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Los diablos azules

Julio Rodríguez Puértolas o la literatura como diálogo con el mundo y la historia

El crítico e historiador de la literatura Julio Rodríguez Puértolas.

Matías Escalera Cordero

Hace unas semanas murió Julio Rodríguez Puértolas. A muchos de ustedes no les dirá, quizás, nada, o poco, su nombre, pero nos ha dejado uno de los baluartes de la crítica literaria social y materialista de la universidad española, discípulo de don Américo Castro; profesor en Estados Unido, durante los años sesenta, y catedrático de literatura, luego, en la Universidad Autónoma de Madrid durante los años setenta, ochenta y noventa, hasta su labor emérita en las primeras décadas de este siglo como coordinador y alma de los simposios anuales sobre la cultura durante la II República, que tienen lugar en la UAM cada primavera…

Fue coautor, junto con Iris Zavala y Blanco Aguinaga, de la mítica Historia social de la literatura española (en lengua castellana), de Castalia, años más tarde reeditada por Akal, que sacudió los vetustos cimientos positivistas e idealistas de la crítica literaria universitaria de este país durante la Transición y que tanto nos influyó a los jóvenes estudiantes de Filología de entonces, y de generaciones posteriores, a pesar de sufrir el ninguneo y el desprecio ignorante de los poderes constituidos dentro de nuestras mortecinas facultades… Aún recuerdo, cuando salió su primera edición, lo que se decía en las aulas sobre esa extraordinaria obra, descalificándola por ser más sociología e historia social y política que literatura; como si la literatura pudiese ser separada de su mundo material e histórico.

No entendían esos profesores anclados en el pasado más rancio, o ligados a las viejas costumbres críticas, o vinculados directamente al Régimen, que justamente eso era lo que nos había dado ese manual, y que eso era lo que nos daba Julio Rodríguez Puértolas en las aulas a sus alumnos más inquietos y ávidos de respuestas sensatas y con sentido. No entendían que él, junto con otros pocos francotiradores, entre los que destacaría luego el gran Juan Carlos Rodríguez, también desaparecido lamentablemente no hace mucho, nos estaban dando un marco de referencia sólido y material para la comprensión y la lectura de los textos literarios, más allá del idealismo impresionista, fundamentado este en una subjetividad variable y sospechosa, o de aquel cansino positivismo decaído que no nos daba respuestas adecuadas a las preguntas esenciales que, curiosos por comprender lo que leíamos, nos planteábamos.

Qué epifanía fue leer los textos fundacionales de nuestra literatura castellana, especialmente los grandes textos del siglo XIV, y principalmente el Libro de buen amor, con él… Qué torrente de sentido, cómo cambiaba todo si considerábamos a esos textos genuinas respuestas a sus mundos y coyunturas históricas concretas… Cómo surgió en mí la certeza entonces de que el Libro del Arcipreste era, sin duda, la protonovela moderna europea, cómo, antes que nadie, Juan Ruiz había poetizado el nacimiento mismo de la ciudad burguesa y del capital en Castilla y en Europa entera; cómo era la primera vez que un sujeto libre se expresaba, desde los comunes, literariamente, sin estar sujeto a ningún vínculo de poder social u órgano dominante, al ser él mismo un disidente de su propio órgano, la Iglesia; y cómo expresaba, por eso, el deseo de vivir plenamente y los obstáculos que se oponen a esa vida libre, tanto en el viejo mundo de los señores feudales como en el nuevo mundo de los príncipes del dinero.

Qué decir de su cautivadora lectura del Romancero tradicional, con sus héroes perdidos en el tránsito de dos mundos, o de La Celestina, la primera obra estrictamente nihilista de la literatura castellana y, tal vez, europea; o esa estimulante lectura del episodio de la bella Marcela en Don Quijote… Y, más tarde, el completo desentrañamiento del Galdós más lúcido y cervantino, o del Clarín más cortante, y cómo la novela se puede convertir en un vehículo esclarecedor del mundo que habitamos…

En fin, son tantos los recuerdos que se me acumulan. No en vano, Julio Rodríguez Puértolas, además de mi maestro, con el tiempo se convirtió en mi amigo; y junto con otros discípulos que llegaron también a ser sus amigos, de las generaciones que sucedieron a la mía —la primera que tuvo la suerte de recibirlo en los albores de los años setenta, en el mejor periodo, acaso, de la universidad española, por su dinamismo y las esperanzas que se concitaban en los campus universitarios de entonces, tan diferentes a los de ahora—, junto con ellos, junto a David Becerra Mayor, por citar a uno de los jóvenes críticos universitarios más prometedores, de la última generación de alumnos suyos, o junto a César de Vicente Hernando, Raquel Arias, Alicia Martínez o Carolina Fernández Cordero, de las generaciones intermedias, reivindico su figura y su magna obra.

En mi caso, además, más allá de la labor crítica, su magisterio me hizo replantearme de arriba abajo mi propia escritura literaria, me obligó a preguntarme en serio por qué escribo, qué escribo y para qué escribo, pero también, y esto es esencial, desde qué posición escribo y si soy plenamente consciente de esa posición desde la que escribo.

En memoria de Iris M. Zavala, intelectual y mujer de fuste

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Así, pues, tanto al maestro como al amigo, muchos lo echamos ya de menos, pero asimismo invitamos a todos los lectores y estudiantes de filología inquietos y curiosos a que se acerquen a su obra y a su legado, pues no les defraudará y les abrirá un nuevo modo de entender la literatura como respuesta material y política, en sentido estricto, al mundo del que nace y surge, no como por magia desligada, sino como diálogo esclarecedor y problemático.

*Matías Escalera Cordero es profesor y escritor. Su último libro, Matías Escalera CorderoDel amor (de los amos) y del poder (de los esclavos) (Amargord, 2016). 

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