luis, Almudena, Chus, Miguel, Dani, Tito, Alberto, Jose, Buyo, Antonio M., Snow, Lourdes, Marisol, en fin. Podría llenar la página con nombres de personas que han sido más que solidarias, que han sido una familia. Eso te cambia. Te muestra un aspecto de la vida que no conocías.

P. ¿Y el valor de los premios literarios? ¿Cómo has sentido la oportunidad de recibir este año el Premio de la Real Academia Española por tu novela Noviembre (Tusquets) y el Premio Casa de América de Poesía por Medianoche en el mundo (Visor)?NoviembreMedianoche en el mundo

R. El pasado octubre ha sido uno de los meses más significativos de mi vida, pues ambos premios llegaron entonces. Fueron un alivio y una alegría, sobre todo porque los recibí por esos libros. No digo que no me hubiera alegrado de haberlos recibido por otros escritos, pero precisamente Noviembre y Medianoche del mundo tenían para mí un significado de otra índole, y que se destacaran fue algo demasiado valioso. Algo que agradezco profundamente.

*Jesús García Sánchez es editor de Visor. Jesús García Sánchez

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