Contra el pecado original

Un refugio en la espesura - Itzíar López Guil

Madrid, Bartleby, 2026.

Nueve años después de la publicación de Esta tierra es mía, Itzíar López Guil regresa al ruedo con un libro cargado de voltaje emotivo, pero atemperado por ocasionales remansos contemplativos y por la distancia crítica con la que se denuncian los males de la sociedad contemporánea. Como es habitual en la autora, la organización de esta entrega se atiene al criterio impuesto por el orden alfabético, con excepción de la primera y la última secuencia. De hecho, el texto de apertura —“Mendigos de la culpa”— proporciona la pauta tonal del conjunto e introduce el término que va a funcionar como un aflictivo mantra a lo largo del volumen. Esa culpa difusa, a la vez “pecado original” inherente a la condición femenina e inquisitiva voz de la conciencia, es la seña de identidad de la que se apropia un sujeto enunciativo que no se limita a desmontar las convenciones heteropatriarcales, sino que se rebela contra el legado genealógico y la herencia cultural recibida.

En Un refugio en la espesura, la desprejuiciada reivindicación de la ley del deseo, la evocación de la figura paterna y la asunción de la edad madura nos conducen al recinto de la intimidad. Sin embargo, para Itzíar López Guil las fronteras que separan lo privado de lo público son porosas. Así se aprecia en dos poemas conturbadores que afrontan el bullying como un problema social de primer orden (“Acoso escolar” y “Mobbing”), aunque sin soslayar la proyección autobiográfica de dicho conflicto. Algo similar cabría afirmar de “Aporofilia”, que invierte el neologismo acuñado por Adela Cortina, y “Qué significa conducir”, donde las anécdotas que sirven de pretexto superan la implicación personal para alzarse en un testimonio trascendente de los vínculos familiares o sociales que perviven en un mundo deshumanizado.

Precisamente esa dimensión comprometida adquiere aquí un inusitado protagonismo. Por un lado, diversas composiciones indagan en las cunetas de la memoria colectiva: la imagen de “Madrid atrincherada” en “De las bombas se ríen los madrileños” o el entrañado recuerdo de los “días azules” de Antonio Machado en “Esperanza” no son meros ejercicios de reconstrucción histórica, sino que nos advierten del cíclico retorno de ciertas ideologías que “ensucian la palabra libertad”. Por otro lado, abundan las estampas que reflejan las cicatrices abiertas de la aldea global, a las que asistimos como impotentes espectadores. Los refugiados sin refugio, las alambradas y los cayucos, los viejos y nuevos genocidios o la política migratoria de una Europa empeñada en ponerle puertas al mar dotan de soporte crítico a una serie de piezas a las que podría aplicarse el amargo corolario con el que se cierra “Titanic II”: “Y otra vez nos obligan a tocar hasta que todo acabe”.

Al margen de esta panoplia temática, los poemas de Itzíar López Guil despliegan técnicas desautomatizadoras que van del chispazo visionario a la revisitación paródica de la tradición literaria. Ejemplo de lo primero es “Donde tu mano no llega”, una viñeta minimalista que solo necesita dos versos y cinco palabras para lanzar un alegato a favor de la vida: “Aquí. / Donde también la muerte”. Por su parte, lo segundo se aprecia en aquellos títulos irónicos (“Pócker vitae”, “¿Por qué no hay Caperucitos?”) que juegan con los tópicos y estereotipos mediante un lenguaje al tiempo áspero y coloquial. No obstante, este recorrido quedaría incompleto si no mencionáramos la médula metadiscursiva que alienta en determinados pasajes. Aunque no hallemos poéticas explícitas ni disquisiciones sobre el sentido o la utilidad de la escritura, la conciencia creativa se agudiza en el díptico “Enunciación”, que concibe el espacio lírico como punto de encuentro entre la autora y sus lectores, pero también como trampantojo cuántico; o en “Exégesis”, que se pregunta sobre la posibilidad de “traducir” la voz del paisaje.

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Asimismo, en el libro se observan varios mecanismos de autorreferencialidad implícita, un fenómeno que Itzíar López Guil ha abordado con asiduidad en su faceta académica. No es de extrañar, en consecuencia, que algunos versos rotundos o anticlimáticos hagan lo que dicen: prueba de ello son “Bufanda para el mal tiempo”, donde los tres puntos suspensivos con los que se clausura el discurso parecen corresponderse con la suspensión del estado de vigilia (“voy al sueño...”), y “Qué significa conducir”, donde la ausencia del punto final se abre a la sostenida incertidumbre a la que nos transporta el desenlace (“que llevas al futuro”).

En definitiva, la edición de Un refugio para la espesura —muy bien acompañada por las ilustraciones de Carlos López Cortezo— confirma el hallazgo de una frecuencia modulada que no solo consagra el campo literario como reserva protegida, sino que nos cobija de la intemperie ante una realidad que amenaza con helarnos el corazón.

* Luis Bagué Quílez es escritor y crítico literario.

Un refugio en la espesura - Itzíar López Guil