Cambio climático

COP24 de Polonia: la cumbre del clima más importante desde el Acuerdo de París

Contaminación en Rusia

Este domingo, aunque la inauguración oficial es el lunes, arranca la 24 Conferencia de las Partes de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP24), el foro más importante del mundo en cuanto al mayor reto medioambiental, social, político y económico del siglo. Se celebrará en Katowice, en Polonia. La elección del lugar nunca es casualidad: Polonia es una potencia carbonera, y entre los asuntos que abordará la reunión la transición energética justa tendrá un papel esencial. Sin embargo, la cumbre está señalada por ser la que está llamada a fijar sobre el papel, con compromisos, cifras y presupuestos concretos, los Acuerdos de París que se firmaron en la COP21 de 2015. Ya no hay margen ni medias tintas. O el encuentro de las próximas semanas finaliza con un acuerdo que satisfaga a todos y que no deje deberes ni reclamaciones pendientes, o será un fracaso. El maquillaje no cabe en la maleta. 

Para entender por qué la COP24 es tan importante, es necesario retrotraerse a la misma cita de hace un año, la COP23 de Bonn, Alemania. Había ciertas esperanzas de que aquel encuentro alumbrara la puesta en marcha de los Pactos de París, que tienen como límite 2020 para arrancar. No se consiguió, y se hizo evidente la dificultad de la tarea: las negociaciones de máximo nivel entre los países retrasaron la clausura del evento varias veces. Finalmente se llegó a un texto de consenso que la Comisión Europea intentó vender como beneficioso e importante, pero todos los actores implicados reconocieron que había mucho por hacer y que era vital adelantar tareas para que la cumbre de Polonia llegara a buen puerto.

Las diferencias que complican el consenso se mantienen, esencialmente, entre países ricos y pobres. Entre países altamente industrializados, los mayores culpables del cambio climático, y los países en vías de desarrollo industrial y económico, que pese a que no han emitido tanto como sus vecinos del Norte global, son los que más sufrirán las consecuencias: por sus latitudes y por la carencia de recursos para adaptarse a las dificultades en materia de desplazados climáticos, escasez de recursos, desertización o fenómenos extremos. En la COP23, países como China o India encabezaron la reclamación: exigían que, antes de firmar nada, los países más poderosos y más contaminantes publicaran sus compromisos pre-2020.

La financiación climática, además, fue el gran factor de conflicto entre ambos bandos. Es ampliamente aceptado que debe haber una transferencia de recursos desde los países más pudientes a los que menos tienen para que puedan afrontar con garantías la adaptación y la mitigación del cambio climático. Sin embargo, los ricos son reacios a compromisos reales y los pobres exigen que se pongan cifras concretas y fechas sobre la mesa. Está previsto que, una vez más, en Polonia sea motivo de discusión. Sin embargo, en esta ocasión, ya no hay una COP futura a la que se le pueda dar el mandato de cerrar el asunto, dando una patada hacia adelante. La COP24 es la última oportunidad. Las contribuciones de cada país (NDC's, por sus siglas en inglés) a la reducción de emisiones, la contaminación que tiene que atajar cada Estado firmante, representan el tercer punto caliente de las negociaciones.

Con la intención de adelantar los deberes, en septiembre de este año se celebró la cumbre de Bangkok (Tailandia). El resultado fue lo de siempre: impasse. En todos los puntos de relevancia se repitió la misma dinámica que los líderes mundiales llevan calcando desde 2015: se llegan a acuerdos en cuestiones burocráticas, menores, y cuando hay que abordar la política, en toda su extensión, llegan los desencuentros. Ni se avanzó en financiación climática, ni en NDC's, en plena crisis del Fondo Verde por el Clima (la principal herramienta para transferir recursos del Norte al Sur global en materia climática) por la dimisión de su máximo responsable y las dudas sobre su sistema de gobernanza. 

Si bien hay dinámicas que se mantienen inalterables, hay circunstancias que han cambiado entre la COP de Bonn y la que arranca este domingo. La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Enmanuel Macron, se erigieron como los líderes europeos en las negociaciones. Estuvieron presentes, participaron directamente en las discusiones, ofrecieron comparecencias y se hicieron fotos haciendo gala de su camaradería. Probablemente concentrados en sus problemas domésticos, los líderes de Francia y Alemania no acudirán a la cumbre del clima de Polonia. En el caso de España, la situación es la contraria: el presidente del Gobierno de por entonces, Mariano Rajoy, no acudió a la cita, aunque sí que asistió la ministra de Medio Ambiente, Isabel García Tejerina. En esta ocasión, el líder del Ejecutivo, Pedro Sánchez, ha confirmado que aparecerá por Katowice.

Generalmente, las cumbres del clima son escenarios ideales para hacer anuncios con respecto a la acción climática, iniciativas paralelas al grueso de las negociaciones. Este año, la Unión Europea ha decidido adelantar su gran proposición. La Comisión Europea planteó el pasado miércoles que en 2050 el club comunitario sea neutro en cuestión de emisiones de gases de efecto invernadero. Esto, a pesar de lo que han publicado algunos medios, no significa que no se emita ni un solo gramo de CO2 a la atmósfera, sino que lo que se emita quede compensado por proyectos de adaptación al cambio climático, de mitigación y de eliminación de dióxido de carbono. "No es nada creíble cuando acabamos de aprobar unos objetivos del 32% en renovables y del 32,5% de eficiencia para 2030. O es papel mojado o hay que revisar al alza los objetivos para 2030", criticó el pasado miércoles el eurodiputado de Podemos Xabier Benito Ziluaga.

El papel de España

La delegación del Gobierno español que acudirá a la cita va con dos ideas claras: apoyarán unos compromisos más ambiciosos que los planteados en el Acuerdo de París, que establecía unos 2 grados como calentamiento global máximo que, según el último informe del IPCC, son muy peligrosos. Además, la transición justa, la necesidad de que el proceso a una economía descarbonizada no deje a los sectores más potencialmente afectados de la población por el camino, será uno de los grandes temas a tratar en la cumbre. Al Ejecutivo le viene como anillo al dedo, siendo dicha transición justa uno de los caballos de batalla del gabinete que lidera Teresa Ribera en materia de acción climática. Aunque, por ahora, no hay nada definitivo sobre la mesa: solo acuerdos puntuales con la minería, una inacción interesada con respecto al carbón y bastantes declaraciones de intenciones. "No se puede avanzar si no contamos con los trabajadores y las localidades más vulnerables", sentenció este viernes la directora de la Oficina Española de Cambio Climático, Valvanera Ulargi, un alto cargo del Ministerio que no se ha movido de su puesto a pesar del cambio de manos de la cartera. 

La COP es un escenario excelente para hacer anuncios en el ámbito medioambiental, y no se descarta que, con la Ley de Cambio Climático avanzada, el Gobierno español –asiduo a los gestos simbólicos– haga un gran anuncio. En la pasada cumbre de Bonn, España no firmó un compromiso para acabar con el carbón como fuente de electricidad. Los posicionamientos del Ejecutivo en iniciativas similares serán escrutados con lupa. 

Han pasado tres años desde la firma del Acuerdo de París. Nada ha ido a mejor: las emisiones siguen disparadas y los pronósticos son cada vez peores. Los compromisos ya asumidos por los Gobiernos de todo el mundo en base al Acuerdo de París nos llevan, según estimaciones científicas, a un calentamiento catastrófico de casi 4 grados, en comparación con los niveles preindustriales. Y el último informe del IPCC afirma que, aún reduciendo el aumento a los 2 grados, los efectos serán muy dolorosos. Por la materia de las discusiones, pero también por la urgencia, la cumbre del clima de Katowice es la más importante de los últimos años. Es ahora... ¿o nunca?

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