La última batalla de Raúl Castro

César G. Calero

Perseguidos por las tropas del dictador Fulgencio Batista nada más desembarcar en el oriente cubano en diciembre de 1956, los expedicionarios del Granma, con Fidel Castro al frente, quedaron reducidos a apenas una docena de hombres. Aquel embrión del Ejército Rebelde se multiplicaría con una rapidez asombrosa en la Sierra Maestra y entraría triunfante en La Habana en enero de 1959. A punto de cumplir 95 años, el general Raúl Castro y la diezmada vieja guardia revolucionaria —el comandante Ramiro Valdés, de 94, y el fundador del PCC José Ramón Machado Ventura, de 95— afrontan, en el ocaso de sus vidas, una última batalla: resistir la embestida de un Donald Trump decidido a poner punto final a la Revolución Cubana.

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Sin apenas combustible para subsistir tras el bloqueo energético decretado por la Casa Blanca a finales de enero, Cuba siente cada vez más cerca el aliento del mandatario estadounidense. La presencia en la isla del jefe de la CIA, John Ratcliffe, la semana pasada, para reunirse con altos cargos del Ministerio del Interior, anticipaban movimientos tectónicos a corto plazo. La agencia de inteligencia estadounidense, que tantas tramas maquinó en su día para matar a Fidel, aterrizaba ahora en La Habana a cara descubierta para fijar las condiciones de un acuerdo con aroma de rendición.

La visita de Ratcliffe a La Habana ha precipitado los acontecimientos. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, de origen cubano, ha publicado en su cuenta de X un vídeo de cinco minutos con una oferta de Trump para los cubanos: una “nueva vía” para la isla en la que se contemplen elecciones libres, una economía de mercado y el veto al aparato militar que controla los sectores estratégicos del país. “En Estados Unidos estamos listos para abrir un nuevo capítulo entre nuestros países y nuestra gente, y actualmente lo único que se interpone en el camino hacia un mejor futuro son quienes controlan su país”, ha declarado Rubio en español.

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Los vaivenes de la Administración republicana respecto al futuro de Cuba han sido tan frecuentes en los últimos meses que el mensaje de Rubio debe interpretarse con cautela. Queda por ver si esa declaración se pone negro sobre blanco en una negociación con el régimen. La Habana está dispuesta a hacer concesiones económicas generosas, pero una transición política no está, de momento, en la mente de los inquilinos del Palacio de la Revolución. El escenario de una operación militar tampoco está descartado. Trump lo ha sugerido en varias ocasiones. El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ya ha advertido que una invasión provocaría “un baño de sangre de consecuencias incalculables”.

Presión judicial

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Para imprimir todavía más presión a La Habana, el Departamento de Justicia de EEUU ha presentado este miércoles una acusación formal contra Raúl Castro por el derribo, hace 30 años, de dos avionetas de la organización Hermanos al Rescate, que prestaba apoyo a los balseros. Dos cazas MiG-29 de la Fuerza Aérea cubana abrieron fuego y mataron a sus cuatro tripulantes el 24 de febrero de 1996. Una tercera avioneta logró esquivar el ataque. En ella viajaba José Basulto, líder de la organización a la que Cuba acusaba de estar al servicio de los intereses de Estados Unidos. Basulto es un oscuro personaje adiestrado por la CIA, que participó en el fallido intento de invasión en Bahía Cochinos, en abril de 1961, y en varios actos terroristas contra intereses cubanos.

El fiscal del distrito judicial sur de Florida, Jason Reding Quiñones, próximo a Trump, ha sido el encargado de presentar en Miami la imputación por siete cargos penales contra Castro, entre ellos la conspiración para asesinar a ciudadanos estadounidenses. Según la acusación, Castro habría dado la orden de derribar las avionetas.

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La amenaza judicial contra Raúl supone una espada de Damocles contra toda la dirigencia cubana. El destino de Nicolás Maduro tras su secuestro en Caracas el pasado 3 de enero fue un serio aviso para navegantes. ¿Se atreverá Trump a bombardear La Habana y enviar a los Delta Force a la zona oeste de la capital donde reside el general, enfundarlo en un chándal de rapero latino y encerrarlo en una prisión federal? Es una hipótesis improbable. Pero algo así debió de pensar el mandatario venezolano mientras pasaba plácidamente las Navidades en una Caracas supuestamente inexpugnable.

Raúl, complemento de Fidel

Raúl Castro Ruz (Birán, 1931) siempre ha sido considerado un dirigente pragmático, desposeído de la elocuencia y el carisma de Fidel. Él mismo lo reconoció en su primera intervención ante la Asamblea Nacional del Poder Popular [el Parlamento cubano] cuando el Comandante en Jefe enfermó gravemente y le delegó el poder, en julio de 2006. Con total sinceridad y entre risas, Raúl les dijo a los diputados que no esperaran largos discursos como los de su hermano. Él estaba hecho de otra pasta. Durante años fue el complemento perfecto en el Palacio de la Revolución. Un gestor en la sombra que organizaba y estructuraba de día lo que su hermano ideaba de noche. La historiadora Elizabeth Burgos definió a la perfección ese tándem al comparar a Fidel con la figura de un director de teatro y a Raúl como el productor de la obra.

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Al frente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Raúl tuvo un papel predominante en las operaciones internacionalistas cubanas en África y en la negociación con Moscú para la instalación de los misiles nucleares en la isla, un acuerdo que acabaría provocando la mayor crisis de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Fue también el arquitecto de la sovietización definitiva de la Revolución a mediados de los años 70. En su libro The inside story of Castro’s Regime and Cuba’s next leader, el ex analista de la CIA Brian Latell, uno de los mayores expertos en la figura de Raúl, destaca la relevancia del hermano menor de Fidel en el devenir de la Revolución.

Retirado de la primera línea de la política desde 2021, cuando cedió el cargo de primer secretario del Partido Comunista a Díaz-Canel —en quien ya había delegado la presidencia del Consejo de Ministros en 2018—, el viejo general apenas aparece en público. Pero sus orientaciones siguen llegando a la mesa de negociaciones cubano-americana a través de un miembro del clan familiar: su nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro, Raulito, también conocido como El Cangrejo por un defecto en una mano.

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A Raúl le quedan dos escuderos de la vieja guardia revolucionaria, ambos condecorados como Héroes de la República. Ramiro Valdés estuvo ya presente junto a los Castro en el asalto al cuartel Moncada, en 1953, preámbulo de la lucha guerrillera. Fue ministro del Interior y cerebro de los aparatos de Inteligencia. Machado Ventura, médico de profesión, es uno de los ideólogos del Partido Comunista de Cuba, adscrito a la corriente más ortodoxa del régimen. Raúl Castro recurrió a ambos cuando asumió el poder.

La larga convalecencia de Fidel fue una prueba de fuego para Raúl. Su ascenso definitivo a la presidencia en 2008 fue visto en algunas embajadas occidentales como una oportunidad para que el régimen emprendiera la vía china. El general se comprometió entonces a la eliminación de “prohibiciones absurdas” (la entrada de cubanos a los hoteles de turistas, la compra-venta de casas o la tenencia de móviles y ordenadores) y la aprobación de "cambios estructurales”. Miles de nuevos cuentapropistas aparecieron de la nada, pero quien estaba llamado a ser el Den Xiaoping cubano echaría el freno a esa tímida transición económica, de la que Fidel siempre había renegado, por temor a que el impulso de la iniciativa privada barriera “las esencias de la sociedad socialista”. El inmovilismo prevaleció en un país azotado por crisis recurrentes, sanciones y bloqueos que han dejado su economía hecha pedazos.

En 2016 la Revolución Cubana inauguraba una nueva etapa con la normalización de las relaciones con Estados Unidos. Raúl recibía a Obama en La Habana. Washington había reabierto su embajada. La Guerra Fría había acabado en el Caribe. Y el general se apuntaba su mayor éxito político. Pero la llegada de Trump a la Casa Blanca en 2018 supuso el fin del deshielo y una nueva andanada de sanciones. Hoy, la amenaza es infinitamente mayor. Raúl Castro y su vieja guardia revolucionaria libran su batalla final por la supervivencia política.

Perseguidos por las tropas del dictador Fulgencio Batista nada más desembarcar en el oriente cubano en diciembre de 1956, los expedicionarios del Granma, con Fidel Castro al frente, quedaron reducidos a apenas una docena de hombres. Aquel embrión del Ejército Rebelde se multiplicaría con una rapidez asombrosa en la Sierra Maestra y entraría triunfante en La Habana en enero de 1959. A punto de cumplir 95 años, el general Raúl Castro y la diezmada vieja guardia revolucionaria —el comandante Ramiro Valdés, de 94, y el fundador del PCC José Ramón Machado Ventura, de 95— afrontan, en el ocaso de sus vidas, una última batalla: resistir la embestida de un Donald Trump decidido a poner punto final a la Revolución Cubana.

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