ANÁLISIS
El pueblo cubano, víctima de Estados Unidos y del régimen castrista: "Esto ya no se aguanta más"
“No puedo más. Que esto acabe ya. Ayer, otra vez, solo tuvimos dos horas de luz. Y de madrugada. Tampoco tengo agua porque el depósito funciona con electricidad. Y no hay gas porque los camiones no tienen combustible para repartir las bombonas”. Adela vive en el barrio Lawton, a las afueras de La Habana, y evita hacer esfuerzos extra para no gastar las calorías que tanto le cuesta reponer. Como muchos de sus compatriotas, ha tenido que comprarse una especie de canastilla de lata para cocinar con carbón los días que no tiene suministro energético y las pocas proteínas que ingiere proceden de huevos.
A unas semanas de los 80 años, Adela, quien prefiere que omitamos su verdadero nombre, tiene que seguir trabajando porque su pensión de maestra –cuatro mil pesos, unos 8 euros al cambio– apenas le dan para comprar un kilo de pollo. Para cubrir sus necesidades básicas, lleva nueve años haciendo labores de conserje en un centro de estudios. Un sueldo con el que ya no puede contar después de que el Gobierno de Díaz-Canel suspendiera las clases presenciales de los estudios superiores a causa de la falta de combustible. El cerco energético impuesto desde hace tres meses por la Administración Trump contra la isla para acabar con su régimen es un castigo colectivo contra la población civil, un crimen atroz prohibido por el derecho internacional.
“Pero vamos, que con apagones llevamos más de dos años. Y hace más de dos semanas que avisé de que vinieran a arreglar la tubería de las aguas sucias que me tiene encharcada toda la calle. Y nada”, lamenta Adela, resumiendo así el desmoronamiento de los servicios básicos que ha sufrido la isla en los últimos años. “Pero no es culpa del delegado. Él es buenísimo”, se apresura a añadir, asegurándose de que su comentario no pueda ser interpretado como una crítica a los gobernantes cubanos.
Desde que Venezuela dejase de enviar petróleo a Cuba el pasado diciembre, La Habana ha pasado de ser una ciudad suspendida en un tiempo remoto a una paralizada por la incertidumbre. En la capital cubana, donde reside casi un 20% de la población del país, todo el mundo vive a la espera de que pase algo. Y la inmensa mayoría de las decenas de personas a las que esta periodista ha entrevistado en las últimas dos semanas incluye en ese “algo” las mismas ansias por que termine el asedio estadounidense como que haya un cambio de régimen político en la isla. Dos demandas que confluyen en la frase más escuchada, “Esto ya no se aguanta más”, y que muchos desarrollan con locuaces análisis gracias, precisamente, al alto nivel cultural que han logrado décadas de educación gratuita universal, uno de los grandes logros de la revolución cubana. Hay una conciencia compartida de que al presidente estadounidense no le preocupa ni interesa una mejora de las condiciones de vida del pueblo cubano, ni mucho menos la transición a un modelo democrático. Pero aun así son muchos –la inmensa mayoría de con quienes hablé– los que esperan que la injerencia estadounidense acabe con la dictadura familiar de los Castro, como la llamó el escritor Sergio Ramírez, en la que Fidel dejó el poder a su hermano Raúl, quien ahora ha designado a su nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro para negociar con Washington.
Las entrevistas en Cuba no duran menos de dos horas porque todo el mundo sabe la importancia del contexto histórico y necesitan verbalizarlo para dar soporte a sus argumentos: no olvidan cómo ya en los 90, Fidel Castro prometió reformas que no terminaron de implantarse, cómo su hermano y el sector más inmovilista del régimen boicoteó la normalización de relaciones iniciada por el presidente Obama y, sobre todo, cómo su sucesor, Díaz-Canel, respondió con una implacable represión y el encarcelamiento de más de 1.200 manifestantes en el estallido social de 2021, en el que miles de personas salieron a la calle porque ya entonces ‘no aguantaban más’. Desde entonces, el Ejecutivo cubano ha perseverado en sus políticas fallidas mientras una élite apegada al poder se ha beneficiado de la dolarización de su economía, más de un millón de personas –en su mayoría jóvenes- huían de la isla y la mayoría de la población se sumía en la miseria: cada vez es más habitual en Cuba poder realizar sólo una comida al día, como ha constatado esta periodista. Una carestía que comenzó a extenderse durante la pandemia de COVID-19 y que ya en 2025, según datos de UNICEF, provocó que uno de cada diez niños viviera en condiciones de pobreza alimentaria extrema.
Peor que en el Periodo especial
Cuba está sumida en una crisis humanitaria de primer orden tras décadas de condiciones de vida muy precarias. El endurecimiento del bloqueo estadounidense ordenado en diciembre del pasado año por Donald Trump puede ser la puntilla final. La prohibición de importar petróleo ha terminado de gripar un sistema eléctrico formado por decenas de pequeñas centrales herrumbrosas que no han recibido el mantenimiento mínimo necesario. Los apagones de hasta 30 horas que soporta la ciudadanía son solo, y paradójicamente, la manifestación más vistosa de un colapso que ha obligado a los agricultores a volver a arar con bueyes, que ha disparado el precio de la gasolina hasta los once euros el litro, que impide a los cubanos acudir a sus trabajos o viajar a sus pueblos para asistir a los entierros de sus seres queridos, y que ha disparado el precio de unos alimentos que ya arrastraban una inflación desbocada.
Y en medio de esa situación desesperada, coches de gama alta recorren las avenidas, productos importados de primera calidad se reponen a diario en los escaparates de los supermercados en los que solo se puede pagar en dólares y restaurantes con cartas y precios estadounidenses o europeos se llenan a diario con familias cubanas vinculadas con el régimen o con negocios fuera y dentro del país.
La vida cotidiana del pueblo cubano está atravesada por un capitalismo tan atroz como el que azota a cualquier país europeo. Solo que con consignas y fotos de Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y el Che en los muros de los edificios oficiales y en las tiendas vacías de souvenirs. Muchos de quienes critican a los gobernantes actuales se definen como afines a la Revolución y creen que si el Che o Camilo Cienfuegos levantaran la cabeza, se revolverían como ellos si pudieran ver la desigualdad obscena que distancia a la minoría rica de la mayoría pobre y el afán del régimen por ingresar dólares. La moneda estadounidense determina parcelas básicas de la vida cotidiana del país, como el hecho de que las recargas de conexión a Internet se tengan que pagar en esa divisa. Es más. Entre la clase trabajadora, la diferencia entre quienes reciben ayuda de sus familiares en el extranjero y quienes no resulta evidente incluso a ojos vista. El hambre marca especialmente las clavículas de quienes no tienen a nadie lejos.
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Un escenario apocalíptico al que Cuba ha llegado tras casi seis décadas de bloqueo ilegal e inmoral. Un imbricado y complejo entramado de leyes y normas dirigidas a imposibilitar que este pequeño país que se atrevió a desobedecer al imperio tenga relaciones económicas, comerciales y financieras con otros países. Un embargo sin precedentes que el bloque soviético alivió con su apoyo y recursos hasta su derrumbe en los 90. Fue entonces cuando la isla sufrió el llamado Periodo especial, en la que la escasez de todo provocó el éxodo de más de 35.000 personas en la llamada crisis de los balseros. Un crac del que Cuba empezó a recuperarse mínimamente gracias a la apertura al turismo y, a partir de los 2000, al petróleo enviado por Hugo Chávez desde Venezuela a cambio de la prestación de servicios médicos. Y aun así, son muchos los que hoy consideran incluso peor la crisis actual. “La diferencia es que antes teníamos dinero pero no había qué comprar. Ahora, las tiendas están llenas de comida, pero a precios tan caros que no podemos comprarla. Y, además, con Fidel, sentíamos que había luz al final del túnel. Ahora no hay esperanza de mejora salvo que los que están en el poder se vayan”, opina un ingeniero jubilado que trabaja conduciendo uno de los cientos de triciclos eléctricos que mantienen la movilidad de la ciudad.
La falta de confianza en los dirigentes actuales es generalizada y muy acentuada entre los más jóvenes, que no ven otra salida que la migración. Entre los mayores, muchos de los cuales reconocen que sus vidas mejoraron sustancialmente gracias a la Revolución, domina una sensación de traición. En 2024, Cuba invirtió casi el 40% de su presupuesto anual en los sectores de turismo y hostelería, once veces más que la financiación destinada a Educación y Sanidad juntas, según datos oficiales. Uno de los símbolos de esta política se alza en el centro de La Habana: la Torre K23, uno de los numerosos hoteles de lujo que ha construido en los últimos años GAESA, el grupo empresarial propiedad del Ejército cubano que controla importantes sectores económicos del país: inmobiliarias, gasolineras, aduanas, puertos, supermercados, así como buena parte del sector turístico -desde hoteles de lujo, agencias, agencia de alquiler de coches e insumos hoteleros- y ETECSA, la empresa estatal de telecomunicaciones. Ahora, mientras negocia con Estados Unidos, el Gobierno cubano anuncia cada semana la aprobación de las mismas reformas económicas que rechazó aplicar durante las dos últimas décadas, las mismas durante las que liberalizaba sectores de los que solo se beneficiaron sus círculos de poder más estrechos.
Mientras, Cuba es un país de hoteles vacíos, ancianos mendigando por las calles jóvenes rebuscando entre la basura y gentes de todas las edades desvelada porque no puede siquiera pagarse medicinas imprescindibles para su supervivencia, como la insulina, pero que lo dice entre susurros por si alguien les escucha y pudieran terminar detenidas. El bloqueo de Estados Unidos lleva décadas inflingiendo pobreza y sufrimiento a Cuba y en un mundo justo sus responsables deberían ser juzgados por ello. Como deberían hacerlo los miembros de su Gobierno, que con su incapacidad, represión y corrupción han empujado a su pueblo a un callejón en el que solo ve dos salidas: la migración o que el asedio estadounidense logre un cambio de régimen. “Peor que ahora es imposible que podamos estar”, repiten muchos. La historia, desgraciadamente, nos ofrece sobrados ejemplos de que la situación aun puede empeorar. Mucho. Pero ningún pueblo tendría que verse forzado a elegir entre la invasión de una fuerza ocupante y un régimen opresor. Todos los pueblos deberían tener el derecho a elegir, con libertad y sin miedo, su sistema político y a sus gobernantes. Y todo demócrata y defensor del derecho internacional deberíamos reclamarlo. También, y especialmente, para el pueblo cubano.