El sistema económico

Refundar el capitalismo, capítulo dos, o cómo hacer de la necesidad virtud

La presidenta del Santander, Ana Patricia Botín, en la Conferencia Internacional de Banca.

“Hay que refundar el capitalismo sobre bases éticas, las del esfuerzo y el trabajo, las de la responsabilidad, porque hemos pasado a dos dedos de la catástrofe”. La frase de Nicolas Sarkozy estaba destinada a pasar a la historia. La pronunció sólo 11 días después de que quebrara Lehman Brothers 11 días después de que quebrara Lehman Brothersy se desatara la mayor crisis económica desde 1929. Pero la refundación del capitalismo cayó en el olvido incluso antes de que acabara la Gran Recesión. “Los mecanismos de salvamento, las políticas fiscales, funcionaron tan bien que el pánico inicial se difuminó y todo aquello quedó en nada”, resume Josep Oliver Alonso, catedrático emérito de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Una década después, sin embargo, el miedo resurge una vez constatado que el crecimiento económico viene acompañado de una desigualdad creciente y ésta se traduce en conflictos políticos y sociales por todo el planeta. El “espanto”, dice Josep Oliver, de las clases medias ante un futuro que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, se antoja más negro para los hijos que para los padres es el combustible del que se alimentan los populismos, lo mismo el Brexit que las políticas de Donald Trump o Jair Bolsonaro, la AfD en Alemania, Matteo Salvini en Italia o Vox en España.

Ése es el motivo que Oliver Alonso adivina tras las nuevas invocaciones a reformar el capitalismo que se suceden desde el pasado mes de agosto, cuando directivos de 181 grandes compañías de Estados Unidos reunidos en la Business Roundtable pidieron un cambio de foco: que las empresas dejaran de primar el beneficio del accionista y situaran en el centro de su atención a “trabajadores, clientes, proveedores y a las comunidades en las que están presentes”. Un discurso parecido fue utilizado un mes más tarde por el Financial Times para emprender su campaña Capitalism. Time for a reset. Su entonces director, Lionel Barber, explicaba a sus lectores que la maximización del beneficio y del valor del accionista son principios de buena gestión empresarial “necesarios, pero no suficientes”. Y que ahora al beneficio debe acompañarle un “propósito”. “Las empresas deben comprender que esta combinación sirve a sus propios intereses tanto como al de sus clientes y empleados”. Y con la vista puesta en “reformar para conservar”, Barber aseguraba que ha llegado el momento para “reiniciar” el capitalismo.

Es su mayor campaña desde la crisis de 2008 y va dirigida a abrir un debate publicando toda una serie de artículos sobre la ética de la inversión, los pros y contras de la alta tecnología y el futuro de las multinacionales. “La era de la acumulación de riqueza ha acabado: votantes y políticos coinciden en que ha llegado la hora de cortar la tarta de la economía de forma más equitativa”, reza uno de los grandes temas de su agenda. Otro insta a las empresas a reorientar los incentivos de los ejecutivos y a definir sus objetivos “más allá del beneficio”.

Poco antes era The Economist, la otra biblia de la prensa económica mundial, la que empezaba por admitir que “el capitalismo no está funcionando tan bien como debería”: aumenta la desigualdad, el medio ambiente peligra, cae la participación de los trabajadores en el valor creado por las empresas, los consumidores reciben un trato pésimo y la movilidad social es cada día menor.

En España, Ana Patricia Botínrepitió textualmente estas mismas frases en la Conferencia Internacional de Banca. Ante un millar de directivos internacionales y la ministra de Economía en funciones, Nadia Calviño, reunidos en la Ciudad Grupo Santander, mencionó los errores que habían dilapidado la confianza del público en la banca y de la necesidad de cambiar. En ningún momento habló de “reformar” el capitalismo, pero sí de que las empresas no tienen elección: deben satisfacer las necesidades de sus clientes, empleados y de la sociedad en su conjunto, no sólo maximizar el valor del accionista. “La confianza no es opcional si queremos ser una empresa rentable”, concluyó.

También el presidente de la Fundación La Caixa, Isidoro Fainé, se ha pronunciado en términos parecidos: la desigualdad en la distribución de la riqueza amenaza el orden social, el medio ambiente se encuentra amenazado, la tecnología está cambiando los mercados y las empresas sólo serán “imbatibles” si son “fuertes” en su "compromiso con los empleados, la fidelidad de los clientes, la satisfacción de loa accionistas y el reconocimiento de la sociedad”.

¿Son sinceros estos llamamientos? ¿Es real y posible ese cambio de paradigma? ¿O se trata de meros procedimientos cosméticos para lidiar con una desafección cara y peligrosa?

  Problema global, solución global

No es que, de la noche a la mañana, la benevolencia haya iluminado a los ejecutivos de las grandes compañías. Tratan de neutralizar la demonización del capitalismo, de la empresa, que se ha extendido en los últimos años. Son posicionamientos que, en definitiva, acabarán siendo rentables para las propias empresas y, desde luego, para la salud del sistema económico en su conjunto”. Así termina Excesos. Amenazas a la prosperidad global, el último libro de Emilio Ontiveros, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente de Analistas Financieros Internacionales (Afi). A su juicio, está claro que tras la creciente desconfianza y pérdida de reputación, así como el aumento de la presión social, las empresas “tratan de hacer de la necesidad virtud”.

Josep Oliver cree que con esas proclamas las empresas “demuestran inteligencia política” porque hay “mucho descontento”. “Todo el mundo está indignado, los trabajos de calidad están desapareciendo y si a la gente le ofrecen las soluciones de Lourdes, se apuntan”, explica, “así aparecen las posturas extremas antiliberales”. Por eso defiende la necesidad de un “cambio cultural”. Pero también de una respuesta mundial a un problema cuyo origen sitúa en la globalización, “que presiona a la baja los salarios, quieras o no”. De ahí que ni los países ni las empresas de forma individual puedan solucionarlo. “Si la Comisión Europea fuera un poco más progresista”, sostiene, “podría alcanzar un pacto fiscal interno, una política más redistributiva”. Y pone como ejemplo las políticas fiscales de los años 70 en Estados Unidos y Reino Unido, con tipos marginales en el IRPF del 70% o los tipos de hasta el 60% que se aplicaron en la primera Ley del IRPF, de 1978, en España. “Entonces se redistribuía mucho más, el consumo era muy potente y el ascensor social funcionaba”, detalla, “ahora todo es más complejo porque no hay una buena oferta de empleos y se ha eliminado la protección social: ¿pensiones? ¿contrato indefinido? La incertidumbre produce pánico”.

Para Oliver, las llamadas a refundar el capitalismo serían positivas si al menos estimularan el debate en Europa para buscar esas soluciones que exceden a la capacidad de los países y las empresas de forma individual. “Hacen falta unos Pactos de La Moncloa a escala europea, que son un ejemplo de libro y explican el éxito de la Transición”, destaca. Aquélla fue una reforma fiscal, recuerda también, que redistribuyó la renta y permitió pasar de un gasto público del 25% del PIB a otro del 42% diez años después.

  Empleados “remunerados de forma justa y transparente por su trabajo”

Cuestión distinta es qué cambios de gestión pueden ejecutar las empresas para cumplir con sus renovados deseos de beneficiar a la sociedad al tiempo que ganan dinero. Josep Oliver no cree en un capitalismo “más caritativo”. “Es un buen deseo, pero un poco pueril”, apunta. Sí que podrían mejorar los mecanismos internos “perversos” que redistribuyen los salarios a favor de los puestos más elevados, “pero el problema de fondo, que es el diseño del sistema, no lo tocarán”, recela.

infoLibre ha preguntado al Santander qué medidas concretas de gestión tiene pensado aplicar el banco para cumplir con ese cambio de orientación defendido por su presidenta. Y su respuesta ha sido remitir las 10 metas de banca responsable hasta 2025 con las que la entidad financiera pretende contribuir a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Por ejemplo, que sus empleados sean “remunerados de forma justa y transparente por su trabajo”, con una “estructura salarial equitativa” y consiguiendo la “equidad salarial de género” en 2025. En 2021, el consejo de administración deberá contar con entre un 40% y un 60% de mujeres y los cargos ejecutivos deberán ser mujeres también en un 30%.

Además, el Santander quiere movilizar 120.000 millones de euros hasta 2025 en “financiación verde para abordar el cambio climático”, así como otros 220.000 millones hasta 2030. En 2025, promete, el 100% de la energía que utilice provendrá de fuentes renovables y antes de 2021 habrá eliminado todo el plástico de un solo uso innecesario. También concederá 200.000 becas prácticas y programas de emprendimiento. Sus programas de acción social incluirán a cuatro millones de personas y se facilitará la inclusión financiera a 10 millones de personas más hasta 2025.

En su catálogo como banco responsable, el Santander incluye igualmente los dos comités que ha creado para impedir la venta de productos “inadecuados” o la guía corporativa que está preparando para identificar a “clientes vulnerables” y prevenir su “sobreendeudamiento”, así como su canal de reclamaciones. En la actualidad, el 31% de éstas son resueltas en contra del banco. Además, presume de pagar 15 euros en impuestos por cada 100 euros de margen bruto.

  Otro catálogo de iniciativas es posible

A juicio de Attac (Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras y por la Acción Ciudadana), sin embargo, esa lista de actuaciones no es más que un “lavado de cara”, “parches momentáneos”, pero en modo alguno un “cambio de ética”. “No son creíbles”, sentencia Cuca Hernández, coordinadora de Attac España, sobre los recurrentes anuncios de reorientación del capitalismo. Las empresas intentan darle “un rostro humano” sólo porque le han “visto las orejas al lobo” e intentan sobrevivir a las sucesivas crisis. En especial los bancos, que han visto mermados sus beneficios por la competencia de la llamada “banca en la sombra” –desde las financieras de consumo hasta los fondos de inversión, las sicav y ahora también gigantes tecnológicos como Google–. Pero carecen de capacidad para resolver el problema y “crear un nuevo contrato social, roto con la caída del Muro de Berlín”, argumenta.

Para Cuca Hernández, el repertorio de propuestas descrito no va más allá de lo que se conoce como Responsabilidad Social Corporativa (RSC), que por definición es voluntaria. Por el contrario “responsabilidad de verdad” sería “no alarmarse por un posible gobierno de izquierdas que suba los impuestos”, o preocuparse realmente por los empleados “en lugar de cerrar sucursales, externalizar servicios y aumentar la presión sobre los trabajadorescerrar sucursales para que vendan productos tóxicos”. “Hay infinidad de cosas que los bancos pueden hacer para cumplir con la sociedad”, sugiere la coordinadora de Attac, “que no pasan por convertir a las empresas en ONG”. Gestionar su cartera de viviendas con alquileres razonables en lugar de venderlas a fondos, pagar la comunidad y el IBI de los miles de inmuebles que aún poseen –“una responsabilidad básica con la que a veces no cumplen”–, o dejar de hacer lobby para relajar la regulación de los mercados financieros o contra la aplicación de impuestoslobby a las grandes fortunas o a las transacciones financieras…

Otras iniciativas son de más alcance, como prescindir de las sucursales en paraísos fiscales, incluidos las plazas europeas de tributación laxa, informar de los impuestos que pagan país por país o no comprar la participación pública en Bankia a un precio “ridículo”. Cuca Hernández recuerda también que las actuaciones del Santander para quedarse con el Banco Popular “no fueron precisamente las más éticas y responsables con la sociedad” y que en Alemania el banco de Botín está implicado en uno de los mayores escándalos fiscales de la Unión Europea, una trama investigada por la Fiscalía de Colonia con más de 300 acusados y un volumen de fraude superior a los 10.000 millones de euros.

Josep Oliver resalta que el problema lo tiene únicamente el capitalismo en Occidente. “China ha sacado de la pobreza a 600 millones de personas en los últimos años, así que no les digas a los chinos que el capitalismo no funciona. Ya llegará el momento, pero no es ahora”, razona. El problema estriba en que las élites europeas no parecen interesadas de momento en ese debate. En la apreciación del catedrático de la Autónoma de Barcelona, las propuestas de Jeremy Corbyn, Alexandria Ocasio-Cortez o las políticas aplicadas en Portugal son “chispas” que pueden reparar las heridas sociales y políticas de la sacralización del beneficio en las últimas décadas. Pero Oliver también ve “incendios salvajes” en el avance de la ultraderecha en Alemania, Italia y otros países que le inducen a la duda.

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