Literatura

La última palabra de un gran narrador

La última palabra de un gran narrador

Las novelas de Rafael Chirbes (1949-2015) no tratan de lo que se cuenta en ellas sino de lo que piensan y no dicen sus personajes; casi todas están escritas contra la Transición y no es nada raro que una cosa pueda considerarse producto de la otra, porque tal y como él lo entendía, aquella marcha triunfal hacia la democracia dejó a su paso una estela de traiciones, renuncias, encubrimientos, ingratitudes, zancadillas, falsedades y derrotas que a unos los amargaron por dentro y que otros iban a pintar de rosa hasta convertir la epopeya en una película romántica: la historia la escriben los vencedores… y sus herederos hacen la adaptación al cine.

Cualquiera que lea atentamente sus libros, de La larga marcha a En la lucha final, pasando por Crematorio o su casi continuación, En la orilla, reconocerá en sus protagonistas rasgos característicos de muchos españoles de carne y hueso que desde 1975 han pisado las arenas movedizas de la decepción, unos al ver que los asesinos no sólo no iban a pagar sus crímenes sino que eran jaleados como impulsores de la libertad y otros porque se quedaron muy solos cuando algunos de sus camaradas soltaron la bandera roja que ondeaban para tener las manos libres y escalar hacia el poder. Los primeros se quejan de que en la ignominiosa tumba del Valle de los Caídos se dieran por enterradas junto al dictador todas las atrocidades que llevó a cabo. Los segundos han demostrado que un parlamento puede ser muchas cosas, también una lavandería de trapos sucios.

El pasado es un resumen de lo que sucedió y ese resumen se puede convertir en un esquema, vienen a decir los autores de la versión oficial de aquellos años, que ha hecho fortuna entre quienes se beneficiaron de ella y que pasó por encima de aquellos que por desinterés o cansancio permitieron que los ideales se difuminaran y las certezas se transformasen en dudas, al estilo de ese personaje de En la orilla que busca en su biblioteca los libros de la teórica marxista Rosa Luxemburgo y al no encontrarlos, deduce que “a lo mejor es que no me los había leído y sólo estaban en el ambiente”.

El resultado de tanto abandono ha sido, entre otras cosas, la aceptación de que la política era un nido de cínicos, que daban igual unos que otros y que lo importante eran las soluciones privadas, el individualismo y la supervivencia a cualquier precio, dado que en esta partida al final son las personas sin escrúpulos las que ganan. En ese territorio pantanoso ha sido donde prosperaron seres como los que protagonizan Crematorio, un reflejo de la corrupción inmobiliaria que a base de construir y construir lo dejó todo en ruinas y de sus cómplices a todos los niveles, desde los ladrones disfrazados de alcaldes y concejales de urbanismo hasta el ciudadano que los votaba una y otra vez, a pesar de los pesares. El autor de La buena letra y Los disparos del cazador hizo de eso un material literario de primera clase donde la ficción y la realidad brillan como las dos hojas de unas tijeras bien afiladas. Él sabía dónde mirar. Sabía que la historia de la herida está bajo la cicatriz.

El próximo miércoles, 13 de enero, se publicará París-Austerlitz, la novela póstuma de Rafael Chirbes, un texto en el que trabajó a rachas pero sin dejarlo nunca por imposible a lo largo de dos décadas. En ella, vuelven a reaparecer sus obsesiones: el fin de la militancia, la homosexualidad convertida en una condición sospechosa por los reaccionarios de todo signo, la amargura que ha dejado en el narrador su paso por la clandestinidad en España… En sus páginas, pocas y más que suficientes, calibramos otra vez el peso de la historia común en las historias de cada uno y sentimos vértigo en las curvas del corazón, esos giros del camino que nos llevan de la euforia y la gratitud al aburrimiento y la huida.

El narrador, un artista que ha ido a París a buscar quien ser en este mundo, recibe la ayuda de Michel, un obrero que le abre de par en par las puertas de su casa y cuyo único defecto es quererlo de una forma enfermiza. “Los celos saben más que la verdad”, decía Gabriel García Márquez, y ésa es una cita que no habría quedado mal al comienzo de este volumen. Besar unos labios siempre es meterse en la boca del lobo, pero más aún cuando son los de alguien posesivo, una de esas personas que al principio te hacen sentir halagado y poco después maniatado. En el punto en que Chirbes empieza su último relato, sin embargo, todo eso ya da lo mismo, porque para entonces el amante está en una clínica, herido de muerte por el sida, y a su antigua pareja ya sólo le queda enterrar el hacha de guerra y darle su apoyo, llevarle al hospital palabras amables y unas horas de compañía: en la piedad no hay sitio para el orgullo ni para el rencor. En los espacios de silencio que se producen en las habitaciones de los sanatorios, el antiguo compañero de viaje del PCE se dedica a contarnos a nosotros su versión de los hechos, sin ahorrarse los detalles. Sin duda, ninguno de los libros de Rafael Chirbes tiene una carga autobiográfica como la que soporta éste, y ese conmovedor grado de verdad se le nota y deja al lector sobrecogido.

Las novelas del autor de La caída de Madrid no tratan de lo que pasa en ellas, sino de lo que le ocurre por dentro a sus personajes, que es una metáfora de las emociones de cualquier persona y, en su caso, también un retrato de lo que ha acontecido en nuestro país desde el final de la Guerra Civil hasta nuestros días. Por saber, Rafael Chirbes supo estar y ha sabido cómo despedirse.

Rafael Chirbes, Premio Nacional de Narrativa 2014

Rafael Chirbes, Premio Nacional de Narrativa 2014

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