Menores gratis en las salas, una forma de abrir la música en vivo a niños y jóvenes: "Hay que hacer cantera"

Parece que algo tan lógico siempre ha sido como es ahora, pero hace una década (año arriba, año abajo en función del territorio) se produjo una pequeña gran revolución en nuestro país, un efecto dominó por el que las comunidades autónomas fueron regulando y permitiendo, después de no pocas campañas y protestas, el acceso de los menores de edad a las salas de música en directo para asistir a conciertos. Porque no, no podían, lo tenían prohibido al confundir las administraciones la cultura con el ocio nocturno, con la funesta conclusión de que no pintaban nada en esos bares y discotecas donde se vendía alcohol, por mucho que hubiera músicos tocando en un escenario.

Transcurrido el tiempo y normalizada la situación, la música en vivo recibe con los brazos abiertos a los más pequeños, a los que es habitual ver en las salas, siempre acompañados por su padre, madre o tutor legal (lo estándar es que puedan asistir solos a partir de los 16, presentando el DNI). Más habitual todavía es su presencia en festivales, pues son muchos los que directamente les facilitan la entrada gratuita hasta diferentes edades —Mad Cool hasta los ocho, Arenal Sound hasta nueve, Primavera Sound a 12, Azkena y Ebrovisión llegan a 14, por citar algunos—. Las motivaciones de cada cual son variadas, y van desde crear afición hasta facilitar el disfrute y la conciliación familiar (y atrapar futuros públicos, claro).

En un momento en el que la industria de los conciertos rompe gracias a los grandes eventos récords de facturación año tras año —alcanzó en 2025 por vez primera los 807 millones de euros—, se corre el peligro de que se resienta el eslabón más débil de la cadena y queden vacías las salas, que no son otra cosa que el lugar por donde todos los artistas necesariamente empiezan. Espacios donde, además, se disfrutan las actuaciones de otra manera, más cercana y directa, por lo general sin las incomodidades de las aglomeraciones, precios para nada tan abusivos... En las salas está, en definitiva, la esencia de todo esto.

Es fundamental la renovación de los públicos y que toda esta gente entre a las salas. Somos conscientes de lo difícil que es que vengan, pero cuando vienen ya les ha picado el gusanillo. Lo difícil es que den el primer paso

Y mientras todo el mundo parece estar comprando a la vez cientos de miles de entradas para Bad Bunny, Shakira y otros grandes eventos, hay artistas menos mediáticos que se ganan los cuartos noche tras noche y justo por eso tiran de imaginación, arriesgan y proponen facilidades para los menores nada habituales en el sector. Nat Simons, por ejemplo, puso entrada libre para menores de 16 (siempre acompañados) en la reciente presentación de su nuevo disco en la Sala Changó de Madrid, que registró un lleno absoluto ante 800 personas.

"Esto se lo vi a un grupo de Valencia que se llama Corazones Eléctricos y me pareció muy llamativo", explica a infoLibre la artista. "En el rock muchas veces se dice que no hay relevo generacional natural, así que me pareció buena idea por su parte para que los chavales pudieran verles y hacerse fans. Mi concierto en Madrid, además, coincidió con el día del padre, así que pensé que era una ocasión perfecta para ponerlo como regalo para los padres en plan 'pues mira, te puedes traer a tu hijo gratis'", plantea.

"Llevamos haciéndolo desde 2023", destaca a infoLibre Pau Monteagudo, líder precisamente de Corazones Eléctricos —y anteriormente de Uzzhuaïa—, que actúan el próximo 23 de marzo en el Moby Dick Club de Madrid con entrada libre para menores de 25 años (en un aforo total de 300 personas). Y se muestra muy satisfecho por haber cumplido en estos tres años el humilde propósito con el que empezó todo: dejar que los niños y jóvenes se acerquen al rock. Un género que puede no estar precisamente de moda entre las nuevas generaciones, pero que sigue manteniendo unos adeptos que "a lo mejor se sienten un poco como ovejas negras en su instituto" porque la mayoría escucha otra cosa.

"Hay que abrirles las puertas, que tengan la oportunidad de poder vivir lo que vivimos allá en los años 80 y 90 de poder ir a conciertos, conectar, conocer gente, sentirte un poco parte de una comunidad que, por desgracia, ahora no tienen", remarca el músico, que defiende a su vez elevar la entrada gratis hasta los 25 años, con el objetivo no ya de que una familia se anime a asistir al ahorrarse alguna entrada, sino de que los jóvenes ya mayores de edad puedan ir por su cuenta.

“Pensé en arriesgar nuestra propia supervivencia como banda y no dejarlo en 16 años, sino que alguien con 20 años pueda asistir por su propio pie", explica. "Recuerdo un grupo de seis chavales de 20 o 21 años en una sala de Gijón el año pasado que salieron flipados de nuestros conciertos y después nos contaban que habían estado viendo a Scorpions en un gran festival y no les había gustado, a pesar de que habían pagado una pasta. Pues se acabaron comprando nuestras camisetas y CDs", relata.

La jugada ahí salió bien, pero es un riesgo que asume una banda a la que pueden no salirle las cuentas si no vende las entradas suficientes, pues los márgenes suelen ir muy apretados. Esa es la apuesta para Monteagudo: "Si entran 15 chavales que no pagan la entrada a una media de 15 euros, estamos hablando de poco más de 200 euros, que a lo mejor es nuestra gasolina o el hotel. Pues yo prefiero arriesgarlo, no ganarlo para mí, pero poderlo ganar en común para los próximos años y que haya jóvenes que recuerden lo que les gustó el ambiente y el concierto. Porque el ambiente del rock en una sala no es el de un gran festival, y merecen como mínimo tener la oportunidad de experimentarlo. Si luego no les mola o prefieren este postureo del festival, son libres de elegir, por supuesto".

Coincide Nat Simons, quien ha recibido una gran respuesta a su iniciativa, con seguidores de todo el país preguntándole si iban a poder también llevar a sus hijos gratis en otras fechas de la gira. "Al hacerlo en Madrid hubo mucha gente que me empezó a preguntar si iba a ser así en otras ciudades. Yo no tengo hijos, pero a mi alrededor todo el mundo los tiene y entiendo que es difícil dejarlos con alguien para ir a un concierto, sobre todo mi público, que es de mi edad o más mayor. Y, aparte de todo esto, también hay que hacer cantera, eso mola mucho", resalta la cantante.

Si entran 15 chavales que no pagan entrada a una media de 15 euros, estamos hablando de poco más de 200 euros, que a lo mejor es nuestra gasolina o el hotel. Prefiero no ganarlo para mí, pero poderlo ganar en común para los próximos años

El director gerente de Madrid en Vivo, la asociación de salas de conciertos de la capital, Javier Olmedo, ve "fantásticas" este tipo de iniciativas inéditas, pues nadie más a ese nivel las está poniendo en práctica, "sobre todo por intentar atraer a gente más joven" a estos espacios culturales, donde se nota especialmente el "envejecimiento" de los asistentes habituales. "Es fundamental la renovación de los públicos y que toda esta gente entre a las salas. Somos conscientes de lo difícil que es que vengan, pero cuando vienen ya les ha picado el gusanillo. Lo difícil es que den el primer paso", argumenta a infoLibre.

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Y señala, asimismo, que aparte del envejecimiento de los espectadores en las salas, la pandemia produjo una especie de "brecha generacional" que todavía sigue abierta, debido a que durante aquellos meses de confinamientos y cierres hubo una generación "que se perdió pisar las salas justo en el momento que desarrollamos esos gustos culturales, de ocio y de vida". Eso lo están "notando" todavía las salas de conciertos porque, además, a ese público más joven "se le ha vendido la experiencia del festival" como si fuera la única para ver música en directo: "Pero creo que se están dando cuenta de que, si les gusta realmente la música, su sitio son las salas de conciertos. Y cuando se te pasa la tontería de ir a hacerte fotos para Instagram te das cuenta de que puedes ver en ellas a grupazos por poco dinero".

"Si esto lo convertimos solo en negocio, que es lo que está pasando, perdemos la identidad y el arte", reivindica Monteagudo, quien aprovecha para extender esta iniciativa a otros artistas que toquen en salas más grandes: "Una banda que meta 2.000 personas no es tampoco tan grande, pero es ya importante, y puede poner un cupo para menores gratis. Dinero vas a ganar. Hay sueldos que pagar y mil historias, ya lo sé, pero de 2.000 pon cien o cincuenta para ellos. Abre esas puertas. Pero es que estamos todos con 'para mí, para mí, el que venga detrás que se joda', pero luego nos damos todos palmaditas en la espalda. Yo prefiero arriesgar. Decides no ganar un poquito de dinero, pero sabes que te va a salir bien la jugada".

Tanto Simons como Monteagudo son artistas ya con una trayectoria importante, que llenan salas de mediano y pequeño aforo por toda España. Profesionales de la música y de la carretera con sus seguidores fieles, con sus ingresos y sus gastos, que pelean desde la base concierto a concierto ajenos a las grandes cifras de los macroeventos del postureo que acaparan todo: nuestra atención, nuestra cuenta corriente, nuestras publicaciones en redes. Por eso ambos tiran de imaginación para encontrar y expandir su hueco haciendo lo que nadie hace. En este contexto, las salas son para Olmedo una "tabla de salvación", un espacio donde disfrutar de los conciertos en familia y con precios mucho más asequibles. "Viendo lo que cuestan los grandes conciertos y los festivales, nosotros vamos de regalo", termina.

Parece que algo tan lógico siempre ha sido como es ahora, pero hace una década (año arriba, año abajo en función del territorio) se produjo una pequeña gran revolución en nuestro país, un efecto dominó por el que las comunidades autónomas fueron regulando y permitiendo, después de no pocas campañas y protestas, el acceso de los menores de edad a las salas de música en directo para asistir a conciertos. Porque no, no podían, lo tenían prohibido al confundir las administraciones la cultura con el ocio nocturno, con la funesta conclusión de que no pintaban nada en esos bares y discotecas donde se vendía alcohol, por mucho que hubiera músicos tocando en un escenario.

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