Los niños polacos raptados por Hitler que encontraron su "paraíso" en Barcelona: "Les robaron la infancia"

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Más de 200.000 niños polacos (y medio millón en toda Europa) fueron secuestrados por los nazis durante la ocupación de Polonia con el objetivo de someter a los "aptos", a los que podrían llegar a considerarse arios, a un proceso de germanización, de adoctrinamiento para convertirles en auténticos alemanes arrebatándoles su familia, su nombre, su cultura y, en última instancia, su verdadera identidad.

El partido nazi necesitaba hacer crecer la población para imponer la supremacía de la raza germánica y se empleó a fondo en la misión. Por un lado, dando orden a todos los soldados de las SS de que tuvieran el mayor número de hijos posible, dentro o fuera del matrimonio. Por otro, evitando a toda costa que abortaran las mujeres solteras que pasaran los estrictos controles raciales, para así poder quitarles a sus hijos en el momento mismo del nacimiento y enviarlos a centros de la organización Lebensborn.

El impulsor de esta organización y responsable del desarrollo de semejante plan, Heinrich Himmler, siempre capaz de dar una vuelta de tuerca más a cualquier aberración, terminó ordenando el secuestro de criaturas 'racialmente perfectas' de todos los territorios ocupados. El objetivo del proyecto era adquirir y germanizar a los niños con rasgos supuestamente arios y nórdicos, que los funcionarios nazis consideraban descendientes de los colonos alemanes que habían emigrado a Polonia. 

Los etiquetados como 'racialmente valiosos' fueron germanizados por la fuerza en centros y luego enviados a familias alemanas y escuelas de origen de las SS. En el caso de los niños mayores utilizados como trabajo forzado en Alemania, los que se determinó que eran racialmente 'no alemanes' fueron enviados a campos de exterminio y campos de concentración, donde fueron asesinados u obligados a servir como sujetos de prueba vivos en experimentos médicos alemanes y, por lo tanto, a menudo torturados o igualmente asesinados en el proceso.

Un centenar de niños polacos llega a Barcelona en 1946

Este es, a grandes rasgos, el pasado que cargaba en sus mochilas el centenar de niños polacos huérfanos o sin padres conocidos que fueron acogidos en Barcelona gracias a la mediación de la Cruz Roja Internacional y el Consulado Polaco en 1946, tras la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Se funda así la primera escuela polaca en la ciudad y, mientras las autoridades buscan a las familias, los niños recuperan la lengua y la cultura que les había sido robada (muchos no recuperarían en última instancia su identidad).

Ewa Jedynak, Hedda von Brandt, Ludka Nowak y otra vez Ewa Jedynak. Tres nombres y una sola persona, tres nombres y una sola vida. La de una niña polaca robada que fue adoptada por Maria von Brandt, una cariñosa mujer casada con un despiadado alto mando nazi a cargo del campo de exterminio de Sobibór. Una madre adoptiva que, tras el triunfo de los aliados, la ayuda a escapar del transporte que las conduce a un campo de prisioneros, no sin antes explicarle que desde ese momento se tiene que llamar Ludka Nowak para evitar represalias por su falsa identidad alemana. 

Ludka, superviviente nata a sus nueve años, es encontrada por unos granjeros que la ayudan y propician que acabe entre los menores que llegan a Barcelona. "Un personaje de ficción creado a partir de retazos de realidad", resume a infoLibre Gisela Pou (Castellar del Vallès, 1959) autora de Los tres nombres de Ludka (Planeta, 2023). Un drama de niñas y niños sin patria ni destino, una batalla impostergable por la recuperación de su lengua, su cultura y sus raíces. Una novela, con personajes de ficción y también reales, a tres voces: la de la propia Ludka, desarraigada; Emma, una niña barcelonesa con la que entabla una gran amistad; e Isabel, la madre de Emma, que representa toda la evolución de las mujeres de la posguerra.

"La novela es un vehículo, a mí me interesa la ficción, pero la realidad es el marco. Pero esos niños vinieron, estuvieron aquí, forman parte de la memoria histórica de la Barcelona de posguerra", apunta Pou, quien empezó a conocer de esta historia a partir de un reportaje de José Luis Barbería publicado en 2008 en El País: "Empezaron a moverse hilos en Barcelona y el Ayuntamiento de Barcelona editó un libro de artículos de diferentes personas hablando de estos niños polacos. Eso me conecta con el pasado y con ese hecho en concreto y empiezo a pensar, a partir de ese marco histórico de la llegada de esos niños a Barcelona, cómo puedo conectar con la ficción".

La novela, de hecho, como perfecta herramienta para contar la realidad, en este caso pasada. Porque todo aquello ocurrió, aunque fue progresivamente olvidado con el paso de los años. En un primer momento, los niños se alojaron en una residencia infantil en el número 49 de la calle Anglí, para pasar más tarde a la residencia Vallcarca, en el mismo barrio de la Bonanova. "Cuando José Luis empezó a tirar del hilo esto no era conocido a nivel institucional, pero la torre de Vallcarca, que ahora es la torre Marsans y fue desde 1983 un albergue juvenil donde estuvo la escuela polaca, era llamada la torre polaca por la gente del barrio. Algo había quedado entre la gente, como cualquiera sabe de su barrio, pero no está documentado", señala la autora, añadiendo hubo más niños huérfanos europeos que fueron a otras ciudades españolas al término de la Segunda Guerra Mundial.

"Niños germanizados —prosigue— que habían sido secuestrados o robados de sus casas. Rubitos, con ojos azules, habían pasado un proceso de selección para formar parte de la raza aria, por lo que ellos se sentían totalmente alemanes. Niños que dejan de ser polacos, les inculcan que deben ser alemanes y luego les vuelven a decir que son polacos. Al final, algunos de ellos vinieron a Barcelona para estar unos meses mientras encontraban a sus familiares, pero algunos, como una docena, se quedaron diez años". Así fue como en 1957 esos niños volvieron a hacer las maletas. Algunos se reencontraron con sus familiares en Polonia, Italia o Francia. Otros, cuyas familias no pudieron ser localizadas, fueron adoptados (con nombre falso, sin saber de donde venían) o emprendieron viaje a Estados Unidos sin saber su origen.

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A partir del periplo vital de estos niños en general y de Ludka en particular, la novela tiene otro tema fundamental: el desarraigo: "Desarraigar es quitar una planta con las raíces del suelo. Ludka lo explica muy bien cuando dice que eran 'pequeños árboles con las raíces al viento', que no sabían de dónde venían y tampoco adónde iban. Esa era la sensación que tenían, ese volver a empezar. En cualquier caso, muchos dijeron que en Barcelona encontraron un paraíso, una tranquilidad. Era difícil, pero ante todo eran niños y allí encontraron un poco de felicidad. Dentro de la escasez, porque era la posguerra y una época durísima en España también".

Una reflexión sobre el daño profundo que causan las guerras en los más pequeños. Eso también es Los tres nombres de Ludka, cuya autora apunta que, en cualquier caso, "los niños son los más resilientes porque tienen toda la vida por delante". "Pero claro, les queda una marca porque los primeros años de vida son fundamentales para construir un futuro. Es más difícil, pero se reconstruyen a su manera", reflexiona, asegurando que esta novela es en realidad muy actual, tal y como podemos ver en Ucrania o también en Siria, que "tiene muchísimos niños desde hace años viviendo en campos de refugiados sin padres y sin saber cómo va a ser su vida".

Y prosigue: "La memoria histórica no es algo que nos lleva a la nostalgia, ni mucho menos, sino que sirve para construir el presente y proyectar el futuro, como decía Almudena Grandes. La historia se repite, no en las mismas condiciones, pero el ser humano es el ser humano, y el dolor que las guerras causan en las personas es enorme. Puede robarte la infancia, pero luego vuelves a empezar. A los niños polacos les robaron la infancia. No debes olvidar, pero eso tampoco puede quedar como algo horroroso que te impide avanzar. Todo te enseña a aprender a vivir, y a veces tocan circunstancias durísimas, como aquellos niños o los de ahora, porque la historia se repite".

Más de 200.000 niños polacos (y medio millón en toda Europa) fueron secuestrados por los nazis durante la ocupación de Polonia con el objetivo de someter a los "aptos", a los que podrían llegar a considerarse arios, a un proceso de germanización, de adoctrinamiento para convertirles en auténticos alemanes arrebatándoles su familia, su nombre, su cultura y, en última instancia, su verdadera identidad.

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