Nos pasamos los días hablando de los efectos nocivos de las redes sociales, de la necesidad de proteger a los más pequeños del scroll infinito y determinados contenidos nocivos, de tecnofeudalismo y esos multimillonarios que se alían con la ultraderecha con la firme intención de dominar el mundo. Pero una vez que hemos identificado y señalado todos esos problemas, igual es momento de mirar en otra dirección y cambiar el enfoque como única medida de legítima defensa.
Porque puede que la figura nuclear de este nuevo ecosistema de convivencia no sea el influencer que busca influir sobre otros en el ámbito que sea, sino el influenciable que se deja pensando que no lo hace. Esta es la premisa que desarrolla Miguel Lorente (Serón, Almería, 1962) en Influenciables. Las redes y la nueva obediencia (Comares, 2026), un libro en el que propone una mirada diferente hacia esta sociedad mediatizada por la agenda marcada por unos pocos.
Así las cosas, para el médico, profesor universitario y columnista de infoLibre, el influenciable es una persona sin sentido crítico, que no es consciente de su situación porque su conciencia es sustituida por una 'fe-tendencia' desde la que define la realidad a partir de tres referencias: la sintonía con el contenido de las diferentes propuestas que le llegan, el número de personas que actúan en el mismo sentido, y la autoridad de la persona que propone.
Todo ello, bajo una falsa idea de libertad al presentar su decisión como una opción entre otras muchas, sin ser consciente de que solo elige entre lo que le ofrecen. "El problema no está en los influencers o en los algoritmos, sino en quien recibe, acepta y asume la información o los mensajes con naturalidad, sin un cuestionamiento, con sensación de espontaneidad y control cuando en realidad no es así, ya que no tienen esa capacidad como ellos creen y, sobre todo, no tienen la posibilidad de filtrar, de posicionarse, de cuestionar lo que están recibiendo", argumenta Lorente a infoLibre.
Esto nos lleva a lo que el autor califica como 'fe-tendencia', un concepto según el cual la manera de enfrentarse a la información está basada en tres elementos, comenzando con "la sintonía con lo que yo a priori pienso". Desde esa premisa, aumenta la "receptividad para reafirmar mi posición en un mundo en el que me creo muy bien informado porque tengo acceso a través de las redes a miles de espacios", cuando en realidad son "los mismos, pero con diferente formato" porque son los algoritmos los que te van moviendo hacia mensajes con los que te identificas como receptor.
El segundo elemento es cuánta gente está interaccionando y "se identifica con lo que tú también te sientes identificado en un espacio al que te sientes vinculado", de manera que "cuando empiezan los likes, los comentarios o los retuits, tú mismo te sientes obligado a poner un like para que otros vean que estás dentro de ese proceso". "El tercer elemento es la autoridad de ese influencer, o de esa fuente si es un medio de comunicación, que lanza ese mensaje concreto", apostilla, e insiste en la idea de que "al final no hay juicio crítico", sino simplemente una "deriva porque crees que esa es la manera de posicionarse ante esa realidad, ya que es donde recibes esa aceptación o reconocimiento".
La derecha mundial comparte tres objetivos comunes en su discurso de odio, aunque luego meta circunstancias propias: los extranjeros, las mujeres y la diversidad
"La 'fe-tendencia' es el elemento que utiliza el influenciable, que ya es la persona que está dentro de esos elementos sin la noción de que se encuentra en esa falta de criterio", prosigue Lorente, quien, llegados a este punto, alerta de que estamos ante una "nueva obediencia porque no hay órdenes, ni sensación de mandato, simplemente cosas que se lanzan al aire y te hacen creer que eliges entre multitud de posibilidades, influencias, plataformas, aplicaciones o medios, pero todo está relacionado con lo que tú previamente creías".
Las redes sociales son el ejemplo paradigmático de todo esto, y justo por eso avisa del error de centrar las medidas de control en los menores, ya que en ellas interactúan también millones de adultos: "Ya nadie se mueve con un periódico de papel, leyendo artículos de opinión con calma, sino que consumimos todo de manera inmediata a través de distintos dispositivos. Hace nada había gente que no tocaba el móvil para interactuar y ahora se pasan el día enganchados a TikTok. Y yo lo he notado en gente que se ha puesto beligerante, porque antes no tenía mucho interés en la política del día a día y ahora están cuestionándolo todo".
Se ha conseguido que esa persona que antes odiaba a las mujeres o a los extranjeros en la soledad de su casa ahora los odie de manera compartida, siendo además reconocido por ello
Un modelo conservador que se ve amenazado por los avances progresistas, y que, para fomentar esa nueva obediencia, necesita "retroalimentación y nuevo contenido" constantes, apelando al miedo y a ese odio que ha sido tan "necesario para el ser humano desde el punto de vista evolutivo" como resorte para proteger a su grupo respecto a otros "que te querían quitar el alimento". "El odio está preparado fundamentalmente para defender lo propio, al grupo, lo cultural, lo que nos define", plantea.
Y continúa: "El odio funciona porque lo que se odia son precisamente aquellos elementos que se presentan como críticos, amenazantes o incluso agresores hacia el modelo de convivencia que tenemos. Además, el odiador necesita al odioso, y hay ahí una predisposición para que tú odies a las mujeres, los extranjeros, los homosexuales, es decir, a grupos que culturalmente ya han sido presentados como elementos que alteran el orden que nos hemos dado como cultura, que rompen con lo que es ser hombre, que rompen con la familia, que rompen con nuestra identidad. Por eso, la derecha mundial comparte tres objetivos comunes en su discurso de odio, aunque luego meta circunstancias propias: los extranjeros, las mujeres y la diversidad".
Ver másCésar Rendueles: "No es que en Twitter haya muchos nazis, es que tiene un algoritmo nazi"
Destaca Lorente, asimismo, que gracias a la conjunción de estos sentimientos de odio con las redes sociales se ha conseguido que mucha gente pase de la "pasividad" a la “acción". "Se ha conseguido que esa persona que antes odiaba a las mujeres o a los extranjeros en la soledad de su casa ahora los odie de manera compartida, siendo además reconocido por ello", advierte, para acto seguido lanzar una certeza práctica que más o menos todos hemos podido apreciar en nuestro entorno: "No he visto a nadie que se haya hecho más progresista a través de las redes sociales. Nadie. Pero más conservadores, más machistas y más fachas, muchos. No uno o dos, no: muchísimos".
Ante esta situación, echa en falta Lorente un sistema educativo que "genere la capacidad de tener una conciencia crítica", porque este sistema en el que actualmente nos movemos no necesita nada para perpetuarse salvo que "no haya algo que cuestione" los valores, las ideas y las creencias que nos definen como sociedad. El objetivo es, en su opinión, "resituar la normalidad sobre los valores tradicionales bajo unas nuevas circunstancias, un argumento muy simplista", pues se basa en decir "si somos lo que hemos sido, tenemos que ser lo que somos". "La educación es esencial y no lo estamos haciendo", avisa.
Es por todo lo anterior que la respuesta no está, aunque haga falta de alguna manera, en una regulación que limite el uso de las redes sociales, sino en "cambiar un poco la manera de enfrentarse al uso de la tecnología y, sobre todo, situarse en una posición en la que la relación se base en la toma de conciencia de la realidad, en tener conocimiento para poder deducir, inducir, reflexionar y asociar, es decir, todo lo que supone ser una persona formada con capacidades para poder responder".
Nos pasamos los días hablando de los efectos nocivos de las redes sociales, de la necesidad de proteger a los más pequeños del scroll infinito y determinados contenidos nocivos, de tecnofeudalismo y esos multimillonarios que se alían con la ultraderecha con la firme intención de dominar el mundo. Pero una vez que hemos identificado y señalado todos esos problemas, igual es momento de mirar en otra dirección y cambiar el enfoque como única medida de legítima defensa.