Seguir resucitando

Isabel Navarro

Luz dormida

Nieves Álvarez

Editorial Lastura (2023)

No hay bondad sin inteligencia ni inteligencia sin bondad y Nieves Álvarez es una prueba viviente de ello. A sus 74 años, ha sido y sigue siendo una mujer de acción. Incansable, tenaz, luchadora, capaz, generosa, única. Hace nueve años que la conozco y nunca ha dejado de sorprenderme no sólo su energía, sino su extraordinaria capacidad de materializar cada una de las ideas en las que pone su empeño.

En ella no hay bla bla ni impostura. En ella no hay máscara ni estrategia. Lo que ves es lo que hay y lo que dice es lo que hace.

Nieves logra que sus sueños cobren cuerpo, que las criaturas caminen, que los libros existan y las reuniones se agenden. Con su carisma y su capacidad de trabajo convence a instituciones, moviliza recursos y levanta proyectos. Su ética es sencilla: no soporta la injusticia y si puede hacer algo, lo hace.

Tengo el privilegio de haberla visto en acción. Durante años recabó de forma artesanal, con miles de llamadas y correos, toda la información necesaria para el estudio sobre la discriminación de la mujer en los premios de poesía Descubrir lo que se sabe. Su trabajo en una mujer de acción. Incansable, tenaz, luchadora, capaz, generosa, única. Hace nueve años que la conozco y nunca ha dejado de sorprenderme no sólo su energía, sino su extraordinaria capacidad de materializar cada una de las ideas en las que pone su empeño.

Genialogías, la asociación feminista de mujeres poetas de la que es vicepresidenta y en la que somos compañeras, ha sido y es crucial, y no sólo para su mera existencia y funcionamiento, sino para divulgarla y darle sentido político a sus reivindicaciones, que se sustentan en datos (lo que ya sabíamos, pero nadie había demostrado) gracias a ella.

Nieves Álvarez es una activista cultural y educativa, que vive sus causas como auténticas misiones y cree en el poder transformador del arte y la belleza. Un activismo que no le impide además seguir creando de manera permanente tanto en las artes plásticas como en la literatura.

La conocí como poeta con Desde todos los nombres (abecedario del olvido), me deslumbró con Tremor de polvo rojo y me sorprendió tiempo después como una hábil narradora en sus novelas autobiográficas, Alicia en el país de la alegría y Vamos a contar mentiras, donde despliega un maravilloso sentido oral del relato, un "érase una vez" donde el naturalismo se imbrica con lo real maravilloso y lo más inverosímil resulta ser lo cierto.

"Yo nací muerta y estuvieron a punto de enterrarme en una caja de mazapanes", escribe al comienzo de su Alicia, una niña que quiere, y es, de la alegría pese a haber nacido en lo más negro de la posguerra: "Nací muerta y la comadrona mandó traer dos barreños, uno con agua muy caliente y otro con agua muy fría, me agarró por los pies y con mucho cuidado, acercó mi cabeza al agua caliente, luego hizo lo mismo con la fría (…) hasta que resucité llorando".

Y es así como Alicia-Nieves o Nieves-Alicia, resucitada y enérgica en permanente asombro y deslumbramiento, ha seguido viviendo a bocanadas, pese a lo cianótico de su arranque en este mundo.

En cierta ocasión, hace unos años, cuando aún no había publicado la novela, Nieves vino a cenar a casa y le contó esa misma historia a mis hijas antes de dormir. Se sentó a los pies de su cama y les dijo: "¿Sabéis que yo nací muerta?". Dejándolas fascinadas.

Y es que Nieves es una experta en vivir y revivir, que es algo que se le da realmente bien, pero sufre en la quietud forzosa y el arrinconamiento. Por eso estos últimos años, tan duros, cuando el mundo se ha ralentizado o, incluso, congelado, por culpa de la pandemia del covid, ha atravesado periodos oscuros en los que el cuerpo no siempre la ha acompañado con la presteza y la salud de antes. Durante el confinamiento estuvo aislada junto a su pareja, su gata y una bicicleta estática en una preciosa casa con jardín. Un hogar privilegiado, es cierto, pero dentro de unos límites muy estrechos y, como tanta gen- te, aunque ahora parezca imposible, con auténtico miedo.

Tampoco el dolor de los otros le es ajeno –"La peor pesadilla: realidad", escribe en su poema Jueves–, atenazada por la guerra en Ucrania: "La muerte se vistió entera de jueves, / la locura era jueves y la distancia jue- ves, / la tristeza fue jueves".

Y sí, la tristeza de Nieves estos años ha sido jueves, y a veces martes y a veces lunes. No lo esconde ni renuncia a ella, y con la tristeza ha hilvanado un hermoso libro.

Nieves vive, lo sabe mejor que nadie, en una recta final, pero como ella misma dice en Luz dormida esa recta tiene forma de "un presente indefinido" y lo piensa exprimir hasta las últimas consecuencias. Ella sabe, ella puede, ella crea, pero que pueda y esté dispuesta a hacerlo no significa que sea fácil, y estos años áridos, a veces grises, han hecho que la escritura de este libro tenga un cierto aliento crepuscular y doloroso, una oscuridad don- de la luz es esencial para seguir resucitando.

El libro comienza por los principios, un poema que tiene algo de programático, Aprendiendo a ser, donde da cuenta de la memoria física del gesto del planchado que le enseñó su madre. La poeta plancha sábanas y camisas y, mientras lo hace, no puede evitar internarse en una niebla de vapor que es a un tiempo material y fantasmática, un espacio liminar donde reaparece la madre dando lecciones de lavado que son también, y sobre todo, de vida: el sol es una lejía gratis y saludable; hay que hablar y sonreír para buscar el refugio de otras mujeres; se frota hasta la herida, "mientras la vida sigue detrás de cada casa, / los instintos regresan a las bocas/ y agrandan las paredes del amor".

A través de la escritura de Nieves, que es también la de su boca, su progenitora resucita; a través de la mujer que plancha se corporeiza la madre en la hija, una fusión de gestos que es en realidad una fusión de tiempos (soy la que fui y soy también la que me parió), en un continuum entre lo íntimo y lo colectivo que es una constante a lo largo de todo el libro, como lo es la búsqueda de esa luz, a veces tibia y a veces indómita, a veces accesible y a veces renuente, pero que "anida dentro de tus entrañas y te obliga a ser tú a pesar de ti misma". 

En estos poemas se hacen tostadas, se ocupa un banco del parque, se tiende la ropa, se pedalea, se comen patatas con arroz, se plancha… Así, a través de precisas imágenes de la vida cotidiana, la poeta nos ofrece fogonazos de su tristeza en el mundo real, momentos de decepción y aceptación en un memorial difícil de restas ("te tienes que morir", "te morirás un día", se dice una y otra vez), pero no en forma de ajuste de cuentas o de reproche, sino como paisaje melancólico de su propia resistencia a dejarse caer: "La verdadera luz –escribe Nieves– es la que te hace saber que todo lo que sabes no puedes olvidarlo, la que te obliga a ser tú a pesar de ti misma".

Resplandores duales

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Hay instantes que la salvan. El amor, sobre todo, la sostiene. A veces nacen días sin sol, a veces (siempre) anochece. A veces las sábanas son tedio y desesperanza, a veces "cuando me falta el aire, / invento un nuevo juego para seguir viviendo" y entre las sábanas se encuentra a sí misma, que es el auténtico don: saberse a una, saberse en sí. Y así, seguir resucitando.

 

Isabel Navarro es periodista y poeta.

Luz dormida

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