Literatura

El síndrome de la titulitis

Portada de 'Todas las casas son ojos', de Juan Novo Cuadrupani.

"En el proceso de lo que yo llamo 'pensar la novela', esto es, la realización del tratamiento o del 'mapa', sobre qué se quiere contar y cómo hacerlo, me encontré casi de casualidad con el poema de Miguel Hernández: Todas las casas son ojos. Releía al poeta y me sorprendió. Además lo descubrí en un libro de la biblioteca familiar. Fue una circunstancia clave, de mágica coincidencia".

Juan Novo Cuadrupani es periodista, compone letras para el grupo de rock Torimbia y acaba de publicar su primera novela. Cuando encontró ese verso, investigó, y descubrió que Hernández lo escribió en el frente, en plena Guerra Civil, y también que el poema, en lugar de apelar a la defensa de la República, era un lamento, denunciaba "que la barbarie entre hermanos es casi común, suceden en todas las casas y en todas se esconden miserias. Pero también cosas hermosas. Dejaba una puerta abierta al optimismo, como sucede en la novela. Me parecía una bandera seductora y muy adecuada para sugerir el sentido de la novela, sobre cómo podría ser barco al que se podría subir el lector".

Una necesidad, un descubrimiento, también un consejo. Porque él optó en principio por "Todas las casas" y fue su editora quien lo completara. "Cuatro ojos ven más que dos. Y así, observando, observando y escuchando, escuchando, le puse un color más a la bandera: Todas las casas son ojos".

No es el primero, ni será el último, que recurre a la poesía para encabezar su prosa. Recordemos Negra espalda del tiempo de Javier Marías. El título proviene de una obra de Shakespeare que, aunque con ligeras variantes, ya aparecía por ejemplo en Todas las almas y en Mañana en la batalla piensa en mí, tal y como explicó Fernando Valls en un artículo de la Revista Quimera (recogido posteriormente en su libro La realidad inventada). Contaba también que en la Navidad de 1996, el Frankfurter Allgemeine Zeitung pidió a varios escritores que eligieran un verso o una de sus frases literarias favoritas y que la comentaran. "Marías escribió un texto que ahora resulta muy útil para entender mejor esta novela, 'La negra espalda de lo no venido', en el que confesaba que su atracción inicial por la frase provenía de 'mi maestro Juan Benet, que vio en esa imagen tan poética el resumen de casi toda la investigación sobre el tiempo llevada a cabo por la ciencia'. Pasaba después a aclarar su sentido, a cómo podía referirse al tiempo vuelto, en el sentido de volver a regresar, a un tiempo al que se le ven los pespuntes, la trama; o bien, acaso podría ser ese tiempo que se va, al que le vemos la espalda".

Una segunda muestra, entre cientos posibles: Tu nombre envenena mis sueños, de Joaquín Leguina, que es un verso de Luis Cernuda, ya en su exilio americano.

El título justo

Dar con la llave que abra el libro a los lectores es tarea que los autores asumen ánimos y métodos diferentes.

"Una preocupación principal ―admite Juan Carlos Márquez―. Suelo poner uno provisional desde el principio, por no llamar 'novela' a la novela. Cuando está terminado el libro lo pienso con detenimiento. A veces es un sintagma que extraigo del libro, siempre es corto, me gustan los títulos cortos". En los cuentos, sin embargo, le da un poco igual. "Yo mismo como lector soy incapaz de recordar los títulos y nombro mis cuentos favoritos por el de esto, el de lo otro, no recuerdo casi ninguno".

Paula Lapido asegura que ella desenfunda rápidamente, "es casi lo primero que se me ocurre. Incluso tengo una lista larguísima de títulos a los que (aún) no les he colocado un texto. No puedo vivir sin título, me entra TOC. Y, cuando lo pongo, ya no lo cambio. Sólo lo hice una vez y todavía me estoy arrepintiendo". No es el caso de Álvaro Colomer: "Yo siempre tengo uno que al final, en pleno ataque de pánico, cambio".

Javier Sagarna procura quitarse el engorro a las primeras de cambio. "Siempre aparece, a veces incluso es lo primero que aparece. He escrito varios libros a partir de un título, pero también me ha tocado cambiarlo a última hora. No me quita el sueño, acaba por salir, el propio texto te lo da". Dejar que el tiempo haga su trabajo es un sistema extendido. "No hay método por mi parte. En algún momento aparece ―admite Rosa Ribas―. Por eso cuando tarda en llegar, me preocupa".

Sergi Bellver se confiesa "uno de los peores escritores de Occidente poniendo títulos. Por eso lo dejo siempre para el final y alguna vez salvo los muebles a última hora". Porque puede ser un tormento: "Me obsesiono con ello ―asegura Velda Rae‏―. Siempre tengo uno al empezar, que me parece horrible y que cambio varias veces hasta que, por fin, hacia la mitad de la novela, se me ocurre el definitivo". Esther Ginés admite que no sigue un procedimiento reglado para elegirlo, "siempre espero que sea una aparición divina de las musas", y tanto sufre que pide que apartemos de ella ese cáliz: "me resulta tan traumático que pagaría a alguien para que lo eligiera por mí". Por si le sirve (y sospecho que no), aquí le dejo el truco al que recurre explica Javier Pavía: "Un equipo de monos amaestrados escoge el título por mí. Si no me gusta, cambio de monos".

Gracias a estos testimonios comprobamos que no hay una única vía. "Yo he pasado por las tres situaciones, tener el título antes de empezar, no tenerlo hasta el final, y tenerlo y cambiarlo a la mitad por una frase maravillosa que se me ocurre de pronto. Me gustaría ser más organizada al respecto", suspira Arantxa Rufo. También lo deja para el final quien en Twitter se define como  Escriptor fracassat (escritor fracasado), y por si eso fuera poco, "siempre acabo poniendo el que dice mi editor". Quizá porque el editor tiene una perspectiva de la que el padre de la criatura literaria carece. "Como editor es una súper preocupación, deliciosa, eso sí", me dice el sobre todo escritor Gonzalo Torné, quien está "a punto de titular un libro con mi verso favorito de Keats, Una fiebre de ti mismo". Y al decirlo no revela nada que sus lectores no deban saber porque, en esta ocasión, es una antología que edita, no una obra que escribe.

El título ferpecto

Escribió Eugenio Trías que "el título de un libro (o de una pieza musical, o de un cuadro) no es algo irrelevante. Con el título algo todavía salvaje ―un ser humano, un territorio, un texto― pasa por la pila bautismal". Y como los rorros al recibir la ducha bendita, muchos escritores lloran. "Una de las torturas más despiadadas a las que debe someterse un escritor consiste en buscar buenos títulos a sus escritos", afirmó Javier Cercas en un artículo (citado por extenso por sus lectores y exégetas) en el que hacía un repaso que nos viene pintiparado.

Empezaba recordando que, para Umberto Eco, "el mejor título de la literatura universal es Los tres mosqueteros, porque los mosque­teros de novela inmortal de Dumas en realidad no son tres, sino cuatro. Es verdad: a menudo, cuanto más desorientador o más ambiguo, cuanto menos relación directa guarde con el contenido real del libro, mejor es el título".

En su opinión (de Cercas, no de Eco), lo nor­mal es que un buen escritor sea un buen titulador, "pero todos conocemos libros malísimos que llevan títulos buenísimos, y libros buenísimos que llevan títulos malísimos. Marcel Proust puso el título insufrible de En busca del tiempo perdido a uno de los libros más perspicaces que se han escrito nunca, si bien antes de publicarse por entero ese mismo libro llevó un títu­lo distinto, aunque no mucho mejor: Las intermitencias del corazón".

En este punto, hacía hincapié sobre el hecho, nada infrecuente, de que muchos libros llevaron, antes de publicarse, títulos distintos del definitivo. Entre los ejemplos (libros en castellano de la década de los 70 del siglo XX) citaba "La ciudad y La ciudad los perros, de Vargas Llosa, se titulaba originalmente La morada del héroe; Rayuela, Rayuelade Cortázar, El mandala; Tres tristes tigres, Tres tristes tigresde Cabrera Infante, Vista del amanecer en el trópico, y durante muchos años Cien años de soledad Cien años de soledad se tituló La casa. No hay discusión, me parece: en esas cuatro obras maestras, los títulos definitivos son superiores a los originales; pero esto no siempre está tan claro: Si te dicen que caí, de Marsé, se tituló originalmente Adiós, muchachos, y La verdad sobre el caso Savolta, de Mendoza, Los soldados de Cataluña, títulos ambos que acaso no son inferiores al definitivo".

La idoneidad de un título queda demostrada por su capacidad de atrapar lectores, pero también es prueba de éxito su pervivencia en la memoria colectiva, si bien en este caso, su manoseo pueda acabar adulterándolo: que levante la mano aquel que no haya dicho alguna vez eso de "era la crónica de una (rellene los puntos suspensivos) anunciada" o "(vuelva a rellenar) no tiene quien le escriba".

Cada uno tiene su lista de títulos favoritos, e Internet está lleno de ellas (también de inventarios de títulos pavorosos), como también abunda en técnicas para titular bien. Aunque si tengo que elegir, me quedo con el consejo que el debutante Novo Cuadrupani: "El título es la bandera que lleva el barco. Pero creo que tiene que ser honesto con lo que hay dentro de ese barco. Si ese barco, esa historia, pongamos que tiene una tripulación llena de corsarios o piratas, tienes que izar una bandera romántica o gamberra, anarquista o sanguinaria, pero que se intuya que va a llegar a puerto una novela con tesoros escondidos, robos con garfios y rebeliones con olor a ron. Como lector me ofusca un título hermoso que no es honesto. Tampoco me gustan los muy evidentes. La sugestión es fundamental".

Sugestión, entiendo yo, en el doble sentido de acción de sugestionar (fascinar a alguien, provocar su admiración o entusiasmo) y de sugerir (evocar algo o hacer pensar en ello). Que de eso se trata cuando se trata de titular.

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