Las memorias de Benjamín Prado: 'Qué estoy haciendo aquí'

Alfaguara publica este jueves 28 de mayo Qué estoy haciendo aquí, las memorias de Benjamín Prado, un cruce emocionado de recuerdos y reflexiones marcadas no solo por la rica trayectoria de su autor, sino también por las célebres figuras que se cuelan en sus páginas y el inconmensurable impacto de su huella. ¿Qué habría sido de su carrera si Prado nunca se hubiera encontrado con Alberti en aquel bar de Las Rozas? ¿Y qué habría sido de aquel chaval de diecisiete años si su profesor nunca le hubiera dicho que su deber era escribir poesía? Tal vez el efecto mariposa habría bastado para que ninguna de sus múltiples facetas llegara a desarrollarse.

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Suena descabellado que su amistad con Rafael Alberti pudiera llevarlo a estrechar la mano del mayor de sus ídolos, Bob Dylan; pero las razones del destino son inexplicables. Si bien es cierto que gracias a este vínculo con el poeta pudo codearse con los grandes nombres de la cultura y la literatura hispánicas —entre ellos Octavio Paz, Mario Benedetti, Gabriel García Márquez, Ana María Matute o Mario Vargas Llosa—, Benjamín Prado ha conocido todos los niveles de la vida del escritor en todas sus formas: novelista, letrista, periodista, ensayista, poeta, dramaturgo...

infoLibre adelanta a continuación un fragmento de estas memorias, coincidiendo con el día de su llegada a las librerías.

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Escribir unas memorias te permite recordar anécdotas simpáticas como esa y otras muchas que irán apareciendo por estas páginas, pero tiene un inevitable aroma a despedida y también un ángulo de tristeza: demasiadas amigas y amigos desaparecidos a los que echo muchísimo de menos, gente como Jaime Gil de Biedma, Javier Marías y Octavio Paz, con quienes disfruté y aprendí tanto; o a la que quise de todo corazón y jamás dejaba de visitar cuando iba —muy a menudo— a Barcelona o viajaban ellos a Madrid, como Juan Marsé y Joan Margarit; o íntimos a quienes intentaba cuidar y con los que hablaba prácticamente a diario, de esa manera en que lo hacen los amigos, no porque tengan nada concreto que decirse, sino para comprobar que todo va bien o contarse uno a otro los planes del día, como el propio Rafael Alberti o Ángel González, siempre dispuesto a disfrutar de una última copa que le hiciera exclamar, al levantarse: «¡Vaya por Dios, se me ha subido el alcohol a los pies!». Que ninguno de ellos esté ya aquí ha dejado vacía una gran parte del mundo para mí, y la otra mitad se ha vuelto melancólica. Sin embargo, le doy gracias a la vida por haberme otorgado el privilegio de conocerlos.

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Porque fue así y de forma literal: un grupo de afortunados jóvenes poetas, como Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes y yo mismo, los conocimos muy al comienzo de nuestras carreras literarias y lo hicimos muy de cerca; llegamos a tener con algunos de ellos relaciones estrechas y sostenidas en el tiempo, en las que hubo mucho trato y no fue nada ceremonioso: esos maestros que antes nos parecían tan inalcanzables a los que empezamos a soñar con escribir a finales de los setenta y principios de los años ochenta del siglo xx resultó que eran personas accesibles, que compartían con los jóvenes historias, confidencias y a menudo mesa y mantel, sin dejar en absoluto de ejercer sobre sus discípulos un magisterio amable. No se olvide que cuando los poetas de mi generación empezamos a escribir seguía viva una parte muy importante de la del 27, la llamada Edad de Plata de nuestras letras —e imagínense aquí lo que significa esa medalla de subcampeones si los primeros, el Siglo de Oro, son Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Góngora, Calderón de la Barca...— y que después de haberlos estudiado en el colegio o el instituto, tener sus obras en un altar y considerarlos una especie de personajes mitológicos, uno podía ir a hacerles una visita a sus casas, tener su teléfono apuntado en la agenda, coleccionar sus libros dedicados, sentarse a comer junto a ellos en un restaurante. Era como salir a dar una vuelta después de estudiar Edipo rey y la Orestíada para tu examen de Griego y encontrarte en el bar de la esquina con Sófocles y Esquilo. En mi caso, tuve una relación casi familiar con el mencionado Rafael Alberti, pero también contactos de diferente magnitud con Jorge Guillén, Gerardo Diego, María Teresa León, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, Ernestina de Champourcin, Dámaso Alonso, Rosa Chacel, José Bergamín o Francisco Ayala, con este último bastante extendida, puesto que vivió hasta los ciento tres años.

Por cierto, que el narrador de Muertes de perro, El boxeador y un ángel o Recuerdos y olvidos era un hombre irónico y de una sequedad a menudo desconcertante, quizá debido a la timidez, y dotado de un temperamento peculiar que atribuíamos a su condición de granadino. Le gustaba citarte en su domicilio a la caída de la tarde, para tomar un güisqui y lanzar algunas pullas contra sus colegas y tus amigos, por lo general malvadas y agudas a partes iguales. Hay que añadir, para completar el retrato, que a menudo tenía detalles de humor negro. Cuando estaba a punto de convertirse en una persona centenaria, le envolvía el aura ultraterrena de los supervivientes y se encontraba en la cumbre de su prestigio como intelectual, se habían convocado numerosos actos en su honor para celebrar semejante hazaña biológica. Uno de ellos contaría con la presencia de las máximas autoridades del Estado y el Gobierno, con los presidentes de la Real Academia Española y de casi todas las de Latinoamérica. El lunes de la semana en que iba a tener lugar ese acto solemne, que se celebraría cuatro días después, es decir, el viernes, Luis García Montero y yo estábamos almorzando con él cerca de su piso de la calle del Marqués de Cubas cuando, de pronto, Ayala exclamó: «¡Se me está ocurriendo una broma estupenda!». «¿Y cuál es, Paco?», le pregunté. «¡Morirme el jueves!».

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Esas personas eran excepcionales pero fueron despareciendo igual que todas las demás, porque el reloj no se detiene para nadie, pero nos dieron una lección, tanto en lo personal como en lo profesional, que nos ha influido y encauzado a quienes estuvimos muy próximos a ellos en su última etapa, que además tenía en muchos casos la emoción del regreso, de los reencuentros: sus vidas habían sido mágicas, pero terribles, estaban marcadas en su conjunto por la tragedia de la Guerra Civil; las y los republicanos, por la derrota y por un exilio que duró hasta treinta y ocho años —o cuarenta y cinco, en el caso extremo de la filósofa María Zambrano—; y quienes apoyaron la sublevación militar, por las sospechas que levantaba su innegable connivencia con la dictadura: era muy difícil estar con Luis Rosales sin que asomase en algún momento a la conversación el fantasma de García Lorca, que en 1936 estaba refugiado en su casa cuando le fueron a detener para matarlo. Una vez le oí decir, mientras nos explicaba su lucha a brazo partido contra varios de sus compañeros de la RAE, sobre todo con Camilo José Cela, para que no se dejase a Alberti, como aquellos querían, sin el Premio Cervantes: «¡Bastante tengo yo con llevar a cuestas el cadáver de Federico como para que ahora me echen también a las espaldas el tuyo, Rafael!». Al escritor gaditano, supersticioso por naturaleza, la frase le hizo poca gracia.

Pero mientras, sobre todo Luis García Montero y yo, disfrutábamos de los maestros de la Generación del 27, también empezábamos a tener una relación sólida con los que integraban la del 50, a la que nos sentíamos estéticamente más próximos: Jaime Gil de Biedma era al que más admirábamos y Ángel González a quien más amábamos, porque, aparte de un poeta magnífico, era un ser adorable. Cuando fuimos jóvenes era de ellos dos de quienes más hablábamos los tres amigos que desde el principio hemos compartido este viaje con mayor complicidad y que a estas alturas de la historia seguimos siendo uña y carne, además de pasar juntos todos los veranos: me refiero de nuevo a Felipe Benítez Reyes, a Luis y a mí. En este tiempo han pasado muchas cosas, hemos perdido gran parte de lo que más queríamos, sufrido vaivenes sentimentales y visto enterrar a nuestros padres y madres, pero nos queda el consuelo de recordarlo juntos. No es poca cosa.

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A Jaime Gil de Biedma lo había visto por primera vez en Granada, donde Luis y yo llegamos tras un interminable viaje por carretera con Rafael Alberti, al que acabábamos de dejar en el aeropuerto. Una hora más tarde, nos encontramos en una terraza de la ciudad, según habíamos convenido, con el autor de Moralidades y Poemas póstumos, acompañados también por los otros dos miembros de la llamada «otra sentimentalidad», Javier Egea y Álvaro Salvador. Yo me sentía realmente intimidado por su fama de hombre cortante a quien no había manera de acceder si le caías mal a primera vista: sin duda, las tres veces que más nervioso me he sentido en mi vida fueron cuando conocí en Sevilla a Bob Dylan, en Bilbao a mi ídolo de la infancia, el guardameta José Ángel Iribar, y en Granada a él.

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Tan aficionado al güisqui como Ángel González, que llamaba a las seis de la tarde «la hora Hemingway», es decir, la de la primera copa, Jaime llegaba, si no recuerdo mal, de una cura de desintoxicación en alguna clínica del litoral mediterráneo, muy posiblemente en los alrededores de Málaga, y nada más tomar asiento pidió con cara de resignación que le trajesen una botella de Vichy Catalán. El camarero le informó de que no tenían; «¿Y qué agua mineral con gas sirven ustedes?», le preguntó. «Ninguna, señor, sólo la tenemos natural». «Bueno», dijo el maestro, haciendo el gesto de quien se doblega por fuerza mayor ante los imponderables de la existencia, «en ese caso, póngame un escocés doble, sin hielo y en vaso bajo. Nadie podrá negar que lo he intentado».

Una cosa llevó a la otra y llegamos a la mañana siguiente con todas las distancias sin guardar. A Javier Egea, pletórico porque Jaime, tras mucho insistirle, al final le había echado un par de piropos a su Paseo de los tristes, mencionando incluso ese poema que empieza con el verso «ahora llegas vestida de cobrador del agua» y acaba con «y se rompe el amor como un recibo viejo», se le metió en la cabeza que fuéramos en coche a una casa abandonada de Víznar desde cuyo jardín, según él, se veía mejor que desde ningún otro sitio el lugar donde fue asesinado Federico García Lorca y está su tumba desconocida. Al llegar a nuestro destino, mientras saltábamos la pequeña valla que salvaguardaba la propiedad, Jaime preguntó, escamado: «Pero ¿tú estás completamente seguro de que aquí no vive nadie?». «¡Hombre! ¿Y cómo no voy a estarlo, si vengo aquí cada dos por tres a fumarme un cigarrillo y a pensar?». Pero lo cierto es que no habíamos recorrido ni una cuarta parte del jardín cuando se oyó un grito imperioso que provenía de alguna de las ventanas del edificio: «¡Aurelio, suelta los perros, que han entrado ladrones!». Y, efectivamente, se escuchó de inmediato un ruido de cerrojos y los aullidos de una jauría que salía tras nosotros a cazarnos. Es muy difícil para mí leer Las personas del verbo sin acordarme de su venerable autor corriendo por aquella finca como alma que lleva el diablo, con su elegante traje de color crema, moviendo los brazos con una sincronía de mediofondista y regañando a Egea mientras se metía como una exhalación en el automóvil que nos había conducido hasta allí: "¡Querido, ya me disculparás, pero es que eres un auténtico botarate!".

Alfaguara publica este jueves 28 de mayo Qué estoy haciendo aquí, las memorias de Benjamín Prado, un cruce emocionado de recuerdos y reflexiones marcadas no solo por la rica trayectoria de su autor, sino también por las célebres figuras que se cuelan en sus páginas y el inconmensurable impacto de su huella. ¿Qué habría sido de su carrera si Prado nunca se hubiera encontrado con Alberti en aquel bar de Las Rozas? ¿Y qué habría sido de aquel chaval de diecisiete años si su profesor nunca le hubiera dicho que su deber era escribir poesía? Tal vez el efecto mariposa habría bastado para que ninguna de sus múltiples facetas llegara a desarrollarse.

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