Selena Millares: Las siete vidas de Almoina

Al calor de tu nombre - Selena Millares

Plaza & Janés, Barcelona, 2026

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Empezamos a conocer bien la historia de la literatura, de la cultura del exilio republicano español, sus obras, editoriales y revistas, pero aún sabemos poco, creo, de la historia menuda, de la vida familiar, de la existencia cotidiana, aunque ahora recuerdo el libro de Fernando Serrano Migallón (El exilio español y su vida cotidiana en México, Bonilla Artigas, 2021), que no debe de ser el único trabajo que se ocupe del asunto. Pensaba que apenas si se habían novelado las vidas de los exiliados, pero tras pedir ayuda a dos compañeros, grandes expertos en la materia, nos damos cuenta de que no faltan ejemplos, entre ellos: Galíndez (1990), de Manuel Vázquez Montalbán; En voz continua (1997), de Carlos Blanco Aguinaga, que trata de Emilio Prados; El soldado de porcelana (1997), de Horacio Vázquez Rial, sobre Gustavo Durán; Max Aub (2007), de Javier Quiñones; El amor no es un verso libre (2013), de Susana Fortes, que se ocupa de Pedro Salinas; La única. María Casares (2023), de Ana Plantagenet; y Un corazón extraviado (2025), de María de Alva, sobre la vida de Pedro Garfías. A ellos habría que añadir la nonnata Luis Buñuel. Novela, de Max Aub, de la que contamos con una versión de Carmen Peire, y ahora Joan Oleza está preparando la que podría ser definitiva. Habrá más, pero esos títulos valen como una muestra suficiente y representativa. Recuérdese, también, que las biografías noveladas estuvieron de moda durante los años veinte y treinta del pasado siglo y hoy parece renacer ese mismo empeño. A los anteriores ejemplos, habría que añadir novelas francesas, italianas y españolas de tema histórico, como las de Emmanuel Carrere, las novelas documentales de Antonio Scurati, sobre Mussolini, cinco tomos publicados en Italia entre 2018 y 2025, o la de Fernando Clemot, Fiume, sobre D´Annunzio.

Selena Millares le da vida a un exiliado, José Almoina (1903-1960), tratado injustamente en lo poco conocido que es. Pero no se ocupa solo de su actividad política, su militancia socialista y su pertenencia a la masonería, sino que nos proporciona, como en pocas ocasiones hemos leído, una visión de su vida familiar, del día a día (lo que comen, las canciones que cantan…), en el que discurren Pilar, su mujer (“la maestra de ojos color verde agua”, p. 37; a la que detienen y encierran con su hija Helena, en la cárcel de Zamora, p. 128), Hilaria, su suegra, y sus cinco hijos. Todos ellos desempeñan un cierto papel, y las dos mujeres complementan al protagonista. El caso es que Selena Millares nos proporciona una idea bastante verosímil de los riesgos de la militancia y de los sufrimientos que trajo consigo el exilio, pues no solo quedó expuesto Almoina, sino toda su familia. En cambio, dado el carácter y prestigio del personaje, no le faltó la camaradería, que siempre encontró en sus diferentes destinos, bien en España, donde se ganó la vida como empleado de Correos, bien en América, tanto en la República Dominicana como en México, donde trabajó, no sin riesgos, en algún caso, como profesor; fue preceptor del Ramfis, el primogénito de Trujillo, siempre con la empalagosa María, la mujer del dictador, al acecho.

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Diría que esta narración, más que con las Manuel Rivas y Javier Cercas, como dice la faja publicitaria que lleva el libro, guarda relación con Galíndez (1990), de Vázquez Montalbán, y con La fiesta del chivo (2000), de Mario Vargas Llosa, pues las tres comparten el protagonismo de la dictadura de Trujillo en la República Dominicana, y del exilio republicano español, así como las arbitrariedades y violencias cometidas por una dictadura grotesca. Véase el feroz retrato que traza de Trujillo (p. 376). Y, en suma, la novela conecta con una tradición narrativa, a la que se acoge Almoina, al barajar el realismo crudo, expresionista, y la crueldad sin límites, que cuestiona a los dictadores. Si bien, su obsesión, a diferencia de la de otros exiliados, es con Trujillo, no con Franco. Tras perder una guerra, Almoina tiene que huir de un dictador para caer en las garras de otro, por lo que no le queda más remedio que irse a México, aunque poner tierra de por medio no lo libre de los sicarios de Trujillo. En medio de toda esa violencia, sin embargo, contrasta la escena bucólica, una historia intercalada, en la que habla un pastor (pp. 81-83).

De Jesús de Galíndez apenas sabíamos nada antes de que se publicara la novela de Vázquez Montalbán; Almoina no tuvo esa suerte; incluso a Vicente Llorens, siempre riguroso, le suscita dudas la persona. Así, la narración de Selena Millares, que no es una biografía, ni un estudio histórico, sino una novela, responde –sin que sea esa su pretensión— a algunas de la incógnitas que planteaba Llorens, quien trato a Galíndez y Almoina en la República Dominicana, y nos presenta a un personaje mucho más complejo que el que conocíamos hasta ahora. A la vista de lo dicho, podría haberse titulado Almoina, e incluso Almoina. Novela, en complicida —y respuesta— con los títulos de Vázquez Montalbán y Max Aub.

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La novela se compone de 7 partes, divididas en capítulos, hasta un total de 51, excepto la primera y la última, mucho más breves, compuestas por un solo capítulo. Las 5 restantes tienen una extensión parecida, y siguen la cronología. Tanto las partes, que además nos sitúan en el tiempo, como los capítulos aparecen titulados, creo que con acierto. En un par de ellos apreciamos alusiones a Josep Roth (La leyenda del santo bebedor, p. 315) y al Evangelio de Mateo (5: 13-16): “vosotros sois la sal de la tierra”. Diría, además, que el capítulo 48 es clave, pues en sus páginas se le ajustan las cuentas –permítanme el coloquialismo— a Galíndez, crítica que se anticipa en el capítulo 24. Si el libro llevara un Índice, muy necesario en este caso, podríamos visualizar mucho mejor el conjunto de la novela, su estructura externa.

Las tres citas iniciales son muy significativas: la de Luis Pimentel, paisano de Almoina, ambos eran de Lugo, podría haber sido también el título de la novela: Hombre que camina solo, puro Giacometti; la de Borges nos habla de los héroes y de sus derrotas; y la de Almoina apela a la grandeza del silencio, que no tuvo más remedio que cultivar.

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La pregunta que se habrá hecho la autora, y que los lectores atentos deberían plantearse, es cómo se utiliza lo autobiográfico, cómo se usa la documentación en un relato de ficción. El gran Carlos Pujol que cultivó con mucha fortuna este tipo de ficciones, solía comentar que uno debe documentarse a fondo, pero que al ponerse a escribir, debía olvidar todos los datos. En suma, se trata de cómo contar una vida real, manejando sucesos reales, pero teniendo como principio constructor el propio de la ficción.

Me parece que el empeño principal de la autora ha consistido en trascender lo biográfico, para incardinarlo en la restitución de la memoria, haciendo justicia a un personaje —como decíamos— mal conocido, incluso por los expertos en la cultura del exilio. No en vano, se trata de una novela con trama de personaje, por seguir la terminología de Norman Friedman (la historia de un seminarista que acabó siendo masón, y que como Negrín y Max Aub fue expulsado por su partido, el PSOE, en el que desempeñó cargos diplomáticos), aunque los avatares de su vida aparecen —digamos— enriquecidos por toda una serie de sujetos que le proporcionan a la historia ribetes de novela coral. A algunos los hemos señalado ya, pero habría que añadir sobre todo a Mirentxu, la amiga y comprensiva amante. Resulta admirable la entrega que demuestra, la fe en una causa política, a favor de la justicia y la libertad, hasta el punto de jugarse Almoina la vida. No en vano, lo expulsan del PSOE a la vez que a Negrín y Max Aub (p. 319 y 320).

Sea como fuere, Selena Millares construye bien el personaje del protagonista, sabe hacerlo hablar, darle voz, con un castellano a veces levemente galleguizado. Y en lo que respecta a los demás, se vale de registros distintos, ya sean los familiares, ya los coloquiales con los compañeros, Trujillo y señora, las amantes del protagonista, tanto Mirentxu, la amiga de siempre, como la ocasional Ronda, la estudiante.

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De estructura circular, la novela se abre y cierra con el asesinato del protagonista, una muerte anunciada que se cumple al completarse las siete vidas que le pronostican y que inexorablemente él agota, y siendo muchas, resultaron ser pocas (pp. 15 y 512). Pero, además, se dirige en un soliloquio a la aparición del padre del protagonista, ya muerto, y la de Josito, el hijo que falleció temprano (pp. 13 y 529). Me ha recordado a Hamlet, en el primer caso, aunque se trate de un motivo que se repite en la historia literaria, desde la tradición clásica. Y ojo al comienzo y al final, al in crescendo del desenlace, que en esta ocasión, no consiste en saber si Almoina va a ser asesinado, ya lo sabemos desde el capítulo inicial, sino en el desenmascaramiento de Galíndez y la muerte inexorable de Almoina. 

La compleja existencia del protagonista, arrastrando casi siempre a su familia, lo lleva a vivir en Lugo, A Coruña, Santiago, Benavente (Zamora), Alcaudete (Jaén), Santander, Bayona, Toulouse, París, Marsella, Ciudad Trujillo y México. Y eso por no hablar de los constantes cambios de casa en Ciudad Trujillo y en México. Destacaría también el gusto por el detalle, significativo, según ocurre en las novelas de Javier Marías, así como el tratamiento que le proporciona al humor (pp. 285, 297 y 402), a la sensualidad, incluso a la sexualidad (pp. 77 y 280), tan difícil de tratar en la narrativa, materia en la que tantos buenos escritores han fracasado.

Además, en una historia de estas características, las alusiones culturales resultan inevitables, e imprescindibles. Aunque, por fortuna, la autora no abusa de ellas. Así y todo, Homero y Cervantes asoman aquí y allá; los círculos del infierno de Dante y, sobre todo, el erasmismo tiene mucha presencia en la novela, y Goya, a quien el protagonista le dedica un libro. Pero, además, trae a colación al presidente Negrín y a escritores como Sender, Juan Bosch (político y escritor dominicano, gran teórico y escritor de cuentos) y Jaime Torres Bodet (véase su retrato, p. 354), a historiadores como Claudio Sánchez Albornoz o filólogos como Vicente Llorens. Y diría que hay un cierto homenaje a su tío abuelo Agustín Millares Carló (bibliógrafo, paleógrafo, latinista; autor, entre otras muchas obras, de una edición anotada del Quijote), aunque no cite su nombre completo.

También hay alusiones frecuentes a dos editoriales mexicanas con las que colaboró Almoina: Jus (editorial católica de centro derecha, donde Almoina publica su libro sobre Díaz Mirón, 1958, entre otros), y UTEHA (fundada por el exiliado español Julio Sanz Saiz), donde aparece, por ejemplo, La era romántica: el romanticismo en la literatura europea (1958), de Paul Van Thiegem, que traduce y anota Almoina; o a la editorial Costa-Amic, a la que encomia por su labor y critica por lo descuidado de sus ediciones. Y creo haber apreciado una cierta referencia a las aventis de Juan Marsé, en las historias que Almonia le cuenta a Josito (p. 181); a La Regenta, en la afición a las lecturas místicas, a Santa Teresa, de la mujer de Trujillo (p. 288); y la más obvia, si cabe, en la confrontación que establece entre Almonia y Trujillo, cuando Odiseo engaña a Polifemo (p. 344).

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Pero lo que se cuenta, en suma, es cómo una determinada trayectoria vital, en su activismo social y  político, lo lleva al exilio. Siendo las concesiones que debe que hacer en Ciudad Trujillo producto de la necesidad de supervivencia, al tener que desdoblarse. Su mujer le pregunta en un par de ocasiones: “¿Quién eres, José?”, o “Ya no sé quién eres, José” (pp. 306 y 349). El caso es que su conducta suscita dudas, que resultan dolorosas no solo para él, sino también para su familia y amigos más cercanos. Y aunque los lectores sabemos quién era realmente Almoina (en catalán, almoina significa limosna) y el motivo de su comportamiento, quizás algunos lectores se pregunten al cabo: ¿por qué este hombre se adentra en un laberinto del que no podrá salir?

Acabemos. En un momento dado, Almoina le comenta a su mujer que “la vida es más fabulosa que las novelas” (p. 75), y así es, en efecto, en la historia que nos cuenta Selena Millares.

*Fernando Valls es catedrático de Literatura Española y crítico literario.   

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